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Itxu Díaz

La capilla Sixtina en mi boca

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Vengo del dentista. Es asombrosa la cantidad de formas de tortura que ha ideado el hombre. No creo que nadie maneje mejor que yo la Black and Decker, así que no entiendo por qué tengo que pagar para que otro lo haga. Tengo amigos ingenieros trabajando en agujerear enormes montañas para que circulen por debajo trenes de alta velocidad, supongo que por unas cuantas copas me harían unos planos perfectos para mis muelas, que además yo no necesito circulación ferroviaria interior, lo que simplifica bastante la operación. Sin embargo, por esas rutinas inexplicables que manejamos los humanos, me empeño en ir al dentista. Y aquí me tienen. Con la boca dormida, la mente dispersa, y esa cara de ausencia intelectual que sólo sabemos poner los que estamos bajo los efectos de una anestesia dental.

Bebo agua con los labios torcidos y me sale un ridículo chorro a presión por el lateral de la boca. Me palpita todo. Y estoy de un humor tan maravilloso que sería capaz de dinamitar todo el edificio en este preciso instante, si con ello lograra que se hundiera después toda la ciudad, y que por ese mismo agujero negro se colara el mundo entero en una espiral de destrucción masiva que acabara con la vida, el universo, y los dentistas. Puede que toda esta banda de idiotas que se inmolan contra edificios públicos, mercados, y hospitales simplemente sean pacientes de cualquier dentista que acaban de salir de la clínica. Las autoridades deberían seguir el rastro de sus gastos sanitarios y examinar esta hipótesis. Hay dos tipos de personas predispuestas a ejercer la violencia a gran escala: las que deberían ir urgentemente al dentista y las que acaban de salir de él. 

Todo empezó con un trozo de pan duro que, junto al whisky y la pizza de ayer, es el alimento básico del columnista medio. Crack. Muela fracturada. Asistí esa tarde a tres reuniones en absoluto silencio, con el temor a que un inoportuno estornudo acabara con mi diente precipitándose sobre la mesa de juntas. Nada más ridículo que perder una muela entre la corbata y la camisa de tu jefe, en presencia de un posible cliente. Perder un diente es casi tan abominable como perder un ojo, aunque este último tiene la ventaja de que es casi imposible perderlo de vista.

Un día después, tras la primera valoración de daños en la muela, supe que empezaba una larga lista de intervenciones y salas de espera. El diagnóstico debió ser complicado. Nunca había tenido tantas manos dentro de la boca. Mi teoría es que las enfermeras de las clínicas dentales, en cuanto ven una boca abierta, meten las manos dentro para que parezca que están haciendo algo importante. 

Anteayer me llamaron para darme el presupuesto del arreglo de la muela. No sabía que fueran a instalarme un Lamborghini Veneno entre diente y diente. Por amortizar el gasto, hemos decidido cambiar las vacaciones en esa isla paradisíaca por una sesión de espeleología a mi nuevo diente.

Está bien montado el negocio de los dentistas. Te colocan un minúsculo ladrillo con forma de diente, y se esfuman cientos de dólares en unos minutos. Si les encargáramos la construcción de nuestras ciudades, no habría dinero para pagarles ni el primero de los edificios. Además, las casas necesitarían revisiones mensuales. Por otra parte, desconozco qué tal se duerme en un empaste, pero dudo que la endodoncia sea caliente en invierno.

También he descubierto que mi dentista es monárquica. Sólo eso puede explicar su empeño en solucionar la sublevación de mi muela imponiéndome una corona. Obviamente, a estas alturas de la vida y siendo periodista, no pienso renunciar a la posibilidad de tener sangre azul. Así que he aceptado. El acto de coronación será en dos semanas, están todos ustedes invitados. Se recomienda ropa que se pueda salpicar de esmalte, gafas de soldador y tapones en los oídos para no ensordecer con el ruido del torno. Una vez coronado, seré rey. Y conociéndome, bastante déspota. Así que arrojaré a los leones a cualquiera que me quiera volver a llevar al dentista. Primer aviso.