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Corina Yoris-Villasana

La chabacanería dominante

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El día 29 de noviembre se cumplieron 233 años del nacimiento de don Andrés Bello, una de las figuras más emblemáticas de nuestra historia intelectual.  Entre sus numerosas obras destacan, sin lugar a dudas, el Código Civil chileno y la Gramática castellana. En el Prólogo a esta, Bello declara: “Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres, en su posible pureza, como un modo providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español, derramadas sobre los dos continentes”. Espléndido objetivo, la conservación de nuestra lengua, la preservación de su buen uso, la proclamación de la fraternidad americana.

Para Bello, la gramática de la lengua materna debe educar a los ciudadanos en las buenas maneras de hablar. ¡Pero, qué poco contribuimos a ese noble propósito de don Andrés! Lo que impera en su tierra natal no es la preservación de la lengua, ni su pureza, mucho menos las buenas maneras de hablar; lo dominante en este siglo XXI venezolano, con su aberrante “revolución”, es el uso chabacano del lenguaje y el imperio de las malas maneras y malos modales.

Aun cuando por idioma chabacano se entiende la lengua criolla de las Filipinas y parte de Malasia e Indonesia, lengua derivada del español, estamos empleando  el vocablo con su sentido de “vulgar”, “común”, “de baja calidad”.

La palabra meditada, razonada, el “logos” es el medio por el cual expreso mi pensamiento; esa locura de “hablarles a todos, y a ninguno”, esa profusión de sonidos sin ilación, donde una idea, tan solo una, no parece tener cabida, me hace recordar una declaración de Ortega y Gasset en el Prólogo de su famosa La rebelión de las masas: “Esta costumbre de hablar a la humanidad, que es la forma más sublime y, por lo tanto, más despreciable de la democracia, fue adoptada hacia 1750 por intelectuales descarriados, ignorantes de sus propios límites, y que siendo, por su oficio, los hombres del decir, del logos, han usado de él sin respeto ni precauciones, sin darse cuenta de que la palabra es un sacramento de muy delicada administración”.

Ante el dominio de las imágenes televisivas, periodísticas, cibernéticas, la palabra parecería haber ido perdiendo terreno; pero, el peor enemigo que tiene es el uso que privilegia la frivolidad, lo excrementicio, lo chabacano porque se considera que tales “prácticas” lingüísticas terminan proporcionando resultados comunicacionales. Dominar un idioma no es esta práctica vulgar; dominar un idioma es poseer un amplio vocabulario, saber articular; ¡pronunciar correctamente, dar la entonación adecuada!

En muchos medios de comunicación, bien sean escritos, o televisivos, bien en las redes sociales y, sobre todo, en las “arengas” políticas se ve con frecuencia ese uso vulgar del lenguaje. Con un  superficial deseo de “identificarse” con ciertas usanzas de un mal llamado dialecto popular y, con ello, supuestamente ganar mayor recepción entre el público, lo que en realidad obtienen es maleducar a los oyentes o lectores, quienes consideran que esa jerigonza empleada por “analistas”. “políticos” y “locutores” viene a ser el paradigma del buen uso del lenguaje.

Y esa depauperación de la lengua va íntimamente asociada con la estrategia empleada por los demagogos para apropiarse del poder político. Dicha práctica consiste en apelar a las emociones, a los prejuicios y a los miedos y la “mejor” manera que encuentra el demagogo es el uso falaz del lenguaje.

El oficio del filósofo consiste, primordialmente, en aclarar nociones; y ese es mi afán. Deslindar significaciones, esclarecer conceptos. Mientras que los “demagogos” de nuestros tiempos lo que realmente persiguen es oscurecer todo; vaciar de contenido.

Para decirlo “orteguianamente”, la “obra” del demagogo “suele, por el contrario, consistir en confundir [esas nociones] más de lo que estaban. Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral. Además, la persistencia de estos calificativos contribuye no poco a falsificar más aún la «realidad» del presente, ya falsa de por sí, porque se ha rizado el rizo de las experiencias políticas a que responden, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías”.

Al igual que Ortega, al igual que Bello, salvando las distancias, busquemos el progreso social, más allá de satisfacer vanas aspiraciones “personalistas”.  Y un uso educado de la lengua muestra a cabalidad ese progreso social.