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Ildemaro Torres

Hasta candidato

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¿Cómo lucir mejor?, es una real preocupación para quien pretenda sacarle a un electorado, votos suficientes para llegar a presidente de –por ejemplo– la República.

En una gran película de hace décadas, Elia Kazan mostró cómo se arma una candidatura presidencial y cómo se le promociona, lo que desde entonces se denomina fabricación de una imagen. Recuerdo también un artículo de la revista Look con dos fotografías de Robert Kennedy a punto de lanzarse como candidato, una antes y otra después de pasar el negativo por las manos del retocador y cumplir lo indicado por los asesores publicitarios: bajar algunos cabellos hacia la frente (nada más juvenil), atenuar el entrecejo (más cordialidad que exigente severidad, pero mantenido el aire de carácter firme), llevar las comisuras labiales a la horizontal, o mejor hacia arriba como esbozo de sonrisa (seguro de sí pero accesible), y ladear ligeramente el nudo de la corbata (toque de cierta informalidad pero sin exceso).

Es una verdadera fortuna contar en la historia de nuestras letras con escritores que nos hayan legado obras de tanta trascendencia y de palpable vigencia. Sucede así con El diente roto, de Pedro Emilio Coll, pues con no poca frecuencia nos encontramos en los distintos ámbitos, en especial el político y de los poderes públicos, con alguien que a semejanza del protagonista del cuento vive ocupado en tocarse con la punta de la lengua el borde de su diente roto, “sin pensar”; ante cuyo mutismo en la niñez un doctor debe haber dicho que se trataba de “un filósofo precoz, un genio tal vez”, haciéndose eco de ello todo el pueblo, y así ese personaje real pasa por el mundo tan respetado como el ficticio, por ser “hombre juicioso, sabio y profundo”, incluso admirado por mujeres deseosas de “seducir y conquistar aquel espíritu superior”; asimismo, dice Coll, se le ve ascender una escala de figuración, hasta llegar “a punto de ser coronado presidente de la República”, y quizás al éste fallecer algún historiador pronuncie “una oración a nombre de la patria”.

Y si alguien supo retratar nuestra forma de entender la vida y de actuar, lo que pretendemos ser y lo que tal vez somos realmente, fue José Ignacio Cabrujas, como lo prueba en Acto Cultural; y es que mucho de lo que acontece en cualquier espacio del quehacer nacional, con su escenografía, sus actores, vestuario y guión, corresponde a un acto cultural de la Sociedad Louis Pasteur, antes Sociedad Heredia, para el Fomento de las Artes, las Ciencias y las Industrias de San Rafael de Ejido.  

En medio de este acto cultural electoral, algunos dirigentes seguidores y herederos del extinto comandante, por fidelidad a la causa o por una enfermiza ambición personal, además de ser reflejo o producto de lo leído o visto recurren a tales creadores de imagen, o trabajan ellos mismos en hacerse una. Así los vemos ensayando poses y engolados discursos, adoptando supuesta elegancia gestual, exhibiéndose cual analistas conocedores de los problemas y sus posibles soluciones, presumiendo de ser hombres de absoluto rigor y puño en alto; y el resultado lastimero es que con todo el esfuerzo, empeño y costo, se les ven las costuras, la reducción a simples morisqueteros, las rendijas de su vergonzosa ignorancia; en medio de su pantalleo es perceptible cuán pobres son culturalmente, y pensando en el país no deja de ser preocupante que sigan a la cabeza de masas fanatizadas o burladas con elemental manipulación. Un caso patente lo constituye el usurpador presidente suplente Nicolás Maduro, autodefinido como hijo del fallecido líder, fraudulento candidato en los cercanos comicios presidenciales, y bien conocido por su impúdico desapego a todo valor ético.