• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

La campanita de Pavlov

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I.

Por ahí viene tarjetica. Me refiero a la llamada presuntuosamente –como presuntuoso es todo en estos tiempos–, la Tarjeta Electrónica de Abastecimiento. Seguro que es como la libreta cubana, aunque no le consta a uno, pero como solo se nos informa a medias, todos quedamos a merced de los chismes, siempre con el riesgo de que acierten. Como la cubana, digo que dicen, pero ajustada a la época digital. Es muy moderna, nos anuncia muy orgulloso el presidente Maduro, huele a puro siglo XXI. Tecnológicamente porque políticamente no tanto, denunciará, quizá, algún malpensado.

La fulana tarjetica se nos muestra como un gran logro. El gobierno ya le tiene remedio al calvario de la inflación y de los mercados vacíos, causado, según se sabe, por la guerra económica declarada por los comerciantes y sus socios extranjeros y no, como mienten los opositores, por la bancarrota de una política económica que nos ha traído hasta estas penurias a pesar del barril petrolero a cien dólares, penurias propias de un país que no produce casi nada y, por lo visto, tampoco sabe importar lo que necesita con eficacia y mediana decencia. La tarjetica pondrá, pues, orden y concierto en la escasez y el desabastecimiento, pero sin eliminarlos. Y lo hará como lo hace todo Estado estatista que se respete, o sea, determinando quiénes pueden comprar cuántas cosas y, tal vez, hasta qué cosas.

 

II.

Con la tarjetica el gobierno no nos sorprende. Reitera un viejo libreto, consistente en evadir responsabilidades propias, responsabilizar a terceros y sacarse de la manga una barajita aparatosa que no enmienda el problema, sino que lo empeora.

Así, en la protesta social que aún perdura a lo largo y ancho del país –¡vamos para mes y medio de reclamos!–, saca a relucir su mismo repertorio. Apenas suena la campanita de Pavolv, el gobierno segrega, mediante retórica al gusto, la explicación de que se trata de un golpe de Estado, culpa a fascistas e imperialistas, y asoma como recurso la represión revolucionaria en legítima defensa del sistema, sin que, por cierto, le pase por la cabeza que las quejas sean legítimas y deban ser atendidas.

 

III.

En fin, el país no la está pasando bien. La vida de la gente es disgusto y zozobra, también rabia. La realidad sigue haciendo de las suyas, haciendo más pesada la vida de cada día. Desde su púlpito mediático el gobierno intenta sortearla mediante un discurso que la calibra desde sus propios prejuicios, la piensa con el deseo y la envuelve en bulla ideológica. Y, alcanzado el momento de encararla, no lo hace proponiendo medidas que apuntan hacia donde es, sino hacia donde quisiera que fuera. Al gobierno se le perdió, pues, el sentido común político. No termina de aceptar que la sociedad se encuentra en serios aprietos y mantiene el relato propio de una secta, desmereciendo a la otra mitad de la sociedad venezolana. Lula le advirtió a Maduro sobre el peligro de que un país sea dos países. Y Perogrullo lo viene señalando hace rato.

El viejo Pompeyo Márquez tiene razón, no hay que inventar salidas. La salida a nuestra crisis está en la Constitución. El diálogo necesario es solo a partir de ella. Los acuerdos posibles solo dentro de ella. El gobierno tiene la palabra, no la única, pero sí la más importante. El hecho de que haya algunos opositores despistados e insensatos y hasta violentos, no le da razones para descalificar reclamos justos, ni motivo para desentenderse de la tarea de buscar, a como dé lugar, la convivencia nacional.

 

Harina de otro costal

 

Teodoro Petkoff, Francisco Layrisse, Manuel Puyana y Juan Antonio Golía, directivos del periódico Tal Cual, fueron acusados penalmente por la supuesta difamación agravada de la cual habría sido objeto el diputado Diosdado Cabello en un artículo escrito por el columnista Carlos Genatios (también acusado).

Se trata de un artículo que, aun mirado con lupa quisquillosa, me parece que no tiene nada que no se pueda decir, ni por su forma ni por su contenido, en un país en donde exista libertad de expresión. Pero me equivoco, desde luego. Un tribunal sí ha encontrado razones para la acusación y ha actuado inmediatamente. Por de pronto, les ha prohibido a los cinco salir del país, quedando obligados a darse una vueltica semanal ante el mencionado tribunal a fin de comprobar que no se han dado a la fuga. Al parecer hay un particular temor por la huida de Petkoff, quien cuenta con 84 años de edad y está recién operado.

En fin, no sé si se trata de una sensación térmica, pero en Venezuela el Estado de Derecho semeja cada vez más un elenco de reglas elásticas como chicle, que se administra según la conveniencia oficial.