• Caracas (Venezuela)

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Humberto Márquez

¿Por qué no ceden?

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¿Por qué no acceden a unas pocas concesiones, el Comando Político Militar de la Revolución Bolivariana revelado a los creyentes en 2013 y el Alto Mando Político de la Revolución, su mutación recién estrenada? ¿Tan frágil o amante de la severidad es la revolución que no puede soltar unos cuantos presos enfermos o permitirle a la muchachada universitaria que manifieste por calles que se reivindican como del pueblo desde tiempo políticamente inmemorial? ¿Cuál es el perjuicio irreparable si se concede una medida humanitaria a Iván Simonovis o se juzga en libertad a Leopoldo López? ¿Por qué escalar los castigos, mostrar mano dura, apelar a la represión, descalificar al opositor o al mero crítico? En suma ¿por qué dinamitar tantos puentes y atravesar tantos palos en la rueda del diálogo en vez de enviar una o varias señales que en el exterior traduzcan como muestras de tolerancia, de concordia y, sobre todo, de estabilidad para relacionarse y aun invertir en Venezuela?

Porque abrir una fisura, por delgada que sea, puede rasguñar el muro oficialista. Aunque parezca un leve trazo sobre el friso de la muralla que el oficialismo ha levantado entre buenos y malos, patriotas y apátridas, amor y odio, pueblo y entreguistas, izquierda y ultraderecha, socialismo bueno y capitalismo monstruoso, entre quinta y cuarta, entre verdad y mentira. Una fisura puede que abra otra, la fisura puede estirarse y ensancharse hasta convertirse en una grieta, y esta puede posibilitar otra, y otra más, hasta que sean tantas que ya no habrá parches ni alcanzarán cementos y soportes para evitar un derrumbe, una caída de las murallas de Jericó en pleno siglo XXI.

No hay problema si los adversarios tiran piedras, encienden fogatas, construyen su propio muro. El oficialismo quizá prefiere manejar y administrar un país más sencillo, con menos gente, menos necesidades, demandas más simples. Pero las grietas no han de permitirse porque puede derrumbarse la muralla que protege el fortín, y hasta la fortaleza toda.

Tanta persistencia y dureza en no ceder ha llevado a que si, por ejemplo, se liberase a presos políticos, al menos a los que el propio gobierno reconoce como “casos sensibles”, la oposición y la gente a la cual el lenguaje de las imprecisiones llama “el pueblo en general” recibirían un doble mensaje: 1) con la presión, el gobierno cede, ergo, se puede obtener más con una presión mayor y mejor organizada; es decir, desde el punto de vista de los mandos revolucionarios, la decisión sería un revés que no liquidaría el conflicto puntual, sino que lo multiplicaría. 2) El oficialismo admite que no tenía razón cuando tomó las decisiones que asumió y defendió durante años en el tema objeto de la concesión que ahora hace a sus oponentes; luego, se abre el camino para explotar la tesis de que el gobierno admite que se equivoca, es decir, no tiene de su lado la verdad, ni la bondad, ni las dotes de las que presume como centinela y depositario de las mejores causas del pueblo.

Pero fisuras y grietas, además, pueden desencadenar críticas y debates sobre las responsabilidades de quienes las produzcan o sean incapaces de cerrarlas. Esto puede alentar tendencias fraccionales o centrífugas en el Partido Socialista Unido de Venezuela y sus aliados del autodenominado Gran Polo Patriótico. Esas tendencias negativas para la nomenklatura pueden esparcirse por las llamadas bases sociales del chavismo y abrir nuevas grietas en un sector que es tan decisivo y conocido en la vida política latinoamericana que ni siquiera hace falta nombrarlo para saber de quiénes se trata. Y ahí sí se sube la gata a la batea porque pierden entidad el Comando Político Militar y su prohijado Alto Mando Político.

No ceder, sin embargo, también es problemático. Hay un problema de imagen, internacional sobre todo, y de cerrazón sobre un camino único que quizá el propio pueblo chavista no acompañe. Tanto despreciar el consenso puede llevar a que cuando más se lo necesite entonces no se lo encuentre. Tanto desdén por el diálogo puede llevar agua al molino del contrincante. Tanto negar concesiones puede hacer aparecer alguna sencilla en el futuro, forzada por la necesidad, como una clamorosa derrota. Y el adversario y todo aquel que tenga algún reclamo pueden llegar a comprender que, al gobierno y al oficialismo, para hacerle ceder puntualmente, habrá que hacerle ceder en todos los puntos. La llegada de una tal coyuntura no es imposible ni lejana.

Fin.

@hmarquez26