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Juan Barreto

Nuevas formas de gestión política

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La vacuna contra el burocratismo de Estado es efectivamente el fortalecimiento creciente del poder popular: como espacio de la democracia directa, como ámbito de la verdadera participación, como escenario de construcción de las nuevas solidaridades.

Nada de esto puede lograrse desde la acción del Estado (llámese éste “socialista” o celestial). Por ello hay que asumir con todo realismo la paradoja de un poder popular postulado, sostenido y empujado desde las estructuras del Estado. No digo que esto sea negativo. Digo sencillamente que esta formulación tiene un límite, justamente el límite de la transición de una sociedad-Estado a una “comunidad de hombres libres”, como postuló nuestro comandante eterno, el camarada y amigo Hugo Chávez.

En la coyuntura política de estos días, es necesario resaltar con fuerza la figura del poder popular como dispositivo constituyente de la idea misma de revolución. Todo lo que vaya en esta dirección es menester empujarlo. A sabiendas de que no hay una fórmula para lograrlo ni un camino despejado que nos permita trabajar sin obstáculos. Todo lo contrario, lo que abundan son los problemas. Uno de ellos, que se hará patente de inmediato, es la contradicción flagrante entre el poder popular ejerciéndose y la lógica de los partidos en escenas, tanto de izquierda como de derecha, un problema a resolver tanto para el chavismo como para la oposición democrática. Es fácil intuir lo que viene: una lucha feroz de esos aparatos de Estado llamados partidos y la gente batiéndose por el ejercicio de más democracia directa, en distintas instancias, espacios y condiciones. Esa es la tensión que marca el rumbo verdadero hacia una revolución libertaria o hacia la retórica de una “democracia” de aparato que tiene una esencia conservadora.

No se resuelve por mandato lo que sólo en la práctica se modula en un largo y complejo proceso de captura de espacios y niveles de decisión. Pero es ya bastante que el Estado venezolano se pronuncie abiertamente por el reconocimiento y la visibilidad de los dispositivos del poder popular.

En el caso del chavismo, la organización que debemos construir con la gente es una red de dispositivos capaz de deconstruir la lógica de la dominación, capaz de desarticular las tramas de la opresión, la explotación y la hegemonía en todas las prácticas y discursos de la sociedad, capaz de configurar una nueva socialidad desde la vida cotidiana, donde la intersubjetividad corra pareja con la emergencia de nuevos modos de producir la vida material de la gente.

Eso pasa –aquí y ahora– por inventar nuevas formas de gestión política que se correspondan con la idea matriz de la autonomía radical de los actores sociales, de la autogestión de la gente y sus asuntos, de la erradicación de las formas de Estado heredadas, de la transformación profunda de cada espacio donde se anidan las viejas relaciones de dominación: las instituciones, el mercado, la Iglesia, el trabajo, el espacio público, las tramas burocráticas del Estado.

La emancipación radical respecto a cualquier forma de poder es lo que en verdad merece el nombre de revolución. La vieja idea de “partido” no corresponde más a ningún ideal emancipatorio: porque han cambiado las condiciones históricas, porque se ha agotado su potencial subversivo, porque lo político entró en crisis irreversiblemente. El poder popular del que estamos hablando en esta coyuntura es justamente la negación de la lógica estatal que ha secuestrado históricamente la “representación” del pueblo. Apostamos entonces por un complejo partidario que desarrolle las bases de una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia. Es decir, otra forma de gestionar la concertación, otra valoración de los contenidos de las nuevas prácticas y discursos.