• Caracas (Venezuela)

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Henrique Salas Römer

En caída libre

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Mis temores se han confirmado. No ha llegado enero, y el petróleo venezolano ya se acerca a 50 dólares el barril.

El año cierra con un gobierno desesperado, en caída libre, y una oposición segmentada, tendiéndole la malla, algunos, para que el desenlace final no se los lleve también.

Seis veces menos vale el bolívar desde cuando Maduro tomó la silla, y no tiene forma o manera de frenar la caída. Esta semana el petróleo volvió a descender, ya lo dijimos, y mientras escribo estas líneas pocos dudan de que, llegada la  Navidad, un bolívar valdrá medio penny, vale decir, la mitad de un centavo de dólar. El bolívar fuerte murió.

Recibo cartas angustiosas casi a diario. La situación en muchísimos hogares es realmente desesperada. En una época, el Plan B era irse a vivir al exterior. Después lo fue tener un segundo empleo, o un negocito casero para completar. Ahora ni dos salarios alcanzan.

Recorramos un poquito la historia. Durante la república Weimar, a comienzos de los años 20 del siglo pasado, la inflación en Alemania superó los 3 millones por ciento por año. De esas cenizas brotó Adolfo Hitler. Ningún otro país se ha acercado a esa cifra, salvo Yugoslavia cuando luego de la muerte de Tito se dividió, pero hay ejemplos en Latinoamérica que bien vale la pena recordar.  En los quince años que van desde 1972 a 1987, la inflación promedio en México fue de 3.700%, en Perú de 2.789%, en  Chile 802%, en Bolivia  602%, en Argentina 257%, en Brasil 166%. Ese fue el promedio, repito. Y hacia allá vamos. Solo que la inflación venezolana tiene un origen distinto.

Es consecuencia de la destrucción del aparato productivo aunada a la insuficiencia de dólares (por despilfarro) para pagar lo que se debe e importar lo que hace falta. Triste final para una nación petrolera, mucho más para una revolución que se creyó eterna.

Cuando llegué al Congreso en 1984, me tocó fijar posición desde la tribuna en contra de la Ley Habilitante que solicitaba Jaime Lusinchi para “activar la economía”. El discurso fue luego publicado con el título “Solo la confianza es habilitante”.

Lo traigo a colación por el título. Sería injusto con el jovial anzoatiguense intentar cualquier otra comparación.

Detengámonos aquí un momento. Alguna vez insistí en el valor económico de los factores no económicos. ¿Lo recuerdas, Julio? Las cosas que más valen, con frecuencia no se ven: la fe, la verdad, el amor... Y en materia económica, el estado de ánimo, el sentido de pertenencia, la confianza. Nadie cree en quien no puede creer.

Quizás un gobierno totalmente distinto pudiera atraer nuevos préstamos y capitales. Pero éste, el de Nicolás Maduro, o cualquier otro que se le parezca, jamás lo logrará.

Seamos sinceros, mis queridos lectores, cualquiera sean sus tendencias o posiciones. A fin de cuentas, todos tenemos el mismo enemigo: el desasosiego, el malestar social, las carencias. ¿Quién va a traer sus dólares a Venezuela, cuando en el mundo entero es sabido que en nuestro país no se pagan las deudas o se respeta la propiedad?

Maduro está atrapado. Lo que necesita y desea no está a su alcance.

Sigue en caída libre.

Solo la confianza es habilitante… y su revolución la perdió.