• Caracas (Venezuela)

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Atanasio Alegre

El callejón de la puñalada

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Al francés que llegó aquella tarde al aeropuerto de Maiquetía desde el frío y la humedad de la Normandía, le llamó la atención que el funcionario de extranjería dijera al devolverle el pasaporte:

—Aquí tiene, ciudadano.

En 1847, el filósofo Víctor Cousins contraponía los individuos a los ciudadanos. La humanidad –escribió– no tiene tiempo que perder con los individuos que no son más que individuos.

El viajero había aprendido español en el seno de una familia de republicanos españoles que se refugió en Francia al concluir la Guerra Civil española, y, por tanto, su léxico era un tanto arcaico, a la manera desesperada como se hablaba en la España de 1936.

Cuando llegó al hotel que la empresa había reservado en Sabana Grande, preguntó a la muchacha, mientras llenaba la hoja de registro, hasta cuándo duraba en el país la estación primaveral.

—Toda la vida –dijo la chica, sin inmutarse.

El calendario marcaba ese día el 15 de noviembre.

Dio una vuelta, antes de que oscureciera, por el bulevar de Sabana Grande y de una de las calles laterales, cerca de la Plaza Venezuela, vio en uno de los autobuses un rótulo en negro en la parte superior en el que podía leerse: Paraíso, directo.

—¿A qué llaman aquí –preguntó a la mañana siguiente en la recepción– Paraíso?

El empleado titubeó un momento y exclamó:

—¡Ah, sí! Es una urbanización, la  más exclusiva de Caracas.

Y aprovechando la bonhomía del recepcionista, le preguntó si había una farmacia cerca. El recepcionista respondió que en la esquina de la calle de enfrente. De lo que se trataba era de adquirir un tubo de pasta dental que, por lo visto, había olvidado el viajero al empacar sus cosas.

—¿Cuál quiere? –dijo la que atendía la farmacia.

—Deme ese que pone  Pepsodent.

—¿Con  irium o sin irium?

—¿Qué es el irium?

—O sea, que usted no ve TV. Pues, ahí lo  explican muy claro –dijo la empleada.

El hombre se llevó su Pepsodent con irium, y esperó en la habitación del hotel para que vinieran a buscarle para asistir a la primera de las reuniones.

A lo que la empresa francesa le había enviado era a ultimar los contactos en relación con la instalación en el país de una planta de yogures, un producto que hasta ese momento se consumía, selectiva más que masivamente, en Venezuela. Otra de las tareas adicionales consistía en la preparación de un equipo que se encargara de la promoción, con las técnicas publicitarias en boga, del consumo del yogur y sus beneficios para la salud.

Era un hombre acucioso el representante francés, como le llamaron a partir de la primera reunión a la que asistió. Pretendía, por tanto, durante las tres semanas que iba a permanecer en el país, estudiar, en lo posible, las costumbres y los rituales en general por los que se movía la gente en este país al que llegaba por vez primera. Poder estudiar y, por tanto, acumular conocimientos era, en su opinión, uno de los dones más importantes del ser humano.

Cuando llegó el fin de semana, el hombre estaba cansado. Lo achacó a la altura. Le Havre, la ciudad en que vivía, se encuentra al nivel del mar y Caracas está situada sobre los 1.000 metros. Durmió hasta tarde, almorzó en un restaurante español en una de las calles laterales de la avenida y, después de cancelar la cuenta, preguntó con cierta discreción al camarero si conocía algún cabaret en el cual pasar un rato en la noche.

—Siguiendo hasta el final de la avenida va a encontrar una callecita lateral a mano izquierda donde hay no uno, sino bastantes cabarets. La llaman el Callejón de la Puñalada. Pero no se asuste por lo del nombre. Usted sabe que muchas veces el nombre de las calles no tiene nada que ver con lo que sucede en ellas y este es un lugar seguro, vigilado. Ya de nuevo en el hotel, se dedicó a redactar un informe para la matriz francesa sobre la marcha de las negociaciones. “Esta gente –escribió en uno de los puntos– suele decir a todo: ‘Cómo no’, pero no he logrado saber si, en realidad, se trata de una afirmación o de una pregunta. Claro que habría que saber si solamente lo dicen en relación con el proyecto nuestro, o en cualquier otra circunstancia”.

El informe le llevó mucho más tiempo de lo esperado, de modo que ya sobre las 10:00 de la noche decidió pasar un rato en alguno de los cabarets que le había recomendado, no sin cierta complicidad, el camarero.

Regresó al hotel de madrugada, ya casi alboreando el domingo y, si bien pudo constatar que lo que había en el llamado Callejón de la Puñalada no eran cabarets ni mucho menos, salió de ahí sano y salvo. Recreado, más bien. En Francia, reflexionó ya en el cuarto del hotel, nunca me hubiera atrevido a poner el pie en un local de esa catadura por la peligrosidad que representan.

En aquellos tiempos –ya casi bíblicos en el recuerdo– había en Caracas, efectivamente, como en cualquier ciudad del planeta, algún que otro lugar del que convenía pasar de largo para evitar males mayores que lamentar, aunque como en el caso del francés de marras, se saliera ileso.

Hoy, Caracas es una suerte del callejón de la puñalada, en el peor sentido, para todo aquel que no disponga de escolta y de un vehículo blindado. El mero hecho de salir de casa ya constituye un riesgo con el cual hay que contar.

Esta es la diferencia entre unos tiempos y otros, aunque esta de la violencia no sea la única diferencia; las otras explican, más bien, las causas del deterioro.

 

atanasio9@gmail.com