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Rodolfo Izaguirre

El cafecito

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Son muchos, pero puedo mencionar dos que prueban la asombrosa terquedad del ser humano frente a las advertencias de la naturaleza y de la tozudez de un mandatario en relación al contundente rechazo de sus conciudadanos: la obstinación en la producción de café y la aberración de Nicolás Maduro de permanecer en Miraflores.

La naturaleza advierte permanente y sostenidamente sobre las dificultades que ocasionan la recolección y torrefacción del café. Maduro tampoco hace caso a las advertencias que le asoman sus seguidores y adversarios. El primer gran obstáculo en esta sorprendente historia del café es la necesidad de disponer de varias hectáreas para sembrar el cafeto y de muchos brazos para sembrarlo, recogerlo a tiempo, dar en el pasado muchos latigazos a unos negros esclavos y convertir el fruto en café. Para Nicolás, su primera dificultad es la de no disponer de un apreciable caudal de seguidores. El cafeto requiere, de ser posible, la sombra protectora de árboles centenarios. Maduro, carece de la sombra de una experiencia política que los militares no pueden ofrecerle. Los frutos verdes del cafeto son incomibles, pero los rojos particularmente los del subgénero “rojitos” de nada le han valido a Maduro para trascender. Antes bien, por el contrario, lo han sepultado entre los detritus y escombros más repelentes de la historia contemporánea venezolana.

Es imperativo que el fruto del cafeto sea puesto a secar en un inmenso patio de hacienda (¡otra dificultad que esgrime la naturaleza para advertir sobre la conveniencia de no hacerlo!) y una vez seco tampoco se puede comer. Habrá que quitarle el hollejo y aun así tampoco se puede comer. Alguien, cuyo nombre permanece hundido dentro de alguna alcantarilla propuso la insensatez de fundar una cátedra para estudiar el pensamiento de Hugo Chávez; a nadie se le ha ocurrido bautizar con el nombre de Nicolás Maduro Moros a ninguna escuelita municipal graduada en Guasdualito, pongamos por caso, y mucho menos en Ocaña, Norte de Santander. La naturaleza, también en este campo, sabe lo que hace porque se descubrió que de los dos adalides uno tiene más hollejo que el otro, ¡pero solo hollejo! La naturaleza continúa advirtiendo al hombre que no lo haga, que no siga insistiendo con lo del café pero el hombre sigue impertérrito. Torrefacciona el café, lo prueba y tampoco puede comerlo. Lo muele y ¡tampoco! Tiene que hervir agua y colarlo y todavía no le gusta hasta que le pone azúcar. Nicolás habla por televisión tantas horas, se muele y se hierve a sí mismo tantas veces al día que pareciera ser ése su verdadero trabajo además de ponernos a pasar hambre y privarnos del cafecito. Se sostiene. Hace trampas. Dilata los procesos. Multiplica penes, promete editar libros y libras, compromete a los jueces y a los electores. Se cree el Ser Supremo y apuesto que no ha leído a Roa Bastos. Ante el poder de las armas, baja la cabeza pero le gusta castigarnos, tiene a su servicio a unos grupos civiles y guardias nacionales desalmados que nos apalean; cierra la frontera colombiana hasta que unas mujeres arrechas se sacudieron a los militares y entraron victoriosas a Cúcuta para que al cabo de unos días una muchedumbre cruzara la frontera convirtiendo a Maduro y a un tipo detestado en Táchira llamado Vielma Mora en objeto de la burla más despiadada. Tostados, molidos, hervidos Nicolás y Vielma son intragables.

Pero una vez culminada la hazaña de ir contra la naturaleza el café,  convertido ahora en mercancía, es capaz no solo de hacer temblar a Wall Street, sino de obligar a los productores a echar al mar toneladas de café para mantener los precios del mercado. Su poder es incalculable y ha alcanzado una presencia espectacular: la de crear una “cultura del café”. En una época prosperaron los café concerts: lugares de reunión en los que se sostenían tertulias y se bailaba. Surgió la literatura de café, los intelectuales de café. 

Durante las guerrillas venezolanas de los años sesenta, en los pasillos universitarios, fueron muchos los habladores de pendejadas llamados “Comandantes Faema” que se hicieron célebres. “¡Faema” era la marca italiana de las máquinas de hacer café en los cafetines universitarios! Hoy funcionan los cybercafé.

Ahora, vemos entrar en escena a los médicos que conminan a los pacientes a dejar de tomar café ya que corren el riesgo de que ¡revienten sus coronarias! A todas estas, Nicolás es un chiste, un comentario patético en los pasillos de la OEA o de cualquier otro organismo internacional. Es la “sopa” de Almagro un nuevo platillo de la gastronomía latinoamericana. Son muy contados los países que se apiadan de él y son más los que han terminado por no tomar café venezolano después de que Chávez, el manirroto, los consistió bastante y ellos lo aceptaban sin hacer ningún asco. 

Los médicos del manicomio vestidos de políticos e historiadores han decidido que Maduro es un paciente terminal. Fuera del consultorio estos médicos siguen tomando su cafecito a media mañana, pero en relación a Nicolás, sus pronósticos son de naturaleza reservada y el tratamiento que por unanimidad están aplicando llamado “revocatorio” debe resultar severo para el paciente porque se niega a aceptarlo incluso si se le ofrece en una tacita de café negro endulzado con azúcar moscabada o papelón rallado.

La naturaleza le dice “¡No lo hagas!” al hombre empecinado y el hombre empecinado se obstina torrefaccionando el café y sosteniendo la ilusión de que lloverá café en el campo. Las circunstancias políticas le advierten a Nicolás: “¡No lo hagas!”, “¡No te conviertas en un dictadorzuelo!”, pero Nicolás se empecina; solo escucha a los militares y hace lo contrario: niega su sentir civil sin importarle el bienestar del país y de sus gentes; sin importarle el pronóstico reservado de los médicos que igualmente lo alertan sobre el consumo desmedido de un café que nosotros, no enchufados, ya no encontramos en los supermercados. De manera que la propia historia política, económica y social venezolana bajo el socialismo bolivariano puede medirse en la auto despreciada civilidad de Nicolás Maduro y en la progresiva ausencia del cafecito que antes tomábamos todas las mañanas cuando  los militares bostezaban en sus cuarteles, no habían aparecido aún Hugo Chávez y Nicolás Maduro e ignorábamos a los médicos. Éramos felices... ¡pero no lo sabíamos!