• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

Los caminos de la libertad

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A Leopoldo López, que hoy cumple un mes de arbitraria prisión

Se acabó lo que se daba: complicidad y alcahuetería. Nuestros ángeles exterminadores no están dispuestos a transar su futuro, como sus mayores estuvieron dispuestos a transar su pasado. Quisiera, si llegara a leer estas líneas, que Leopoldo López reciba el agradecimiento de un pueblo que ha vuelto por sus fueros: los de los caminos de la libertad.

Desde el 4 de febrero de 1992, veintidós largos e interminables años esperando por la reacción del pueblo democrático venezolano al asalto inclemente de la barbarie, adormecida durante todo el siglo XX desde que el 19 de julio de 1903 Juan Vicente Gómez terminara mediante una sola batalla, la de Ciudad Bolívar, con el caos y la disgregación de las montoneras y el caudillaje que marcaran nuestra segunda mitad de siglo XIX con un guerrear incesante y absurdo, casi deportivo y festival, convirtiendo a Venezuela en un país ensangrentado, devastado, empobrecido, incendiado, esquilmado y convertido en campo de batalla de los delirios de una nación casi inexistente, invertebrada.

Vi reaparecer el rostro de esa barbarie como reciclada, recién nacida con todas sus falacias, sus fanfarronadas, su farsa y sus estafas en la faz macilenta de la insolencia y la impunidad de un oficial de rango medio, insolente, analfabeta, agalludo, megalómano y ambicioso hasta el delirio. Punta de iceberg que, agazapado, se había ido enquistando en el cuerpo de la democracia venezolana construida con tanta sangre, sudor y lágrimas desde la caída de la dictadura militar de Pérez Jiménez. Albergada en el nido de serpientes de las fuerzas armadas, respaldada por los reptiles de la reacción venezolana – de Uslar a Lizcano, de Maiz Vallenilla, Escobar Salom y José Vicente Rangel a Luis Miquilena y la corte del golpismo de la ultraderecha y la ultraizquierda, entre muchísimos otros hijos putativos del Gomecismo. Y, desde luego, abrigada por el mantón del castrocomunismo guevariano que se volvía a tejer a diario en las aulas de la UCV y otras universidades del país a la espera del Mesías en uniforme.

Reconozcámoslo sin ambages: la única voz que se alzó viril y corajuda en el antro en que se convirtiera el Parlamento venezolano fue la de aquel que gritó “¡Mueran los golpistas!”, provocando la indignación de las viejas vírgenes vestales que se volvieron  para decirle con voz aguardentosa, titubeante y apenas audible, con lágrimas de cocodrilos en sus ojos cansados: “Democracia con hambre no se defiende”. Desde aquel funesto día nada volvería a ser como antes. Corrieron los filibusteros de la ultrajada democracia a cucharear en el caldero de la decadencia. Los más cínicos, hipócritas e inescrupulosos de todos ellos agarraron las mayores presas, y hasta se tragaron otra presidencia de la prostituida república.

Hace catorce años, luego de desmontar todo lo que sobrevivía del naufragio, se hicieron a la tarea de montar la dictadura, embaucar a los inocentes, corromper a los corrompibles, engatusar a los oportunistas de siempre, marear a los tontos útiles y terminar por entregarles a Fidel Castro y su Foro de Sao Paulo en pleno, de Lula a Dilma Rousseff y de Néstor Kirchner a Evo Morales, llave en mano, Pdvsa con la república de Venezuela a la rastra. No les interesaba el Guaire ni La Charneca: les apetecía el petróleo, los billones de dólares, nuestras costas y golfos y las mesnadas de pobres de misericordia para integrarlos a la corte de los milagros. A la voracidad de la hiena mayor se sumaron todas las hienas de la región. Y hasta China llegó al aleteo del foro: se tragaron nuestro petróleo de una sola zampada.

Se escribirá la historia de la peor de las infamias: la de ese nido de víboras, arribistas, voraces, ignorantes, corruptos y asesinos, principales culpables de este criminal atentado contra la Nación. En la Venezuela de la dignidad, que asoma su grandeza de la mano de los ángeles exterminadores, no debe quedar ni vestigios de este pudridero de cuarteles y teatros de operaciones. 

Hasta que, cansados de tanta complicidad, tanta cobardía, tanta escaramuza consentida y elecciones de pacotilla, la generación de nacidos después de tanta vergüenza se alzó de la mano de quien hoy cumple un mes de cárcel y acompañada por los dos más sobresalientes líderes de la Venezuela decente terminó por cortar de un solo tajo la cuerda de la concupiscencia, estirada por la barbarie hasta extremos ya intolerables.

Se acabó lo que se daba: complicidad y alcahuetería. Nuestros ángeles exterminadores no están dispuestos a transar su futuro, como sus mayores estuvieron dispuestos a transar su pasado. Quisiera, si llegara a leer estas líneas, que Leopoldo López reciba el agradecimiento de un pueblo que ha vuelto por sus fueros: los de los caminos de la libertad.