• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Al borde de un ataque de nervios

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Ahora, cuando se plantea poner término de manera perentoria a un mandato que ha sumido al país en la crisis más severa de su historia, pareciera factible y conveniente, para sustentar constitucionalmente tan trascendente decisión, remover a quien se dice primer mandatario, aduciendo motivos de higiene mental: Maduro no solo se aferra a primitivas y erráticas ideas, las cuales expone, en registro rabioso, con un rastrero y deplorable lenguaje –que no difiere en modo alguno de la germanía propia de un matón de esquina–, sino que, en lo referente a la toma de decisiones, juega a romper la piñata tirando palos de ciego. Se borró la data de su disco duro (¿la tuvo alguna vez?) y perdió la chaveta. Como extravió la mollera su mentor y predecesor al que, por temor a sus pataletas, nadie se atrevió a cuestionarle una investidura para la que se requieren más serenidad que entusiasmo y más sesos que criadillas –de estas no tenía muchas a juzgar por su manía persecutoria– ¡allá viene el magnicida! –y recurrente culillo–, a pesar de que el otro yo del doctor Chirinos había hecho público su diagnóstico en relación con su bipolaridad y con los desajustes en los tornillos, engranajes y cableado de su azotea.

Jean Cocteau, quien prefería los mininos a los caniches, arguyendo que no había gatos policías, afirmó que “Víctor Hugo era un loco que se hacía pasar por Víctor Hugo” –la fiscal prefirió achacar esa impostura ¡a Rubén Darío!… para estropear el centenario, pues–; es posible que Hugo Chávez también haya sido un orate que simulaba ser Hugo Chávez y por ello, quizá, los estudiosos de la psiquis se dieron banquete enumerando los síndromes, complejos y manías que lo afectaban, algunos de los cuales padece –por sobreactuación en el papel de avatar de quien, sin las habilidades de Pigmalión, intentó moldearle a su imagen y semejanza, pero no le alcanzaron ni el tiempo ni la arcilla para tal fin, y tuvo que conformarse con un furriel de plastilina– el sujeto que en estos días es objeto de debates respecto a su cesación en un cargo que nunca debió ocupar. Hay antecedentes; en Venezuela, Diógenes Escalante no fue para el baile porque Ramos Calles cayó en cuenta de que el ex embajador en Washington estaba más tostado que culo de olla; en Ecuador aventaron a Abdalá Bucaram cuando su excentricidad se hizo norma.

Se da por sentado que ciertos trastornos mentales son hereditarios, pero no teníamos noticia de que fuesen contagiosos. No se necesita de acuciosidad extrema para concluir que no toda la insania del legatario le fue transmitida con su unción, sino que mucha la contrajo en sus contactos con la “nomenklatura” cubana (que tilda de alienado al pelotero Yulieski Gourriel por querer ser millonario), como el “síndrome de Pinocho” del que hizo gala durante la mediática dramatización de la agonía de Chávez, que era mitómano y padecía del “complejo de Münchausen” y, de allí, tantas invenciones hiperbólicas para embeleco de adulantes que encontraban admirables sus fabulaciones y las repetían cual hitos de una ilusoria epopeya con la que, a pesar de su inverosimilitud, siguen alucinando. No han sido, empero, Hugo y Nicolás los únicos afectados por perturbaciones derivadas de la borrachera de poder; jefecillos de toda laya, colocados donde hay, no son capaces de disimular su “complejo de Creso” y cada vez que tienen oportunidad los medios se ocupan de ellos por sus dispendiosos ágapes y la largueza de sus propinas. Paranoia, esquizofrenia, fetichismo, necrofilia, homofobia, cleptomanía, exhibicionismo… en fin, es largo y tendido el inventario de desórdenes; también el de los desordenados y de quienes se hacen los pendejos cada vez que el caporal, presa de fanático frenesí, mete la pata.

A pesar de Cocteau, que era las tres cosas, no creo que “de músico, poeta y loco, todos tengamos un poco”, ni comparto el determinismo de Herrera Luque que nos macula con inevitables oligofrenias a causa de la “sobrecarga psicopática” aportada por los conquistadores al ADN nacional; sin embargo, no debe descartarse que la ascensión escarlata a las alturas del poder se haya originado en un ataque de chaladura colectiva que ha durado tanto tiempo que ya ni siquiera nos desconcierta que se exhorte al ciudadano a renunciar a la propiedad del inmueble que habita, o que un tabloide genuflexo “invite a hacer colas sin amargarse la vida”, para citar apenas dos perlas del collar de desvaríos que nos obliga a pensar que el señor Maduro y sus compinches se comieron la flecha de la lógica y traspasaron la raya que separa la cordura de la locura para colocar a la nación toda al borde de un ataque de nervios.