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Leopoldo Tablante

La bruma de Los Ángeles

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Hace un tiempo viajé a Los Ángeles, California, y mi estadía duró menos de 72 horas. Esa brevedad bastó para encontrarme más personajes interesantes de los que admite el realismo sucio.

Desde el trasbordo en San José de Costa Rica, Los Ángeles anunció su naturaleza demoníaca. Uno de mis vecinos de vuelo era una especie de Charles Bukowski extraviado en el trópico que, sin ganas de exclamar “¡pura vida!” –como dicen los ticos–, se asentaba más bien en el lado de la muerte: llevaba una franela turbia de sangre seca y otras secreciones y calzaba un par de suelas de goma adheridas a su pies con cintas de embalaje. Viajaba sin equipaje, ligero, como Billie Holiday.

Esa misma noche, mientras me desplazaba por las avenidas de Los Ángeles en un autobús que paraba en el Venice Beach Cotel, un albergue para jóvenes con expectativas hippies (y para adultos contemporáneos venezolanos dependientes de las limitaciones de Cadivi), reparé en que las calles de la ciudad estaban llenas de individuos como aquel.

A la mañana siguiente me animé a ir hasta downtown L. A. en transporte colectivo, servicio cuyos usuarios son casi exclusivamente afroamericanos y latinos. Los centros urbanos de las ciudades estadounidenses tienen su encanto de ambición vertical. Además, no quería perderme la fachada del Million Dollar Hotel que Wim Wenders inmortalizó en su film de 2000. Después de todo, a “América” se viaja para presenciar una película.

Pasé frente a otro hotel decadente, una de mis opciones antes de salir de Caracas: el Cecil, de la misma estirpe de aquel en que se instala el guionista Barton Fink en la película de 1991 de los hermanos Coen. Aparte de las violaciones y suicidios de los que ha sido escenario, el hotel Cecil fue hogar, en 1985, del agresor sexual y asesino en serie Richard Ramírez, todavía en la cárcel y candidato escurridizo a la pena capital; acogió también, en 1991, al escritor y psicópata austríaco Jack Unterweger, quien se hospedó allí con la excusa de hacer trabajo de campo entre las prostitutas de la zona (y acabó estrangulando a tres de ellas con la ayuda de sus propios sostenes); y hace dos meses, luego de que varios huéspedes se quejaran del extraño color y sabor del agua potable, fue encontrado dentro de la cisterna de la azotea el cuerpo en estado de descomposición de Elisa Lam, una turista canadiense de ascendencia china.

La intuición, más un par de reseñas de Trip Advisor, me disuadieron de quedarme en el Cecil. A partir de las 4:00 de la tarde el centro de Los Ángeles se puebla de patrullas ululantes mientras una legión de indigentes arrastra sus retazos de alfombra hacia las marquesinas de los edificios para protegerse del invierno, razón por la cual al barrio aledaño se llama Skid Row, fila de ranchos.

Decidí coger el autobús de vuelta hacia mi albergue. En mi trayecto, un mexicano gordo, borracho y bañado en sangre caminaba como un oso hacia mí pidiéndome monedas. Pensé que era diciembre de 2007 y todavía faltaban 11 años para ese 2018 en que la película Blade Runner sitúa a Los Ángeles cubierta de lluvia ácida y dejada a la buena del lumpen asiático y mexicano. Cuando me subí al autobús, respiré tan profundamente como me lo permitió la taquicardia.

El viaje, largo y soporífero como un itinerario Parque del Este-Guarenas, anticipó mi apetito en la taquería Campos, en la esquina de la avenida Winward y la avenida Pacific, cerca del Venice Beach Cotel, un lugar barato y mediocre en el que la amenaza apenas se manifiesta a través de la presencia de los hipsters de la costa: eructos de cerveza, exhalaciones de cannabis, transpiraciones de cuerpos que sólo se asean en el mar o bajo la lluvia. Una pareja de colgados se me acercó mientras yo mordía un taco de carnitas. La mujer amenazó con arrebatarme la cena. Al cabo, uno de los cocineros del restaurante los alejó dando palmadas, como quien ahuyenta a un perro callejero.

Me di un trago de mi cerveza para aliviar el picor de los jalapeños. Quise pensar que me encontraba a salvo. Y me pregunté cuántos personajes miserables debe liquidar la ficción antes de retener a los pocos que se dejan comprar.