• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

¡Las voces de mi cacerola!

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Cuando hay que tocar cacerolas echo mano a una de las medianas porque permite una mejor manipulación, y utilizo como percutor no una cuchara sino el exprimidor de limones que ofrece un buen mango y tiene un extremo cuyo volumen y peso son suficientes para hacerla cantar a viva voz. Las numerosas veces que he caceroleado contra el régimen ilegítimo y militar que nos abruma desde hace catorce años me han enseñado que el golpe de la cuchara produce un sonido apagado en comparación con el exprimidor que prácticamente saca alaridos a mi cacerola. Si golpeo sus bordes se producen voces agudas como aullidos, pero se vuelven más oscuras si el exprimidor percute el centro de la olla.

El efecto es portentoso y resultan envidiables sus vibraciones, porque propagan sus ondas con asombrosa celeridad al mismo tiempo que entran en confrontación con el estruendo de las rabiosas cacerolas del vecindario. La mía no puede ocultar cierta elegancia; un toque, si se quiere, de mucho encanto, intensidad y glamorosa armonía, porque no en balde se trata de una Lagostina. Desde el oficialismo se me acusa sistemáticamente de burgués, sin serlo, pero sabemos que una mentira repetida mil veces termina haciéndose verdad. ¡El régimen militar me ha convertido en burgués! ¡Y en el país venezolano conviven ahora 8 millones de burgueses activos! ¡El 52% que votó en su contra! Pero somos mucho más de 8 millones porque en los cacerolazos participan niños y adolescentes que no tienen edad para votar pero sí la tienen para protestar contra los despropósitos, ofensas, escamoteos electorales, violencias y vulgaridades del desafuero. ¡La imagen de esta multitud de “burgueses” votando o tocando cacerolas sobre el furioso mapa del país es la presencia del valor y de la dignidad!

¡De modo que mi Lagostina canta! Si elijo la más grande, corro el riesgo de eclipsar las voces de la comunidad cacerólica en la que vivo. Por la manera de golpearla con el exprimidor logro que la voz de mi Lagostina alcance alturas muy agudas, graves densidades y aceleramientos; si se le exige, pueden brotar de ella armoniosas cadencias como si recitara un poema épico; diera lectura en voz alta a un nuevo texto no verbal sino sonoro. Pero lo que más conmueve y aviva el ánimo de quienes la escuchan es la repetición del sonido, porque asemeja a una oración jaculatoria percutiente y eficaz; una euritmia fervorosa que además de la armonía arrastra la regularidad del impulso que la golpea, pero también las pausas que sosiegan durante algunos instantes y dan descanso a la muñeca porque batir cacerolas es como vender panelas de San Joaquín moviendo el brazo en la Autopista Regional del Centro.

Una cosa es darle a mi cacerola desde la cocina y otra hacerlo en el jardín que da a la calle. Dentro, la protesta sigue inalterable pero disminuye sus alcances porque es percutir casi en secreto; en cambio, hacia la calle supera el nivel del compromiso y su fuerza opositora es más rotunda y decidida.

Adoro mi Lagostina porque, aficionada como es de lapolítica, no deja por eso de cumplir a satisfacción sus obligaciones con elconsomé, el arroz, algunas salsas blancas y se la ve alegre participando junto consus hermanas y amigas en la música de la cocina.

 

¡Pero se mantiene alerta! Si este régimen, o cualquierotro gobierno a advenir, perpetran nuevos agravios ella volverá a gritar y ahacerse sentir en el imperativo concierto de las cacerolas para afirmación desu lagostínico gentilicio y para el jactancioso disfrute de su orgulloso dueño.