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Beatriz de Majo

Las buenas intenciones ministeriales

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A juzgar por la prensa y por las declaraciones de los dos lados de la ecuación colombo-venezolana los dos ministros de la Defensa –Vladimir Padrino y Luis Carlos Villegas– que se reunieron en Caracas la semana pasada y cumplieron con una agenda exitosa en la que el plato fuerte fue la revisión de los asuntos de seguridad fronteriza y adelantaron –una vez más– sus buenas intenciones en cuanto al combate “coordinado” del narcotráfico. Y digo buenas intenciones, porque, hasta esta hora, el uso de nuestra frontera por parte de los clanes de la droga para que Venezuela sirva de puente para alcanzar otros mercados de consumo no ha sido ni desterrado ni tampoco combatido en conjunto.

Si ha habido acciones unilaterales destinadas a desarticular las actividades del narco-negocio del lado colombiano, las mismas serán siempre bienvenidas por los venezolanos. Pero solo en la medida en que sus protagonistas no se defiendan de la persecución replicando sus actividades de este lado de la frontera entre los dos países, que es lo que en realidad ha estado ocurriendo en los tiempos recientes. Hay que pensar en que no es tarea de Colombia asegurarse de que el narco-negocio no se valga de la porosidad fronteriza para mantenerse activa y en buena forma. Esa es responsabilidad de nuestras Fuerzas Armadas.

Lo que también pareciera claro es que el narcotráfico desde Venezuela no ha hecho sino crecer, al menos en lo que evidencian las capturas cada vez más numerosas de envíos de sustancias prohibidas que se originan o pasan por nuestra geografía y que presuntamente podrían provenir de sembradíos y centros de procesamiento de Colombia.

Por eso celebramos que las máximas autoridades militares de ambos lados del Arauca hayan decidido unir esfuerzos para detener este crimen y no actuar en solitario en cada uno de los dos lados.

La posibilidad real de que en Colombia tenga lugar un proceso de desmontaje de la actividad guerrillera, lo que eventualmente sería acordado formalmente una vez que ocurra el plebiscito que le daría el acuerdo de la población, ubica a nuestro país en una coyuntura de mayor y más peligrosa vulnerabilidad. Con un acuerdo en marcha para la desmovilización de la guerrilla de las FARC en Colombia, lo que implica no solo el fin de la actividad terrorista sino también del narcotráfico, quienes tradicionalmente se han beneficiado de sus jugosos e ilegales proventos querrán continuar con el lucrativo negocio, y lo acertado es pensar que la actividad tenderá a establecerse en Venezuela. ¿Dónde más?

Así, pues, no solo será indispensable que nuestras autoridades exijan formalmente a Colombia y a los entes internacionales y países garantes del desarme y desmovilización en el país vecino el resguardo de la frontera venezolana, sino además que se instaure una coordinación estrecha con los agentes militares encargados de esa tarea de este lado del Arauca para que allí se arme un poderoso muro de contención. Al tránsito de droga pudiera sumarse el peligro mayúsculo del tráfico del armamento que se encuentra en manos de los insurgentes, y que será objeto de dejación con ocasión de la implementación del proceso de paz firmado en La Habana.

Por todo lo anterior hay que celebrar y que aplaudir fuerte la reunión de los ministros Padrino y Villegas y exigir que ella sea sincera y proactiva. Lo menos que deseamos los venezolanos es que se reproduzca en suelo nuestro la situación de violencia que fue la desgracia de Colombia durante medio siglo y que dejó un saldo de más de 220.000 muertos y un país arrodillado.