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Armando Durán

Los dos caminos de la oposición

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¿Por qué algunas voces de la oposición sostienen estos días turbulentos que su lucha “es pacífica”? ¿Acaso quieren advertir que la otra, la que está en la calle acompañando a los jóvenes que ahora dicen: ¡Basta!, es violenta?

Esa ha sido la estrategia del régimen desde abril de 2002. O nos entendemos o nos matamos, planteaba entonces José Vicente Rangel, razonable dilema que ha servido luego para promover desde Miraflores la existencia de dos oposiciones. Una pacífica, la otra violenta. Como si los manifestantes del sangriento 11 de abril y los estudiantes que hoy son víctimas de la represión oficial en realidad fueran los miembros clandestinos de una misma, violenta y peligrosa legión antivenezolana.

A estas alturas nadie puede suponer que las actuales manifestaciones y protestas ciudadanas responden a una agenda oculta. Todo lo contrario. Quienes hoy encabezan estas multitudinarias expresiones de descontento alientan el mismo espíritu pacifista que impulsó en sus momentos las acciones nada violentas, pongamos por caso, de Mahatma Gandhi o Martin Luther King. Ninguno de los dos fue violento, mucho menos imbécil, como hay quienes de repente acusan a los opositores que han asumido posiciones más impacientes y frontales frente a la política intolerante y excluyente del régimen.

No se trata de que el torvo espíritu del golpismo haya reencarnado en la conciencia de ese sector de la oposición que ahora protesta y exige una rápida y perfectamente democrática salida a la crisis. Lo que de veras está en juego es la confrontación de una juventud indefensa y un régimen brutalmente represivo, que no se detiene ante nada con tal de conservar el poder absoluto.  Entonces, ¿por qué algunos opositores, por las razones o intereses que sean, tratan de desvirtuar los motivos de quienes proponen buscar una salida, tan pacífica y democrática como cualquier otra, antes de que sea demasiado tarde? ¿Por qué dar a entender que Leopoldo López no se encuentra sencillamente secuestrado en una cárcel militar, sino legalmente detenido por culpa de su conducta impropia? Como si la culpa de los asesinatos del ejército británico en la India o de las fuerzas policiales de Estados Unidos, abiertamente racistas, pudieran ser imputadas a la imbecilidad y las tendencias criminales de Gandhi y de King.

No lo olvidemos. Frente al callejón sin salida que les ofrece el régimen, los estudiantes de la Universidad de los Andes le exigieron al gobierno frenar la inseguridad que venía adueñándose de Mérida y San Cristóbal. Represión y cárcel de Coro fue la inexplicable respuesta oficial. La libertad de esos compañeros de aula encarcelados sin justificación se convirtió en la justa chispa de este gran incendio nacional. ¿Por qué Maduro, en lugar de enfrentar las protestas por las buenas, ha recurrido a la represión? ¿No fue su torpeza lo que provocó los disturbios y la sangre derramada desde el 12 de febrero, Día de la Juventud? Las fuerzas del mal que se apoderaron en ese momento de Miraflores y desataron esta tormenta mantienen al país paralizado y al gobierno, arrinconado. Dentro y fuera de Venezuela. Y ya nada volverá a ser igual. No porque de pronto los venezolanos y la comunidad internacional hayan pasado a formar parte de alguna siniestra conspiración del imperio maligno contra Venezuela, sino porque Maduro ha puesto en evidencia el rostro más infame de la revolución chavista: en Venezuela ya no se respetan los derechos humanos.

La alternativa actual de la oposición venezolana no es, pues, entre entendernos o matarnos. Se trata de esperar tranquilamente a diciembre de 2019 para intentar solucionar entonces el problema electoralmente, o tratar de acelerar los tiempos del proceso. Una alternativa sin duda agónica. Desde hace 15 años media Venezuela viene cediendo a las pretensiones hegemónicas del régimen, y quizá ha llegado la hora de que este régimen comience a ceder a las pretensiones democráticas de la oposición. Ese es uno de los caminos que puede tomar la oposición. El otro es emplear el valor indiscutible de la unidad como chantaje y rendirse para siempre.