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Elizabeth Fuentes

Por estas calles

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De acuerdo con la lógica gubernamental, lo de Mónica Spear fue un autosuicidio. A la absoluta falta de respeto e irresponsabilidad con la que siempre han actuado para enfrentar los problemas que nunca han tenido ni la menor idea de cómo resolver, ahora se suma que las telenovelas –donde Mónica actuaba– son las causantes de la criminalidad que ha convertido a Venezuela en uno de los países más inseguros del mundo. Imagino entonces que los autores intelectuales serían Leonardo Padrón, César Miguel Rondón y Alberto Barrera Tyszka, aunque si nos vamos un pelito más atrás, en la lista debería estar nada menos que Román Chalbaud, tan cómodamente instalado en su campanita de cristal privada. Sin mencionar a Rodolfo Santana, quien escribió junto con Chalbaud Amores de barrio adentro, la fracasada telenovela revolucionaria que costo millones de bolívares y nadie pero lo que se llama nadie se enganchó en su ridícula trama, al extremo de que el bodrio “realismo-socialista” duró algo así como tres capítulos sin que ninguno se preguntara adónde cipote fueron a tener esos reales. Que si seguimos en esta línea de pensamiento, pues entre los autores materiales se debería incluir a Gustavo Cisneros y Carlos Bardasano, quienes pagan los sueldos a escritores, actores y directores de esas telenovelas que tanto crimen han generado pero también tantas ganancias a los propietarios de los canales, crimen número dos según el filósofo aquel que aseveró que “ser rico es malo” y, en consecuencia, llevó al país a la quiebra.

Sospecho que a Ibsen Martínez y Marcel Granier les deberían premiar en consecuencia, porque hasta el sol de hoy más de un idiota sostiene que Por estas calles fue el factor decisivo en la caída de los imperios de AD y Copei y la posterior debacle política que contribuyó a que un grupete de tenientes –que obviamente no se perdieron ni un solo capítulo de los dos años que duró la telenovela–, apenas culminó la trama, decidieran violar la Constitución, montarse en un tanque, atacar Miraflores, caerle a plomo a La Casona –donde habitaba la familia presidencial– y en un gesto burda de simbólico, asesinar a sangre fría a los vigilantes de VTV, donde se transmitió exitosamente La dueña, presunta corresponsable de todos los cadáveres que hoy se acumulan en la morgue.

Cabría preguntarse, por no dejar, qué tanto daño pudieron haber hecho  las miles de horas que durante 14 años el presidente Chávez utilizó en radio y TV para insultar, vejar, amenazar y ridiculizar a medio país. Las miles de veces que se burló de sus ministros, que los regañó en público. Las cientos de veces que, en vivo y directo, “expropió” empresas, industrias, edificios, terrenos, lo que, a la hora de la chiquita, es lo más cercano a usar el poder para apropiarse de algo ajeno. Más o menos como ponerle una pistola en la cara a alguien para robarle un reloj o unos zapatos. Cuántos niños crecieron pegados a la tele viendo semejante ejemplo. Cuántos se sintieron más héroes que Superman “expropiando” a su enemigo de clase. Cuántos se sintieron protegidos desde Miraflores porque bastaba con asomar sus armas frente a la antigua Globovisión para conseguir salvoconducto eterno.

Mussolini, como lo expresó magistralmente el filme Cinema Paradiso, prohibió la transmisión de besos en las películas durante su régimen. Entonces, visto el fascismo que nos gobierna, sería bien bueno que la ministra de nosequecosa penitenciaria siguiera su ejemplo y, en lugar de fotografiarse abrazada a los pranes y permitir discotecas y bailes de tubo en las cárceles, les obligara a ver Discovery Channel o National Geographic todo el día. Que les transmitan, por ejemplo, En el vientre materno, una serie preciosa que explica los misterios de la fertilización, a ver si entienden lo valiosa que es cada vida humana y abandonan el crimen y los secuestros para siempre.

Eso sí: no les incluya las cadenas de Nicolás porque, como cualquiera de nosotros, los malandros se van a arrechar de nuevo.