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Claudio Nazoa

El camino de Santiago

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Hace tres años, junto con unos amigos, entre los que se encontraba Laureano Márquez, hice 150 km del famoso Camino de Santiago, en Galicia. Increíblemente lo recorrimos en 7 días, caminado desde León hasta Santiago de Compostela.

Lo realmente increíble fue que quienes lo hicimos caminamos lo equivalente a ir de Caracas a Valencia. Éramos un pocotón de flojos que odiamos el ejercicio pero amamos el whisky y el vino; sin embargo, durante esos siete días nos levantábamos a las 6:00 am y salíamos a recorrer nuestro camino durante siete u ocho horas machas.

Siempre tuve curiosidad de hacer el Camino de Santiago y no por motivos religiosos, como Laureano, que es medio monja. A mí me llamaba la atención saber por qué, durante tantos siglos, este camino es recorrido día y noche, los 365 días del año, por miles y miles de peregrinos.

Existen dos formas de hacer el camino completo: desde Portugal o desde Francia; en ambos casos, el recorrido total es de más de 1.000 kilómetros y puede hacerse en bicicleta, a caballo o a pie. Los caminantes compran un pasaporte que va siendo sellado a lo largo del trayecto como constancia de haber recorrido el mínimo exigido para hacerse acreedor de una especie de diploma llamado “La Compostela”, el cual es entregado al peregrino en la Catedral de Santiago de Compostela. El mínimo recorrido a caballo o en bicicleta es de 300 km, y a pie, el que hicimos nosotros.

Dije a mis amigos que haría el camino con el corazón abierto, es decir, dispuesto a comprobar que son ciertas las cosas mágicas que ocurren durante el trayecto o tiempo después. El camino, aunque uno vaya acompañado, es solitario y meditativo.

Todos partimos juntos, y a lo largo del día cada uno agarraba su ritmo de caminar, unos se quedaban muy atrás y otros lograban adelantar. El camino no es competitivo, es una experiencia en la que se pone a prueba el temple emocional y físico.

Al cuarto día, llegamos a un sitio en donde hacía un frío enorme y no encontré la flecha amarilla que siempre, y a lo largo de todo el viaje, indica hacia dónde ir. Es muy difícil perderse. Yo me perdí. Había llegado solo a una encrucijada en donde, delante de mí, había tres opciones: al centro, un bosque oscuro de pinos, a la izquierda, una carretera empinadísima y a la derecha, una bajada. Me detuve y busqué la flecha. Estaba solo y no podía preguntar a nadie. Me pareció raro que en ese lugar crítico no estuviera la flecha salvadora. No sé por qué, pero decidí tomar el camino de la izquierda y cansadísimo lo recorrí durante una hora. Nadie pasó por allí. Me daba miedo devolverme y que realmente fuera ese el camino que debía seguir y entonces, extenuado, tener que volver a andarlo.

Al fin, regresé al sitio en donde me había perdido. De nuevo busqué la flecha y dudé ¿será el camino de la derecha? Al rato, como en los cuentos, un peregrino pequeño, viejito y solitario, se me acercó y le pregunté:

–¿Cuál es el camino?

Me indicó el del centro. Le dije que no veía la flecha y él me explicó que no la veía porque estaba parado sobre ella; luego, mientras se alejaba hacia el bosque, agregó:

–Usted ha tenido una enseñanza del Camino de Santiago que algún día le va a servir.

En la vida, a veces, el camino correcto está frente a nosotros, y en lugar de verlo, nos paramos sobre él y recorremos otro, para luego, cansados, comenzar de nuevo.