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Oscar Collazos

El castrochavismo

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Un fantasma recorre la geografía uribista: el castrochavismo. ¿Su fin? Asustar a los incautos y ganar seguidores con el infundio. Y no es que la alianza entre los hermanos Castro y el gobierno de Venezuela no exista. Existe. Y debe de existir más allá del simple intercambio de petróleo por médicos, en niveles que tocan la seguridad del Estado y métodos para combatir a la oposición.

Pero la realidad es otra: Cuba es un país que está buscando salidas al fracaso de la ortodoxia comunista, abriendo compuertas a la iniciativa privada y tolerando nichos de oposición sin renunciar a su férreo aparato de seguridad. Venezuela, por una asimetría incomprensible, es un país que ensaya un “socialismo” autoritario teñido de populismo.

Podría decirse que el experimento chavista busca entrar al lugar de donde Cuba quiere salir, pero esta simplificación es absurda. La verdad es que ni Cuba ni Venezuela representan riesgos desestabilizadores en la región, y menos aún la fusión del castrismo con el chavismo.

Sin embargo, la oposición colombiana de derechas al gobierno de Santos (solo el delirio de sus antiguos amigos pretende mostrarlo como izquierdista) ha construido un muñeco de papel llamado castrochavismo. Una vez fabricado el muñeco, se ha puesto a circular en un sistema de propaganda basado en el miedo colectivo.

El muñeco –que no alcanza a ser espantapájaros– cumple dos funciones: por un lado, desprestigiar la imagen personal y el gobierno de Santos; por el otro, torpedear con cargas de profundidad propagandística el proceso de paz de La Habana, de donde saldrían barcos cargados de guerrilleros para tomarse el Palacio de Invierno de la economía de mercado.

El muñeco no solo cumple estas funciones. Es presentado como profecía: los acuerdos de La Habana, con la eventual desmovilización de las FARC y la incorporación de sus cabecillas a la vida política, serían la última fase de una conspiración fraguada por Santos y aceptada por una izquierda que, al fin, empezaría el desmonte de la propiedad privada, la imposición del totalitarismo y la ocupación del campo por los antiguos terroristas.

Con estos ingredientes se está fabricando el discurso de la derecha uribista, con algunos ripios añadidos. Por ejemplo: que hubo fraude en las pasadas elecciones, que donde hay 19 debieron haber salido 30 senadores esperados, que una práctica tan frecuente como los “auxilios” y transferencias del Gobierno central a los políticos de provincias es algo novedoso y no la práctica que hizo incurrir a Uribe en el delito de cohecho, precisamente por las razones que le reprocha a Santos.

La querella de Álvaro Uribe con Juan Manuel Santos no es menos patética que las querellas matrimoniales: la antigua pareja, burlada o engañada, da paso al feroz resentimiento enemigo. Lo que busca la derecha más recalcitrante va más allá de una eventual reelección de Santos.

La derecha uribista teme que desaparezca 50% de sus argumentos, fundado en el modelo antisubversivo que hizo posible a Carlos Castaño y organizaciones paramilitares, pero también los métodos de la seguridad democrática. Entre otros, los ‘falsos positivos’.

Las fuerzas políticas de derecha democrática, centro e izquierda; los empresarios y países que dan su apoyo a las conversaciones de La Habana; las bancadas parlamentarias que legislarán de 2014 a 2018 no son ni serán el colchón donde reposará el castrochavismo, sino los actores de un modelo de país y sociedad que buscará paz y justicia sin guerrillas.