El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Luis Giusti

La otra cara del viento

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Hace unos meses el ministro de Hacienda del Reino Unido (Chancellor of the Exchequer), George Osborne, se manifestó completamente opuesto a los conglomerados de turbinas de viento (wind-farms), debido a que cada vez resulta más claro que son demasiado costosos.

El equipo de trabajo del ministro ha estado cabildeando ante miembros del Parlamento para que se pronuncien al respecto ante el Gobierno. El pronunciamiento que se busca es que en estos tiempos de dificultades económicas sería desaconsejable hacer pagar a los consumidores de electricidad, por la producción ineficiente e intermitente de energía (subsidiada) que es típica de las turbinas de viento ubicadas tierra adentro.

Instalarlas mar afuera podría reducir las quejas de las comunidades, que incluyen daño al paisaje, destrucción de la fauna y destrucción de puestos de trabajo. Pero eso tiene aún menos sentido, porque el costo para los consumidores sería del doble.

Parece cada vez más claro que el gobierno de David Cameron está en contra del uso de energía eólica, aunque enfrenta presiones de los mayores inversionistas en turbinas costa afuera. Mitsubishi, Gamesa y Siemens están preocupados por lo que pudiera ser un viraje definitivo.

Vestas, la gigante empresa danesa de aerogeneradores adelanta planes para instalar una fábrica en Kent, pero exige, antes de construirla, una reafirmación por parte del Gobierno de que tiene la voluntad política de instalar más turbinas.

En Gran Bretaña la energía procedente del viento es de apenas 0,6%. Con base en los cálculos realizados por la Fundación de Energía Renovable, la aplicación de las políticas necesarias para cumplir con las disposiciones de energía renovable de la Unión Europea para el año 2020, impondría costos adicionales de 22.500 millones de dólares anuales, equivalentes a 1.000 dólares anuales por hogar. Se hace difícil justificar el beneficio a recibir por ese dinero.

El total de emisiones de carbono reducidas por la profusión de instalaciones de generación eólica está por debajo de 1%, debido en parte a la necesidad de consumir combustibles fósiles como respaldo cuando no sopla el viento. Incluso, en ocasiones ese número puede estar en terreno negativo.

La revolución del gas de esquistos (shale gas) ha venido a sumarse a los pesares de la industria de energía eólica. La tesis de que los combustibles fósiles se están acabando y que sus elevados precios harán competitiva la energía del viento se ha derrumbado, y aun si el petróleo se mantiene caro por las intervenciones de la OPEP, es conocido que habrá abundante gas natural barato por mucho tiempo.

Se especula que la mayoría de los ministros de Cameron son conscientes de que las cuentas de la energía eólica no cuadran y quizás nunca cuadrarán. Sin embargo, aunque se han descubierto grandes cantidades de gas de esquistos en el Reino Unido, lo cual podría tener profundas implicaciones positivas para el país, el Gobierno no ha prestado mucha atención.

Tal vez la razón esté en que tiene montado un programa masivo de subsidios para wind-farms, que lucen obsoletos tanto para generación de energía como para descarbonización. En tiempos de austeridad la política de aerogeneración parece condenada, aunque son tantos los contratos que se han firmado que la expansión de los conglomerados continuará por un tiempo.

En opinión de algunos, el negocio de los subsidios se ha vuelto más importante que el de energía. El caso del Reino Unido merece reflexión, en especial si se toma en cuenta que globalmente la energía eólica representa menos de 0,5%. Tal vez se irá convirtiendo poco a poco en una opción de nichos, pero su uso en gran escala se verá cada vez más limitado.

El predominio de los fósiles durará hasta bien entrado el siglo XXII, y lo responsable es reconocerlo para unir esfuerzos en utilizarlos de manera cada vez más eficiente y limpia, al tiempo de ir creando condiciones para darles espacio a las fuentes renovables.

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