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Maximiliano Tomas

La casa fue tomada, y no hay ninguna metáfora

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Tengo la teoría de que hay diversos tipos de lectores de literatura: el lector esporádico, el lector en tránsito, el lector especializado, el lector ingenuo, el lector escolar, el lector profesional, el lector vacacional y así. En mis lucubraciones personales, arbitrarias y sin demasiado sentido, trato de intuir cómo lee cada uno de ellos, qué es lo que buscan en una novela, en un libro de cuentos. Quizá por eso sigo con cierto interés una sección que este diario publica una vez por semana y se llama Book Hunter: un formato que suele usarse para la moda urbana y que en este caso es aplicado a la gente que lee en la playa. Cada participante se deja fotografiar mientras exhibe al cronista el libro que lleva encima y explica por qué lo eligió. Lamentablemente, la tipología del lector de playa no presentó aún demasiadas sorpresas ni elementos diferenciales que contribuyan a mis estudios: abundan las novelas románticas, históricas, de espionaje, lo mismo que, paradójicamente, la mayoría de la gente lee en la ciudad durante el resto del año. Sigo los testimonios tratando encontrar la razón por la cual los libros que los lectores vacacionales eligen suelen contener historias ligeras, cuando se supone que es en la playa cuando cuentan con mayor cantidad de tiempo para el ocio y la lectura reposada. Pero fracaso, una y otra vez.

¿Y qué busca en un libro un lector profesional? Vaya uno a saber qué persiguen los editores. Los críticos suelen estar atentos al surgimiento de lo nuevo, de algo distinto, a la irrupción de una voz hasta entonces ausente. No es una pose intelectual: es más bien el desesperado intento de recrear la sorpresa y el placer que provoca la aparición de un autor hasta entonces insospechado. Como lector profesional, en este caso, llego tarde. Casi un año tarde (¿pero cuánto es tarde a la hora de hablar de literatura?) a uno de esos libros que parecen inaugurar una obra de esas características: La reja, de Matías Alinovi (Buenos Aires, 1972), publicada en marzo de 2013. Una novela que, a pesar de sus breves ciento quince páginas, contiene una dosis de riesgo y novedad inusitada.

El símil es evidente, a nadie se le debe haber pasado: Julio Cortázar publicó “Casa tomada” en 1946, todos conocen el argumento. El de “La reja” es parecido: hay un protagonista cuya casa, en el partido de Moreno, provincia de Buenos Aires, también es ocupada. La diferencia es que los usurpadores son, en este caso, concretos. Y la voz que narra (¿Un Blumberg que pasó por la Facultad de Letras? ¿Un filósofo frustrado que maneja un taxi atado a Radio 10?), que se permite tanto la ironía como el desprecio y la digresión, está dispuesta a recuperarla. ¿Dónde está la novedad, entonces, si la anécdota, inspirada en hechos verdaderos o literarios, es más bien trivial? Precisamente en la construcción de esa voz, que es la construcción de un estilo narrativo: la prosa de Alinovi es fluctuante, sinuosa, recursiva. Construye sentido lentamente y por capas (por cada párrafo, más de una lectura). Es a través de esa cadencia narrativa, que tiene mucho de poética, que el autor reconstruye la biografía del protagonista -la historia de su infancia y de su familia- a la vez que exhibe la decadencia en espiral en la que cayeron ciertas zonas de la provincia de Buenos Aires durante las últimas tres décadas de democracia, pobreza y asistencialismo.

Alinovi estudió Física, y La reja es su primera novela (antes había escrito cuentos y una obra de teatro, y publicado tres libros de no ficción: Historia de la energía, Historia de las epidemias e Historia universal de la infamia científica). Dice que está escribiendo otro libro, sobre los ocho años que vivió y sufrió en París, que se llamará París y el odio, y uno puede imaginar el regreso de la voz narrativa cargada de lucidez y resentimiento de La reja. En todo caso, el de Alinovi viene a sumarse a una lista de nombres (J.P. Zooey, Iosi Havilio, Ramiro Quintana, Pablo Katchadjian y algunos otros) de la literatura argentina reciente que se manifiestan en contra del neoclasicismo y sus derivados: el realismo, la novela del yo, el policial negro. Como lectores, habrá que agradecerles el hecho de evitarnos morir ahogados en un mar de uniformidad y aburrimiento.