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Diego Arroyo Gil

Se busca un culpable

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Que el culpable de esta desgracia es Rafael Caldera, que colaboró con el deterioro institucional de Copei e indultó a Hugo Chávez durante su segundo gobierno.

Que el culpable de esta desgracia es Carlos Andrés Pérez, que colaboró con el deterioro institucional de AD y dio muestras de una soberbia inaceptable.

Que el culpable de esta desgracia es Arturo Uslar Pietri, que en 1992 jugó a la antipolítica para vengarse de Acción Democrática por el derrocamiento del general Medina Angarita, en 1945.

Que el culpable de esta desgracia es el empresariado, que pensó que podía acomodarse al nuevo liderazgo dador de prebendas.
Que los culpables de esta desgracia son los medios de comunicación, que le hicieron el juego al felón de Sabaneta.
Que el culpable de esta desgracia es Ibsen Martínez, que escribió Por estas calles y popularizó el descrédito de la democracia.
Que el culpable de esta desgracia es el pueblo que votó por el golpista sabiendo muy bien que era un golpista.
Que el culpable es Fulano, que el culpable es Mengano, que el culpable, que el culpable, que el culpable...
Dejemos a los historiadores el trabajo de evaluar los diversos factores que prepararon el triunfo del chavismo. Forman parte de una trama mucho más compleja que la lista de legítimos relativismos que largamos mientras compartimos el café.
Tengo una amiga que se indigna, con razón, cuando observa que una parte de la oposición venezolana se la pasa buscando en el pasado un chivo expiatorio para culpabilizarse a sí misma y para culpabilizar a ese pasado por la enfermedad nacional que nos aqueja.
Cada venezolano que esté sufriendo hoy por el país puede decirse a sí mismo, en la íngrima soledad de su conciencia, de qué tamaño son y han sido su compromiso ciudadano y su responsabilidad con respecto al estado de cosas. Y asimismo reflexionar sobre los aciertos y los desaciertos de la llamada cuarta república, la haya vivido o haya nacido luego de su liquidación.
Pero, sea cual fuere el resultado del análisis que cada quien pueda hacer, hay una cosa que me parece clara: hayan sido las que hayan sido las circunstancias que abrieron paso al chavismo, y la cuota de colaboración que uno u otro haya hecho para que Chávez triunfara, la atroz destrucción de Venezuela que hoy estamos padeciendo la han llevado a cabo los que han estado en el poder desde el 2 de febrero de 1999.
Sobre esto no debe quedarnos duda: ningún error que se haya cometido en el pasado justifica que el régimen liderado por Hugo Chávez haya sometido y siga sometiendo a la nación a este escarnio, a este nefasto proceso de desarticulación política y espiritual como no se había visto aquí nunca una.

Ya tendremos ocasión de ver qué hacemos con este desprecio que sentimos por el destructor. El tiempo, el porvenir nos ayudará a deshacernos de este desprecio. O no. Pero ahora tenemos el derecho y el deber de inculpar al jerarca, sin contemplaciones, de la traición de la cual es irrefutablemente responsable.
Nadie, nadie sino Chávez y sus sucesores son los autores de este horror. Nadie sino ellos son los ejecutantes del crimen que está desangrando a Venezuela desde hace 15 años. No hay perdón para lo que han hecho, cuando tuvieron todo en sus manos para hacer lo contrario, cuando pudieron reformar el Estado, modernizarlo, encauzar el país hacia el desarrollo y mantener la convivencia democrática.
Pero no. Chávez y sus hijos han arruinado política, económica y moralmente a Venezuela. No busquemos más culpables. Ahí están. Celebran sus aquelarres en esa guarida que se llama Miraflores.