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Karl Krispin

La cachetada

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En el segundo grado de la primaria, una maestra me dio una cachetada. No revelo su nombre para que no le suban la dosis de achicharramiento en el infierno. Aquello me resultó tan desolador que ni se me ocurrió contárselo a mis padres. El acto de violencia se produjo en medio de la clase frente a todos mis compañeros. Luego de esto nunca más volví a hablarle. Como estudié siempre en la misma institución, me la encontraba en los pasillos y ni siquiera la miraba. La mañana en que violentó mi rostro, desapareció todo reconocimiento de mi parte hacia ella. Con toda violencia se esfuma la civilidad y pasamos de la cortesía a la negación, a un trato que cesa. No existe razón alguna para conversar con matarifes ni sentarnos a tomar una taza de café con ellos como si se tratase de una falla momentánea. Hay pueblos que no les ha quedado sino perdonar, pero jamás enterrar su pasado. En el recuerdo, especialmente el del mal, reside la clave para mirar de frente la forma en que las naciones pueden extraviarse en el abismo. Recientemente murió Trudy Spira. Era una sobreviviente del Holocausto. Sus verdugos le tatuaron un número en su brazo para despojarle la humanidad. Con esa tinta de la infamia sobrevivió para perdonar pero para nunca olvidar y que pudiese repetirse lo que atestiguó.

¿Qué podemos decir de nuestro país cuando tenemos 18 muertos, un presunto número de torturados y detenidos y evidencias de que quienes han violado los derechos humanos estarían vinculados al mismo aparato del poder? ¿Cómo queda nuestra relación con lo establecido? ¿Es posible departir amigablemente con él, repitiendo ese idiota lugar común de que todo será investigado hasta sus últimas consecuencias y que se establecerá la verdad, “caiga quien caiga”, cuando sabemos que todo es un mero engaño retórico de quien habla para no decir nada? Me produce náuseas un régimen que celebra la actuación de sus represores. Estos aplausos son las notas descompuestas de la crueldad. Allí están las muchas evidencias digitales registradas por la ciudadanía. Serán aperitivos para la Corte Penal Internacional para los delitos de lesa humanidad. ¿Se puede insultar con que son productos fabricados en Miami? La verdad no se esconde tras el cinismo de los esbirros. Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza, decía William Shakespeare. Los hechos no se tapan con un dedo. Menos si ese dedo tiene las huellas que todos reconocen y acusan.

La arrogancia del poder lleva solo a una distancia con el entorno. Meses antes de ser capturado, el tirano Saddam Hussein con sus impecables trajes cosidos en Londres, echaba tiros al aire en alguno de sus cuarenta palacios. Algún fino sombrero centroeuropeo le daba más derecho a sus patrañas. Tiempo después era un vulgar presidiario. Los segregadores de oficio, que dividen las sociedades entre suyos y traidores, no recuerdan que la exclusión se vuelve contra ellos. La justicia tarda pero llega. Los ricardos terceros que se pasan la vida coleccionando enemigos tienen la desventaja de que para ellos la amnesia no existe. La realidad nos está doliendo a todos: es más que una cachetada en el rostro. Los ojos del mundo democrático están sobre nuestro país. Pregúntense cuál es la opinión calificada: si la de las democracias occidentales, como la de Estados Unidos o la Unión Europea, voces como la de Oscar Arias o Catherine Ashton, o la de los satélites de la chulería con el invasor cubano a la cabeza. Más que nunca en nuestra historia, “prohibido olvidar” es el mantra de los venezolanos para superar esta inaceptable y soez ficción de democracia.