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José Rafael Herrera

La censura contra el arte

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Si hay una constante que ha caracterizado históricamente a los regímenes de fuerza, su poder político, institucional, económico y religioso, ha sido la condena sistemática de las más diversas manifestaciones de la creación artística. Y es comprensible que haya sido así. Las sociedades se sustentan sobre la base de ciertas costumbres y tradiciones que, al objetivarse, sedimentan las bases de su conservatismo constituido. En realidad, son el producto de prejuicios o presuposiciones, que terminan por cimentarse como estructuras de complexión rígida, es decir, son “positivas”, como las denominara Hegel. De hecho, lo positivo es palabra de derivación latina que viene de positium, posición. Se trata de “lo puesto”, de “lo que se pone”, de lo “su-puesto”. Por ende, la positividad es aquello que ha sido puesto, lo estático, lo que se encuentra estable y en reposo, asociado, por el sentido común con “lo bueno”, no por mera casualidad.

El arte prospera en sociedades abiertas a la crítica, a la disidencia, porque su naturaleza es potencialmente irreverente. Una sociedad sana es aquella que tolera la crítica de sí misma y la ejerce. Son las sociedades no democráticas, intolerantes, “positivas” –en sentido hegeliano–, que atienden más a los prejuicios que a la búsqueda de la verdad, las que extirpan el libre florecimiento de las artes y, por supuesto, de los artistas. Son sociedades planas, unidimensionales. Sociedades que censuran la sensibilidad, la inteligencia y la creación. Sociedades que desprecian el saber en sus más distintas manifestaciones. Porque detrás de cada expresión creadora del ser supone una sospecha o encuentra una conspiración. El arte sería, pues, “negativo”, es decir, un vehículo propicio para la desestabilización del orden político y social.

Para los regímenes intolerantes y de pensamiento único, solo puede existir un tipo de “arte”: el que reconoce, pero no llega a percibir; el que oye sin escuchar; el que calca o copia “la realidad” tal y como se presenta; el que recuerda lo conocido, pero prohíbe experimentar en lo desconocido; el que pide que el retrato “se parezca” al modelo “original”; el que exige que el paisaje pintado remita al lugar natural. Su fundamento no es lo estético sino lo estático, lo fijo, lo “positivo”. “El suplicio de los espíritus ciegos es su propia ceguera”, decía Salomón. Se pide al arte que no cree, que no produzca, que “no invente”. Es “el arte” fascista, el nacional-socialista, el socialista “real”. A diferencia de estas manifestaciones que más que producir insisten en reproducir, el arte propiamente dicho es la viva expresión de un diverso y multiplural espejo del propio tiempo. Un espejo, sin duda, mágico en el que una determinada época puede mirarse, escucharse o palparse a sí misma, y descubrir, en medio de sus circunstancias, una comprensión esencial de su existencia. Solo en este sentido puede hablarse del arte como ficción, esto es, como “fictio”, que significa invención, composición o formación.

El artista propiamente dicho inventa, compone, forma, a partir de lo plano, la profundidad.; a partir de lo liso, la textura; a partir de lo estático, el movimiento; a partir de lo finito, lo infinito, acercando lo tangible a lo intangible. El arte, como decía Hendrix, transforma el amor por el poder en poder en y para el amor. De ahí su carácter “subversivo” para ciertos regímenes de corte totalitario.

El arte es, en efecto, la negación de lo convencional, porque no se adapta a la norma establecida. Su reto no es decorar sino, por el contrario, problematizar la fea decoración de su mundo sobre la base de su propuesta innovadora, restituyendo, de ese modo, una nueva, rica y más concreta figura de lo bello.

En las sociedades plenamente democráticas, el único límite para el arte es la propia consciencia del artista. En ellas se comprende que la libertad de pensar y crear no solo es compatible con la paz del Estado, sino que el hecho de atentar contra el pensamiento y la creación libres representa un riesgo para la paz del Estado, que puede llevar directamente a su propia destrucción.

La Venezuela de estos tiempos transita por caminos de intolerancia, persecución, impunidad y una brutal represión. Sus lúgubres calles, avenidas y autopistas, que contrastan con la alegre luminosidad y colorido de otros tiempos, se pueblan de murales con tonos que se repiten una y otra vez, hasta el maltrato visual y la agresión de la inteligencia, con motivos dedicados a la simbología que el régimen insiste sistemáticamente en convertir en un exclusivo lugar común. No hay cabida para “otro” arte, convencido como está de que, efectivamente, con semejantes formas de una “épica”, absurda y panfletaria, puede acallar por siempre las más diversas manifestaciones de la creación artística.

La prohibición de exponer en galerías controladas por el Estado; el impedir la presentación de obras de teatro en salas controladas por el régimen; el apoderarse del Sistema Nacional de Orquestas, siguiendo para ello el esquema mecanicista –y poco creativo, en realidad– heredado del Estado soviético y de la “Revolución Cultural” china; la expropiación de edificios que fueron referencia para la cultura por años; el sabotaje en salas que son ícono de las más diversas expresiones artísticas; la mordaza para la música “foránea”. Son ejemplos que ponen de relieve la imposición del modelo “estético” de paredes de ladrillo crudo y de techo de zing. Es el modelo que censura al arte, no sin prejuicios, resentimiento y retaliación. El temor es, como decía Spinoza, una pasión triste. De triste pasión está hecho el metal del martillo de un régimen que ha decidido sustentarse sobre el aplastamiento de una simple ficción que lo espanta. Contrariamente a lo que se piensa, el miedo no es libre. Es, más bien, la confirmación de la ausencia de libertad.