• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Silvia Hopenhayn

El centenario de Bioy Casares

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hay un cuento de Bioy Casares que parece premonitorio del curso de su obra: “El lado de la sombra”. En vida, a la sombra de Borges. Y muerto, a la sombra de Cortázar. En todos los ámbitos se planifican festejos, homenajes y conmemoraciones por el centenario del nacimiento de Julio Cortázar. Aparecen nuevas ediciones, cartas, clases; se organizan conferencias en distintos espacios culturales, en algunos casos con fuerte representación política; en la próxima edición de la Feria del Libro habrá una gran celebración, luego del homenaje al escritor que tendrá lugar en el Salón del Libro de París, en marzo. Vale sumar el nuevo fenómeno de la lectura de Rayuela entre los jóvenes, auspiciado por la nueva edición de la novela; la fama que adquieren sus cronopios (hasta se hicieron videojuegos).

Es evidente que más allá de su obra, rica, juguetona y excelsa, el personaje escritor que se desprende de su persona es conquistador de fervientes corazones. Pero también este año es el centenario del nacimiento de Adolfo Bioy Casares, un degustador de la literatura que convidó a su modo con sus escritos y, sobre todo, sus lecturas. Seductor y tímido, recluido en sus pasiones (los libros, las mujeres, los viajes, el campo), no buscó deslumbrar con lo propio, sino resaltar lo hallado. Más allá de su obra -por momentos estremecedora, irónica y punzante-, participó de la difusión de textos geniales. Colaboró en la edición de los Clásicos Jackson dirigida entre otros por Alfonso Reyes, con sendos tomos sobre poetas líricos ingleses. Junto con Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges fue autor de la mítica Antología de la literatura fantástica, de 1940 (memorable también por sus omisiones). Con Borges rastrearon los orígenes textuales de los conceptos del cielo y del infierno, en el pequeño gran Libro del cielo y del infierno, una selección de “trozos de libros sagrados” de Kafka, Shaw, Jung, Swedenborg, Quevedo, Milton, Russell. Su afán de compartir excedió la antología: llegó a escribir con Borges las cómicas y eruditas Crónicas de Bustos Domeq, y con Silvina, la novela Los que aman, odian.

Su propia obra es frondosa, risueña, levemente oscura, plagada de mujeres temidas o temblorosas, probables fantasmas de sueños incunables. Más que al fantasma mismo, Bioy apuntó a su creador, a preguntarse en medio de un cuento: ¿de quién es este fantasma? Como ocurre en “En memoria de Paulina”, donde aparecen dos fantasmas posibles de la mujer amada y perdida: el fantasma del deseo del protagonista y el de los celos de su rival. Por eso, cuando irrumpe el espectro de Paulina, el narrador constata que no era su fantasma del recuerdo de Paulina al que abrazaba, sino al “monstruoso fantasma de los celos de mi rival”. De estos espectros sutiles y sentimentales está hecha su obra fantástica.

Quizá del lado de la sombra el brillo atente menos contra los matices que requiere toda buena lectura. Por eso, el mejor festejo del centenario de su nacimiento es la publicación del tercer tomo de su obra completa y la Biblioteca Bioy, que comienza a editarse en abril. La invención de Bioy seguirá proyectándose, como la de Morel.