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Graciela Melgarejo

En busca de caminos para todos

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Hace unos quince años, quizá más, elegir recorrer alguna de las islas verdes de la avenida 9 de Julio, camino hacia la Avenida del Libertador, constituía un paseo hermoso, pero tenía sus complicaciones. Además de admirar en ese tramo la belleza de las palmeras y los palos borrachos -esa variedad de tronco esbelto, que se corona con un penacho de flores fucsias-, si el paseante quería llegar al otro lado de la isla, se veía obligado a dar un largo rodeo, a veces de más de 50 metros.

Por supuesto, estamos hablando de la ciudad de Buenos Aires y de sus habitantes, así que otra posibilidad era cruzar en línea recta pisando el verde césped. De manera que, con el tiempo, se fueron haciendo naturalmente caminos secundarios, no muchos, uno o dos o tres, porque muchos caminantes, después de haber juzgado que la solución era buena, solían seguir una u otra de las opciones. La costumbre, el sentido común y el principio de economía que rige muchas acciones humanas habían triunfado sobre el caprichoso diseño de la plazoleta.

A menudo sucede algo parecido con las reglas que con tanta buena voluntad estudian y desarrollan los académicos de la Real Academia Española y de sus hermanas de América latina, en contraste con la realidad diaria del español en la calle y en las plazoletas de la vida.

Con respecto al tema de la columna pasada, escribe la lectora Alejandra Uzcudun, que está lejos, en Francia, pero muy cerca de Línea directa en sus inquietudes lingüísticas. El 14/4, cuenta Uzcudun en un correo electrónico: "Doy clases de español y resido actualmente en Francia. He enseñado a adultos que debían presentarse a los Diplomas de Español como Lengua Extranjera (DELE) de niveles avanzados. Además, trabajé en el Instituto Cervantes de Jordania. En la sala de profesores solían aparecer dudas lo que generaban debates a veces muy divertidos. Éramos tres latinoamericanas (una cubana, una peruana y yo, argentina) y el resto eran españoles. Recuerdo particularmente el ‘hace sol, hace viento’ típico de los españoles y el ‘hay sol, hay viento’, que considero más hispanoamericano. Ambas expresiones son aceptables según la Academia, pero incluso estas opciones también varían según las distintas regiones de la península Ibérica".

Cada hablante hace su caminito en la lengua, ayudado por la tradición familiar, la escuela, los docentes admirados cuyo ejemplo elige seguir, la profesión -ya vimos las dificultades que confiesan los ingenieros, más sinceros que otros-, los hijos o los sobrinos, los amigos y, ahora también, Internet.