• Caracas (Venezuela)

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Cuando al comienzo de este año dicté una conferencia a los alumnos de doctorado de uno de mis antiguos profesores en el Institut d’Etudes Politiques de París, había en la audiencia ciertos activistas del movimiento antiglobalización que no estuvieron de acuerdo con algunas de mis tesis, pues se desviaban un poco de sus nobles y perimidas posiciones, que, al terminar, seguimos discutiendo unos pocos en un café cercano. Íbamos hacia allá caminando cuando le pregunté a una joven dirigente, me dijo, de un pequeño partido trotskista, cómo esperaba que el capitalismo algún día sufriera una crisis tan severa que la clase trabajadora organizada le pondría fin y le argumenté que la gran mayoría de los trabajadores, incluso desempleados, viven bien en el desarrollado capitalismo, el cual se las ha ingeniado para superar las crisis, al menos en los países avanzados industrialmente, como se demostró en la Gran Depresión y en la destrucción causada por la II Guerra Mundial. No dio una respuesta convincente.

Ya en el café otro alumno socialista me comunicó que mis análisis y perspectivas le parecían correctos, pero, preguntó: ¿Quién realizaría esa reforma del capitalismo que en sí ya es una revolución? ¿Cómo podrían las fuerzas sociales progresistas comunicar que la presente sociedad industrial per se, máxime creciendo continuamente, destruiría completamente el ambiente natural? Sobre todo cuando no hay conciencia de que es imposible un crecimiento infinito ante recursos naturales limitados, contradicción que nunca será superada con ayuda del conocimiento científico.

Entonces, si se libera el capitalismo de las compulsiones de obtener ganancias a como dé lugar en todas las actividades productivas y de un cierto crecimiento irracional en determinadas áreas claves, sería posible para la sociedad reorganizar la economía de una manera ecológicamente sustentable. En otras palabras, argumentó, el capitalismo indeseable tiene que ser reformado primero, sólo así puede haber esperanza de un cambio hacia algo mejor. Pensé que parecía convincente la lógica de este razonamiento. Pero tampoco pudo responder claramente: ¿Qué interés tenía la clase trabajadora de los países ricos industrializados en eliminar o reformar profundamente el capitalismo, dado que la gran mayoría vive muy bien en el sistema?

Ante la pregunta: ¿Qué será de nosotros cuando, como se vislumbra inminente, la sociedad capitalista finalmente colapse? Aseguró que era preciso organizar un partido ya. Sería la única fuerza suficientemente sólida para construir un mundo mejor cuando se hunda la sociedad capitalista a causa de una crisis terminal. También dijo que esperaba el colapso como algo natural del capitalismo.

Toda la discusión entre los marxistas-socialistas acerca de la cuestión relacionada con la crisis final del capitalismo, esperada durante más de cien años, es una triste historia. La tal crisis final no llega. Van y vienen crisis. Se escriben libros. En la literatura relevante que he podido leer hay análisis de todas las crisis y de la más reciente crisis general del capitalismo. En 1962, cuando economistas hablaban de un boom a la larga, Eugen Varga, famoso economista político-marxista de la antigua URSS, profetizaba: “Podemos pronosticar con gran probabilidad que esta vigésima centuria será la última del capitalismo…, o sólo existirán remanentes insignificantes”. Y Jürgen Kuczynski, gran académico marxista, dijo, en 1977: “La crisis cíclica internacional de la sobreproducción tiende a agudizar las contradicciones que actúan en la crisis general del capitalismo”. Como se ha constatado, Varga y Kuczynski se equivocaron en sus conclusiones y pronósticos. Al contrario, al final del siglo XX se desmoronó el sistema socialista en Europa del Este y China desmanteló la economía socialista para acoger el capitalismo. Y ahora hacia la libertad empieza en Cuba.