Sí cabemos
4 de febrero 2012 - 15:59
Hoy se cumplen 20 años del inicio de la guerra que ha destruido a Venezuela. La buena noticia es que este año podemos ponerle fin. Esta guerra inventada, impuesta y consumada por la ambición de poder de nuestro actual Presidente ya no da más. Vacunados contra la violencia, los venezolanos queremos paz, convivencia y esperanza.
Queremos un país donde quepamos todos y un cambio de gobierno no para la venganza, sino para la justicia y la prosperidad, también de todos. Recordemos hoy a esos venezolanos dignos y en su mayoría muy jóvenes que murieron hace veinte años en la Casona y Miraflores defendiendo la Constitución y las leyes bajo las armas de quienes hoy todavía están en el poder.
Confieso que me da mucha rabia lo que ocurrió, pero con rabias del pasado no vamos a construir la Venezuela del futuro. Y para demostrar que pongo mi palabra donde está mi corazón, permítanme esta nota personal. Nací en el exilio de mi padre en Cuba donde se casó con mi madre cubana.
Cuando Fidel Castro llegó al poder, mi abuelo materno, que había llegado de las islas Canarias cuarenta años antes como polizón de un barco a los 16 años de edad, perdió su hotel, el San Luis. En ese hotel se hospedaron numerosos exiliados de las dictaduras latinoamericanas, como Rómulo Gallegos, el poeta Andrés Eloy Blanco y mi papá, entre muchos otros.
A pesar de que tenía sobradas razones para no volver al lugar donde nací, lo hice. Dejando atrás los odios, me fui a escribir un libro en La Habana e invité a mi esposo y a mi hija. Entendí, entonces, que tanto los cubanos de Cuba como los de Miami eran y siguen siendo actores manipulados por Fidel Castro para crear y mantener para su propia conveniencia una guerra civil a larga distancia.
No quiero que esto se repita en Venezuela. El odio entre los ciudadanos de un país es el alimento de los dictadores. Existen dos grandes paradigmas para entender la evolución de la historia humana: el de Marx, según el cual la historia es el producto de la lucha de clases, y el otro, en el cual la cooperación es la explicación del progreso del hombre.
Robert Wright en su obra Nonzero concluye que sólo la cooperación genera prosperidad y la punga sólo aparece para definir las reglas de distribución del valor generado. Por el contrario, la lucha de clases marxista no considera la cooperación como la base de la generación de valor, sino que más bien convierte la pugna -un juego en el cual todos perdemos- en el mecanismo de avance de la historia.
Este es el paradigma errado en el cual Chávez nos ha hundido por veinte años. Por ello no debería extrañarnos el hueco de miseria en que nos ha sumergido. Estas dos interpretaciones de la historia también conllevan dos tipos de liderazgo arquetípicamente definidos como femenino y masculino. Ojo, los liderazgos de tipo femenino o masculino no tienen nada que ver con el sexo de quienes lo adoptan.
Hay liderazgos de "espada", como el de Chávez: el de muerte, confrontación, división, intolerancia y verticalidad del poder. Pero también existe el liderazgo de "cáliz", más femenino en su concepción y hasta parecido en su forma al útero materno: un liderazgo de vida, cooperación, tolerancia, perdón y unidad. Es como la madre que logra reunir en su casa a los hijos que se han peleado y renuncia a sus preferencias para lograr la reconciliación.
Es como lo hizo Nelson Mandela, quien luchó contra el odio de los negros hacia los blancos en Suráfrica y solo así logró la unificación de su patria, muy a pesar de los deseos de venganza de sus compañeros de lucha. Venezuela se va a liberar de la espada de Chávez no porque aparezca una espada en sentido opuesto, sino porque ya existe un liderazgo que dice que aquí cabemos todos para formar una patria mejor y porque juntos, no divididos, juzgaremos a los culpables de este desastre.

