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Milagros Socorro

La calle es el 8

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Hace un par de semanas, Luis Miquelena, según la leyenda tutor de Chávez en materia de uso de cubiertos y sustitución de liquiliquis de poliéster por trajes bien cortados, se declaró “dispuesto a ponerse a la cabeza de una movilización nacional para detener los abusos gubernamentales”.

En entrevista a este diario, concedida al periodista Edgar López, el ex ministro del Interior repasó los crímenes del régimen y estableció la necesidad de una movilización nacional para “canalizar el descontento”. “Es necesario”, afirmó el cofundador del MVR, “que la gente tome la calle y que la protesta se sienta. El pueblo en la calle es la única forma de detener los atropellos del Gobierno”.

En su análisis, Miquilena mezcla varios asuntos que son distintos y que al ser puestos en la misma canasta pierden nitidez. La verdad es que ya la gente está en la calle. Tal como recogió El Universal este miércoles, solamente en los municipios Libertador, Chacao y Sucre de Caracas hubo cinco protestas a la semana, en promedio, para exigir viviendas, seguridad y servicios. Y, según la misma fuente, en lo que va de año ha habido 150 manifestaciones en la ciudad. Vale recordar que el año pasado, en cálculo del Observatorio de Conflictividad Social, la sociedad venezolana batió su propio récord de protestas al llegar a 5.483 (15 marchas, concentraciones o cierre de vías diariamente, lo cual implicó a un incremento de 3% en comparación con el 2011, cuando esta organización pro Derechos Humanos contabilizó 5.338 manifestaciones). Al ofrecer esta cuantificación, el Observatorio añadió un apunte fundamental: las protestas de trabajadores pasaron de 2.093 en 2011 a 2.256 en 2012, lo cual supone un aumento de 8%.

Pero no solo los trabajadores o colectivos politizados se han echado a las calles a mostrar sus disgustos, también un grupo tan desguarnecido y vulnerable como pueden ser las madres de niños con leucemia, confiados a la salud pública, protestaron este miércoles a las puertas del J. M. de los Ríos y denunciaron que, como el hospital no cuenta con anestesiólogos ni con los insumos mínimos para el tratamiento de esa dolencia (mariposita o yelco usados por los enfermeros para tomar las vías) los niños son sometidos a punción lumbar con anestesia local, prácticamente en carne viva, con el consiguiente martirio para los pequeños pacientes.

Y el mismo día, en Paraguaipoa, Zulia, más de 200 hicieron la Caminata por la dignidad del territorio wayúu, mientras voceaban: “No más muertes en la Guajira”, “No queremos seguir siendo asesinados por el ejército”. En el mismo momento, en Maracaibo, los educadores se hacían notar exigiendo aumento salarial. En Anaco, Anzoátegui, voceros del consejo comunal de Lomas de Campo Claro denunciaban graves irregularidades del programa Gran Misión Vivienda. Y en Guayana persistían los focos de conflicto en plaza pública.

Todas estas expresiones se hicieron en un solo día de esta semana. Que se hayan sentido es otra cosa. En este aspecto influyen dos factores con tendencia al alza: miedo y falta de visibilidad de las protestas por falta de cobertura televisiva, debido al cierre de medios regionales independientes y al “apaciguamiento” de Globovisión, que ha reducido la pantalla de las protestas y, ya no digamos, al incansable trabajo político de Henrique Capriles Radonski.

Las acciones locales son un punto. El de estimular una iniciativa nacional que dé cauce al desencanto generalizado, es otro. Estas son las dos cuestiones que Miquilena parece confundir. La calle ya está tomada, por manifestaciones visibles (como las que trancan el tránsito y fastidian a los ya agobiados citadinos de Venezuela) y por las invisibles, que son las que mantienen los padres y representantes plantados frente a los intentos de ideologización de la educación; y así, tantos demócratas que calladamente hacen oposición en miles de lugares y secretas trincheras.

Lo curioso es que Miquilena haya pasado por alto el hecho destellante de que en este momento la gran avenida de la oposición venezolana es la que conduce a la demostración contundente de que es mayoría. Hasta el 8 de diciembre, la calle es política. Sin trochas que el gobierno pueda aprovechar para zafarse de la medición electoral. La calle es la del trabajo en las mesas electorales.

En suma, la calle a colmar de entusiasmo y de masas enfervorecidas es la que nos lleva al 8 de diciembre.