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Arnaldo Esté

La calidad de la educación, los valores, la participación

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Alguien con mucha cordialidad y deferencia me escribe preguntándome por qué abandoné los temas políticos que trataba con “sabrosura”. No lo he hecho y, tal vez, todo lo contrario. Se trata de profundizar.

La dignidad está en el centro de la relación humana y, por lo tanto,  en el centro de lo político.

La dignidad y la participación se refieren al problema más grave de nuestro país: lo que unos y otros llaman rentismo. El uso de bienes fácilmente obtenidos y emponzoñadamente usados para comprar conciencias.

La dignidad se realiza como participación. Participar es sentirse y ser recibido como parte de un todo: familia, grupo, escuela, comunidad, nación. Es un dar y recibir, una interacción que me legitima en el grupo.

Se incrementa la participación cuando esta se hace desde la diversidad de cada quien, sin abjurar o reducir la propia condición. Aceptando que lo grupal y colectivo no niega lo individual sino que, por lo contrario, son complementarios.

Lo social es una convergencia de individuos. Así que la negación de los individuos es un empobrecimiento de lo social. A la vez, lo social, el grupo es el ámbito necesario para el reconocimiento y respeto del individuo.

Esto suena a negación del colectivismo tribal que alimentó desde sus orígenes al socialismo. Y lo es.

El reconocimiento y el respeto que se obtienen con la participación tienen cursos y manifestaciones muy diversas. El cantante, el músico tanto como el científico y el constructor no existen sino en la medida en la que hay otro que los atiende y necesita. Una atención que se manifiesta en bienes materiales o aplausos o las dos cosas juntas.

En todo caso, la participación  es una conjunción de egoísmo y generosidad. Es egoísta no devolverle al grupo, de alguna manera u otra, lo que del grupo se recibió. Es generoso devolvérselo, y si es posible, con creces. Es lo que hacen los creadores. Los indispensables creadores que recuerdan que la vida tiene sentido.

Así que profundizar la democracia es intensificar y diversificar la participación. Llevarla más allá de las esporádicas y, con frecuencia manipulables, procesos electorales. Hacer de la participación un Valor que atraviesa todo lo social: en la familia y comunidades vecinales, en la organización y realización de la producción, en su distribución, en el placer y el disfrute.

Pero la participación como valor no está instalada y con frecuencia se la usa como un otorgamiento. Tanto el maestro como el poderoso se sienten dueños de un espacio que debe pertenecer a la participación. La condición informativa de la educación formal vigente niega la participación. Ella impone silencio, pasividad y convergencia para que se verifique la “magia” informativa. No, la información no se realiza en aprendizajes si el otro, el estudiante, no activa su acervo, sus memorias para darle sentido, significado a los sonidos o señas recibidos. Tal como, aburridamente ocurre, con  los frecuentes encadenamientos que el gobierno hace de los medios de comunicación, que ocupan mucho espacio pero poco se transforman en aprendizajes.

Hay que formar la participación como valor, una formación que marcha a la par de la construcción del país y que no se logra con el reparto del petróleo que supone una relación similar emisor-receptor a la que se asume con la educación tradicional. Una construcción que solo se da con la participación de todos, con el trabajo, la proposición, la creación.

En la pedagogía que llamamos “interacción constructiva”, el momento del grupo en la clase, el segundo de esos momentos, es el espacio para la formación de la participación: luego de que los estudiantes han reflexionado sobre el problema pertinente que se les ha presentado, se reúnen en pequeños grupos para exponer sus reflexiones, discutir, interviene todos y elaboran una propuesta grupal

Esa pedagogía se potencia  y da un salto con lo digital. Con el uso de tabletas, programas, conectividad y una actitud participativa, tanto el maestro como el estudiante, pueden dejar buena parte de lo informativo a Internet para usar al aula como recinto de intercambio, producción cultural y creación.