• Caracas (Venezuela)

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Mauricio Vargas

Una campaña de bostezo

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Que Juan Manuel Santos será reelegido es algo que pocos discuten. La reciente encuesta Polimétrica, de Cifras y Conceptos, divulgada el viernes por Caracol Radio, confirma y hasta acentúa las tendencias: la intención de voto por el Presidente sube un poco (de 25% en diciembre a 26% ahora), mientras que sus contrincantes caen, como el uribista Óscar Iván Zuluaga (pasa de 13% a 8%), o se estancan, como el ex alcalde de Bogotá Enrique Peñalosa (9%), y las izquierdistas Clara López (7%) y Aída Avella (1%).

El desdén hacia los candidatos lo expresa una intención de voto en blanco de 30%. La contienda es tan aburrida como los contrincantes. Santos no despierta pasiones, ni a favor ni en contra: desde el punto de vista del carisma, es más neutro que un café con leche frío y con nata. Zuluaga apenas consigue asomar tras la sombra del expresidente Álvaro Uribe y, aunque es un tipo serio, ni convence ni conmueve. Peñalosa fue un gran alcalde de Bogotá, pero sus limitaciones de carisma son enormes. Y en cuanto a la pareja femenina de la izquierda, luce el empaque incoloro del viejo mamertismo de antes de la caída del Muro de Berlín.

Imaginar un debate televisado con esos cinco protagonistas da grima. Que haya en este quinteto caras tan feas como las que entretienen a los caricaturistas –y eso a pesar de la operación de párpados del presidente– es lo de menos. Lo importante es lo poco que transmiten. Santos habla tanto de paz que a veces se atraganta: que el proceso de negociación saltaría en pedazos si se produce un magnicidio, como dijo en Madrid, es un exceso verbal peligroso. El sector narcorradical de las FARC, que mira con desconfianza la mesa de La Habana, podría tomar atenta nota. Santos omite otros temas: la crisis de la industria, por ejemplo, a la que, como bien anota el exministro Rudy Hommes, no se refiere ni la ANDI.

Es tan aburrido oír hablar a Santos de paz como oír a Zuluaga criticarlo. No hay más que lugares comunes. Que la paz es un anhelo de los colombianos, que es mejor que la guerra, que mejor los comandantes echando discursos que disparando: qué cantidad de ligerezas obvias dice Santos. Que Santos les está entregando el país a las FARC, que el gobierno ya negoció con los comandantes para que sus crímenes queden impunes, dice Zuluaga, y repite y repite, sin demostrar lo que dice y sin propuestas nuevas.

Peñalosa apenas habla: ni siquiera es claro que será candidato, porque en el sector de los verdes, que debería apoyarlo, Santos ha repartido cucharadas de mermelada que amarran a los beneficiados a la reelección. López y Avella escasamente existen. Santos, en consecuencia, ganará por descarte.

¿Por qué no hay más candidatos? Untados de mermelada hasta las orejas, los liberales renunciaron a tener candidato propio y van con el presidente. Germán Vargas le ganaba las encuestas a Santos hace dos meses y su nombre le habría puesto a la campaña algo de picante. Pero no se lanzó: el tiempo dirá si su decisión fue acertada o significó la pérdida de su último chance. Con ese panorama, no hay más que resignarse a la campaña presidencial más aburrida desde tiempos del Frente Nacional.

 

¿Dónde están?

Brillan por su silencio los constituyentes del 91 ante el peor ataque que la institución de la tutela ha sufrido desde que, en buena hora, nació como mecanismo de defensa de los derechos. El ataque lo protagonizan los tinterillos del petrismo que, en trance de salvar al Alcalde de la capital, han multiplicado por centenares tutelas casi idénticas con las que, gracias a magistrados permisivos, han paralizado a los tribunales. El ministro de Justicia, Alfonso Gómez Méndez, crítico de la carta del 91 en algunos aspectos, es casi el único que, con agudeza, ha puesto el dedo en la llaga de tan delicado asunto.