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Fernando Luis Egaña

Un cementerio de posibilidades...

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El que en Venezuela se haya malbaratado la oportunidad de desarrollo más importante de nuestra historia, a lo largo del siglo XXI, es un hecho tan indiscutible que hasta la hegemonía causante de ello lo reconoce, al momento que proclama “sacudidas completas” o “reestructuraciones totales”.

Si todo necesita con urgencia ser cambiado a fondo, es porque nada funciona, y si nada funciona, después del equivalente a 1.500 millardos de dólares en ingresos fiscales en 3 lustros, entonces es inevitable concluir que las brillantes posibilidades fueron dilapidadas y están sepultadas bajo el peso de una hegemonía despótica y depredadora.

Alguien dijo hace unos cuantos años que “Venezuela estaba condenada al éxito”. La realidad no parece corresponderse con esa afirmación. Pero el extremo contrario tampoco es verdadero: no estamos condenados al fracaso. Y no lo estamos por la sencilla razón de que la experiencia histórica lo demuestra.

No de una manera uniforme, desde luego, y ni siquiera de una manera predominante, pero cómo negar que nuestro país ha sido capaz de impulsarse, renovarse y desarrollarse en diferentes períodos de su trayectoria nacional. En especial, por cierto, cuando el pesimismo espesaba y no se veía que el futuro pudiera ser promisor.

Ahora estamos en una de esas encrucijadas. La política en un tremedal. El Estado confiscado. La economía desbaratada. La sociedad violentada. Caramba, que uno mira con ojos de buscar horizontes auspiciosos y es muy difícil encontrarlos. La metáfora de Luis Ugalde de que estamos es un quirófano, es muy acertada, no solo por lo que dice del presente, sino por lo que pasaría si no se opera...

La idea de una crisis humanitaria en Venezuela ya dejó de ser una idea para irse convirtiendo en una tragedia que se va diseminando por el tejido de la nación. La cifra roja de 25.000 homicidios por año debería ser suficiente evidencia al respecto. Ahora bien, a pesar de todo ello, ¿el país tiene fuerzas para superar esta megacrisis? Sinceramente creo que sí.

Pero no un sí que esté a la vuelta de la esquina en términos de esfuerzos y lucha contra las dificultades. Más bien un sí que puede construirse porque la profundidad y extensión de la crisis hace que la alternativa sea o salir de ella o terminar de perder la viabilidad como país independiente. Se trata, por ende, de una crisis extrema, de una crisis existencial.

Pero de ella no se saldrá con el continuismo del presente. Eso es obvio. También es obvio que tenemos mucho menos recursos que hace pocos años, tanto porque decenas de miles de profesionales se han ido del país, o porque la infraestructura económica se encuentra gravemente deteriorada, o porque la república se encuentra hipotecada hasta en sus yacimientos de petróleo, y su credibilidad es mínima; o porque la anomia –la corrosión de la vida social y el auge de la violencia criminal– se ha empoderado de nuestra patria.

Hay que recorrer ese camino que nos lleve de un cementerio de posibilidades a un país de posibilidades que se vayan transformando en realidades provechosas. Venezuela lo ha hecho, con sus altos y bajos, en otras etapas de su historia. Y puede volver a hacerlo. Y es que la alternativa es que deje de ser un país viable y capaz de ofrecer una vida humana a su población. Y eso no puede ni debe ser una alternativa.

 

flegana@gmail.com