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Sergio Ramírez

La celebración perpetua

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Rubén Darío descubrió El Quijote en un viejo armario a los diez años de edad, y lo leyó, lo cual prueba que cuando se cae bajo el encantamiento de un libro no arredra el número de páginas, ni importa la edad que se tenga. A lo largo de su vida volvería a él otras veces, y ya nunca abandonaría aquel mundo que será para él como “la vida y la naturaleza”.

Vida y la naturaleza. Esto es lo que hace tan cercanos a Cervantes y a Shakespeare. Naturaleza en dos sentidos, el mundo que nos rodea, y el modo de ser natural a la hora de narrar, lejos de afectaciones que generalmente esconden ignorancia. Un escritor natural es aquel que sabe de qué está hablando. Habla al oído del lector, no se desgañita.

Los mundos muertos, construidos de cartón piedra, los decorados que huelen a pintura o a vejez, tarde o temprano serán comidos por la polilla, porque lo falso no sobrevive. En cambio, el mundo insuflado de vida por virtud de las palabras, y que se parece a la vida, o es como la vida, es el que está destinado a perdurar.

Cervantes cuenta la historia de un hombre de hacienda mediana y vida sencilla que pierde la cordura por culpa de las historietas de entonces, como alguien que hoy se dedicara a leer sin tregua las aventuras de Superman o a ver una y otra vez las películas de El hombre araña, se vistiera con sus atuendos extravagantes, y saliera a las calles a imitarlos tratando de volar o de subirse por las paredes.

Las aventuras que don Quijote y su escudero van encontrando por el camino nos llegan en un lenguaje que recoge la vida tal como es. El tiempo ya muerto de los caballeros andantes entra en el tiempo real contemporáneo, y entre ambos se produce un choque que en lugar de destruirlos los hace vivir. No se destruyen porque Cervantes utiliza la naturalidad para referir esas historias disparatadas, y por tanto asombrosas, pero frente a la locura que pasma, él no se inquieta; se ríe de manera sosegada, sin dejarse ver por el lector, y al tomar distancia de ese mundo estrafalario con la risa, que está lejos de ser una risa malvada, o jayana, nos enseña a ser compasivos, y nos acostumbra a contemplar con naturalidad la maravilla.

Es lo que alguna vez decía García Márquez, que en Cien años de soledad lo que hizo fue copiar la naturalidad con que en su casa oía contar las historias más sorprendentes como si fuera asunto de todos los días: “Había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una seriedad a toda prueba que no se alteraba aunque se les estuviera cayendo el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando”. De esta manera es que el mundo cervantino de La Mancha tiene su continuidad en el Caribe.

La Mancha es un territorio rural de agricultura y pastoreo. Por sus caminos andan los mendigos que se fingen ciegos, los titiriteros que se ganan la vida con sus retablos, arrieros, pastores con sus tropillas, oficiales del rey que viajan en comisiones burocráticas, soldados de a pie, frailes andariegos que venden bulas, partidas de prisioneros en cadena. Un mundo que de pronto despierta de su letargo, y de prosaico pasa a ser maravilloso.

Cervantes sabe también que hay dos piedras que es necesario frotar para producir el chisporroteo: la del mundo cotidiano, y la del mundo inventado; ambos, bajo su apariencia inocente, están llenos de vida, de risa y de drama. Conoce el mundo cotidiano porque vive en él, como protagonista: fugado de la justicia por malherir en duelo a un hombre, herido en el pecho y en un mano en batalla, de lo que quedó manco; prisionero cinco años en Argel y liberado bajo rescate; casado con mala fortuna, pues hubo de divorciarse; burócrata de la corona requisando vituallas para la Armada Invencible que Felipe II prepara contra Inglaterra, una empresa que acabará en desastre; preso otra vez bajo acusación de apropiarse de dineros públicos. Y es en la cárcel donde concibe El Quijote.

El mundo del Quijote se mueve entre la realidad y la maravilla, y la invención se va trasegando cada vez más en la realidad en la medida en que avanzamos en la lectura. En la primera parte, Ginés de Pasamonte es un bandido inventado; en la segunda, cuando el caballero de la triste figura llega a Cataluña, Roque Guinart es un bandido real, cuyas hazañas están en las crónicas de la época. Y en Barcelona visitará una imprenta donde están imprimiendo el Quijote apócrifo, el de Avellaneda, y denostará al impostor que cuenta asuntos falsos de toda falsedad. Es ya un personaje tan real, que le ofende la mentira.

Don Quijote, en lugar de huir de los envites sale a buscarlos, y así libra de sus jaulas a los leones más temibles; y de la cadena de galeras, a delincuentes no menos temibles, porque quiere hacer justicia de manera gallarda, como los antiguos caballeros andantes.

De la mezcla de estos mundos, el natural y el fingido, surge el mundo de Cervantes. Mundo de embusteros donde no faltan las cofradías de ladrones celosos del honor, busconas y celestinas, pícaros de cocina, vendedores de oraciones de poder infalible, cómicos de la legua, monos adivinos que tienen concierto con el demonio y por eso conocen las vidas ajenas, estudiantes de fondillos rotos y habla espesa de latines, tinterillos lenguaraces, alguaciles corrompidos, frailes pecadores, y damas famosas como Dulcinea, que crían puercos y huelen a cebolla, solo porque su belleza  ha sido trastocada en fealdad por la mano de algún mago.

Pero ningún mago equipara a Cervantes en el arte de trastocar la realidad y entregarla distinta al lector, más esplendorosa y llena de encantamientos y encantos. Por eso lo celebramos siempre. Una celebración perpetua.