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Vicente Díaz

Un camino seguro hacia la oposición

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En 1859 Carlos Marx publica un trabajo centrado en debatir las ideas de los principales pensadores de la economía Adam Smith y David Ricardo. Este libro, Contribución a la crítica de la economía política, impactó y trascendió principalmente por su prólogo; donde Marx introduce el concepto de “modo de producción” como la tensa y dinámica articulación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción como base determinante de cualquier sociedad.

Las fuerzas productivas: ciencia, tecnología, trabajo, procedimientos, herramientas, conocimientos, se desarrollaban hasta entrar en contradicción con las relaciones de producción o formas en que la sociedad se organiza para producir bienes y servicios. Esa contradicción se acentuaría mientras mayor fuese el desarrollo de esas fuerzas hasta generar la ruptura y sustitución de ese tipo de relaciones de producción.

En dos platos, si no hay desarrollo de la capacidad de la sociedad de producir bienes y servicios, no hay cambio social.

El marxismo fue la base de una de las dos grandes ideologías totalitarias que causaron centenares de muertes en los cinco continentes. Sin embargo, del pensamiento crítico de Marx una de las cosas rescatables es que la historia no se reduce a la hazaña de grandes héroes. El desarrollo imparable de técnica, tecnología y últimamente de la ciencia aplicada a la producción de bienes y servicios es el gran motor de la historia. El cambio es derivado de la obsolescencia de las relaciones de trabajo que comienzan a frenar la capacidad de las sociedades de agregar valor y producir riqueza.

Ahora, por ejemplo, gracias a la tecnología, es posible que la mayor parte de los trabajos se realicen en casa e incluso a escala global. Las empresas, instituciones o naciones que no se aprovechen de esta potencialidad y mantengan legislaciones del trabajo o normas internas centradas exclusivamente en el trabajo presencial terminarán a la zaga.

La parte que no se entiende es por qué los gobiernos marxistas hacen lo contrario. Y Venezuela no es una excepción.

El intento de cambiar el modo de producción de manera forzada, sin maximizar las capacidades de generación de riqueza de los países ha generado la implosión de todas las experiencias marxistas. Pero siguen siempre dándose cabezazos contra la pared. Y en el ínterin hunden sociedades en la calamidad.

El problema no es la guerra económica. Aquí nadie tiene fuerza para hacer guerra económica ni que quisiera. El problema es el modelo. No funciona. Creen que los problemas son coyunturales y no se percatan de que los cimientos son algodón de azúcar. Cometen los mismos errores que todos los marxistas que han sido gobierno: atacan síntomas y no causas; fiebre y no infección. A cada problema se le inventa un control y un organismo supervisor. Eso deriva en nuevos problemas que son respondidos con más controles y supervisores. Una espiral infernal que nunca ha tenido final feliz, porque no es cavando como se sale de los fosos. Nunca en Venezuela había habido tantos controles y entes supervisores y nunca había habido tanta, escasez, inflación y devaluación juntas. No es viable ningún país donde termine habiendo más gente controlando que produciendo.

Ahora que todo el mundo habla de salidas, aquí hay una sola salida: crear riqueza, liberar las fuerzas productivas contenidas por el temor, la incertidumbre y las malas decisiones. Ese es el reto del gobierno, si no quiere ser oposición.