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Daniel Lansberg Rodríguez

Todo cambia, salvo los presidentes suramericanos

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La reñida victoria electoral de Dilma Rousseff en Brasil, el domingo pasado, representa la continuación de una tendencia política inquietante, cuya sombra se extiende a lo largo de toda América del Sur. Salvo en Paraguay y Perú, todos los presidentes suramericanos actuales llegaron a su mandato habiendo ya ejercido el cargo anteriormente (por más que, en nuestro caso, dicha experiencia previa haya sido de manera no electoral y de dudosa legitimidad constitucional.)

Durante los últimos doce meses cada elección presidencial suramericana –Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, y pronto, probablemente, Uruguay– ha visto el retorno al poder de quienes han ocupado previamente el cargo. Esta poderosa predisposición electoral hacia reelegir nuestros líderes representa un fenómeno en realidad bastante antiguo, y sin duda algo profundamente arriesgado dentro de nuestra cultura. Desde la época de Simón Bolívar, Suramérica jamás ha tenido ni un solo candidato presidencial que, postulándose para reelección inmediata al cargo presidencial, le haya sido negado un nuevo mandato a través de las urnas. Incluso, si ampliamos nuestra muestra para que incluya toda América Latina, solo existen dos casos: Daniel Ortega (quien igual regresó en seguida) y el dominicano Hipólito Mejía, cuyos resultados son excepciones a la regla.

Este fenómeno se produce en muchas regiones, en parte, como consecuencia de instituciones débiles y poca separación de poderes. Sin duda, nuestras instituciones fiscales y electorales con frecuencia tienden a diferenciar poco entre las funciones del Estado y los intereses del partido que manda; pero igual así, las lealtades políticas tienden a ser más personales que partidistas, y los cultos a la personalidad florecen hasta llegar a estar profundamente arraigados dentro de la identidad nacional. En casos de elecciones libres, históricamente los partidos en poder que han postulado un candidato nuevo han perdido las elecciones más que las ganan, una tendencia solo parcialmente mitigada a través de un buen dedazo: casos en los que el presidente saliente le nombra personalmente, y hace campaña para algún sucesor personal.

Esta problemática predisposición a reelegir una vez nos llevó –a nivel regional– a que la mayoría de nuestros países no permitieran reelección (al menos de carácter inmediato), menos en países con pocas pretensiones democráticas, como Cuba. Sin embargo, en las últimas décadas dichas medidas han sido abandonadas en muchos países, y el resultado es un panorama político dominado cada vez más por partidos atrincherados, a pesar de que existan muchos mecanismos (elecciones, referendos, etc.) comúnmente identificados con la democracia pluralista.

De esta manera, las verdaderas batallas por la presidencia ocurren no delante de las urnas, sino en el campo de los retoques constitucionales, dada la certeza de que el titular del puesto actual gana en cuanto corre. Es a través de las enmiendas, y la complicidad de los tribunales supremos y cuerpos electorales, que cada vez más se determinan en nuestras naciones quiénes permanecerán en el poder. Menos de 48 horas después de que el pueblo brasileño reeligiera a Dilma, líderes dentro el partido ya estaban hablando públicamente de postular a Luiz Inácio Lula de nuevo en 2018.

Me pregunto: ¿qué tipo de democracia es esa?

Si, por lo visto, solo los expresidentes, y los presidentes actuales, pueden realísticamente aspirar al cargo, los venezolanos quedamos particularmente perjudicados. Nuestro presidente actual es un “roi fainéant”, y nuestros expresidentes están casi todos muertos. Sin contar a Maduro, solo habría tres figuras veteranas a quienes les podría pasar el cargo, y todos lo adquirieron previamente de manera efímera y sin haber sido elegidos.

Uno, Octavio Lepage, tiene 91 años de edad.

El segundo, Pedro Carmona, fugitivo y golpista (aunque históricamente estas no han sido barreras insuperables para los que aspiran a la presidencia venezolana).

La tercera posibilidad, y sin duda la más aterradora, sería Diosdado Cabello.

 

@Dlansberg