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Francisco Javier Pérez

La censura y la cesura

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Nada produce más placer a los hombres con poder que fustigar y prohibir el talento y las inclinaciones de sus congéneres. Goce que trastoca todos los ámbitos, desde el arte, la política y la religión, hasta las costumbres, la moda y la lengua, retrata cruentamente la innoble condición lupanar de los hombres. La lengua, sobre las otras, es la más atacada por ser ella la que más acremente ataca. La escritura, por descontado, el blanco más anhelado del censor. La voz de los medios, lo sabemos, la que primero busca silenciarse pues causa daños morales que son irrecuperables. Michel Foucault, pionero en detectar la indignidad de la raza, aporta el binomio conceptual más escalofriante en el que repta y se desarrolla la censura: vigilar y castigar. Causa, también, una cesura (una interrupción, un corte, un vacío) en la vida racional del hombre, en su talante anímico y en su constitución afectiva, pues trastoca de golpe (la censura corta de raíz lo que no se quiere divulgar en el decir, en el mostrar o en el pensar) la libertad del pensamiento, de la palabra y del afecto. Poco importa, además, si la aplicación recae sobre los espíritus más nobles o sobre las realizaciones más entrañables de la inteligencia humana. Al contrario, si de tales se trata, el escarnio será mayor y la pena más alta; solaz y rédito ofrecidos por la voluptuosa miseria de castrar la creación y de expoliar lo que no entiendo, lo que es diferente o lo que me desagrada.

Para entender la crudeza de esta actividad, especialmente en los tiempos modernos (la visión del pasado como fuerza modeladora del presente), hay que leer obligadamente Contra la censura, el determinante libro de J. M. Coetzee, que publicó en nuestra lengua la Editorial Debate, en 2007, una realización gemela de la primera de sus compilaciones ensayísticas, ese inolvidable Costas extrañas, que irrumpió entre nosotros en 2004 (más tarde, en 2009, vendría Mecanismos internos a completar una trilogía no planificada). Navegaciones amorosas hacia puertos literarios, hoy trocadas en naufragios espirituales en los que la comprensión del mal y la relación virtuosa de la pasión por silenciar, escarnece. Sin pretensión histórica, traza una cronología. Sin pretensión geográfica, dibuja una cordillera. Sin pretensión filosófica, establece la teoría.

Teórico, Coetzee detecta las yagas virulentas de la intolerancia, del racismo y de la segregación y coloca sobre ellas la gasa sulfurosa para atizar la cauterizante exploración que de estos infiernos se impone, una condición privilegiada de testigo del apartheid sudafricano, al que dedica varios de los ensayos. Nacido en Ciudad del Cabo en 1940, será observador protagonista de las desdichas vividas en Sudáfrica por enormes contingentes humanos víctimas de las reclusiones, violaciones de derechos, torturas, asesinatos y vejaciones a los que están censurados (sentenciados) por la crueldad gubernamental de los gobiernos de turno en su país, durante gran parte del siglo XX y desde tiempo muy atrás. El racismo actuante como una de las mayores plagas humanas del presente. La polarización como forma de dominación. La glorificación de la unicidad y el maltrato a cualquier forma de pluralidad de pensamiento y de creación mental. El miedo a la discrepancia y el terror a la libertad espiritual por lo que tanto sufren los autoritarismos de toda categoría.

Mas si de infiernos se trata, los creados por Stalin ganan tenebrosamente todas las batallas, hijas de una lejana tradición infernal que viene de las censuras al gran Pushkin, príncipe de los poetas rusos, y se prolonga hasta la Politkóvskaya, la valerosa periodista y escritora asesinada en nuestro tiempo reciente. Medulares, los ensayos auscultan el conflicto edípico entre los escritores y el Estado censor y la imagen manipulada del escritor pigmeo e indefenso aplastado por el gigante inmoral todopoderoso. En otras palabras, alimenta Coetzee el análisis de la representación de los proyectos de representación, en donde el mito del gobernante que se cree padre del pueblo entra en crisis con el mito del escritor que se entiende hijo privilegiado de ese mismo pueblo: un debate para determinar quién habla en nombre del pueblo y quién lo pretende. 

La peor censura no es la que cancela y mata, sino la que hace decir a la lengua y a los escritores lo que el tirano quiere oír sobre él. Mandelstam, antes de su Oda a Stalin, escribió: “Quiero escupir a la cara a cualquier escritor que primero obtiene permiso y luego escribe”. De esta suerte, se gestan propagandistas adulantes, miedosos u oportunistas que terminan reclinados ante el poder y volcados a decir lo que el poderoso quiere que se diga. De esta suerte, los medios son conminados (obligados) a difundir solamente lo que el poder quiere que se conozca y, peor aún, a trastocar la verdad para que se difunda lo que nunca fue o lo que solo existió como mentira urdida con malsana intención.

Ningún escritor que quiera estar tranquilo con su conciencia de representación y ningún lector que quiera entender cómo y por qué existe esa conciencia debe dejar de acercarse a este libro magistral. Por descontado, tampoco los tiranos, que en este libro aparecen flagrantemente descubiertos.