• Caracas (Venezuela)

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Juan Barreto

Estado burgués moribundo

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Todo el poder para el pueblo. Esta consigna en una palanca de movilización para perfilar una manera de entender la idea de revolución. Se trata hasta ahora de una idea-fuerza que dista mucho de encarnar efectivamente el empoderamiento popular en toda su extensión. Pero en su sola enunciación ya contiene un filo subversivo a todas luces incómodo para el poder burgués.

La autogestión de todos los asuntos de la gente es el vector que progresivamente irá minando el viejo cascarón de un Estado burgués que no termina de desaparecer y que hoy no representa sino a la contrarrevolución: como poder de conservación de lo establecido, como lógica burocrática, como obstáculo a cualquier idea de cambio. Es justamente ese Estado inútil el más visible freno a las transformaciones en curso. Durante un largo trayecto el poder popular se confrontará con el poder de la burguesía, eso es irreversible.

El empoderamiento de la multitud es un proceso de correlaciones de fuerzas que van moviéndose en función de la capacidad del pueblo para apropiarse de sus decisiones, de sus asuntos, de los espacios (pequeños, medianos y grandes) donde se va dibujando la metáfora de la “sociedad”. Se entiende que las lacras de la sociedad heredada, tienen que ser atacadas con una plataforma institucional de emergencia. El viejo Estado burgués moribundo cumple a duras penas esta función previa a cualquier diseño de sociedad-deseada.

La vacuna contra el burocratismo de Estado es efectivamente el fortalecimiento creciente del poder popular: como espacio de la democracia directa, como ámbito de la verdadera participación, como escenario de construcción de las nuevas solidaridades nacidas de los valores de uso, de la socialidad empática, del arte de sentir juntos. Por ello hay que asumir con todo realismo la paradoja y las contradicciones de un poder popular en construcción. No digo que esto sea negativo. Digo sencillamente que esta formulación tiene un límite, justamente el límite de la transición de una sociedad-estado a una “comunidad de hombres libres” como postulaba el joven Marx.

En la coyuntura política de estos días es necesario resaltar con fuerza la figura del poder popular como dispositivo constituyente de la idea misma de revolución. Todo lo que vaya en esta dirección es menester empujarlo. A sabiendas de que no hay una fórmula para lograrlo ni un camino despejado que nos permita trabajar sin obstáculos. Todo lo contrario, lo que abundan son los problemas. Uno de ellos que se hará patente de inmediato es la contradicción flagrante entre el poder popular ejerciéndose y la lógica del Estado rentista. Esa es la tensión que marca el rumbo verdadero hacia una revolución libertaria.

No se resuelve por mandato lo que solo en la práctica se modula en un largo y complejo proceso de captura de espacios y niveles de decisión. Pero es ya bastante que el Estado venezolano se pronuncie abiertamente por el reconocimiento y la visibilidad de los dispositivos del poder popular. La prueba de fuego viene luego, cuando la gente se tome en serio la leyenda de que el poder es suyo.