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Enrique Larrañaga

De la bolalogía como ciencia (oculta)

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Parece convenido que los testículos, también llamados bolas, son los órganos vitales del coraje y el esfuerzo.
Aplicábamos ya eso de “fulano tiene bolas”, al que parece osado; “zutano le echa bolas”, al que actúa dedicadamente; o “a mengano le faltan bolas”, si medita alguito antes de actuar; pero ahora queda claro que sin bolas no hay paraíso. Como el superlativo de esta valentonatomía es ser “cuatriboleao”, cabe inferir que la duplicación del kit estándar potencia, quizá al cuadrado, la valentía del portador, posible origen de la expresión “perencejo las tiene cuadradas”. Tan excepcional configuración, asumo, debe producir aristas más marcadas en la bravura, tanto como extrañas modalidades al encogimiento genital que suelen producir los fríos.

Otras cosas intrigan sobre estos equipamientos dobles y geometrías atípicas.

En defensa de mi género y aunque sea poco elegante, puedo asegurar que cuando un hombre se rasca o acomoda sus partes en público no es siempre por exhibicionismo o pura mala educación (aunque hay de todo), sino porque las susodichas suelen descolocarse o picar, reclamando atención urgente que, es verdad, podría proveerse más privada y discretamente. ¿Cuánto incrementará tales descolocaciones y picazones un segundo par que, además, si va a los lados del usual debe dificultar andar y si va delante o detrás aumentar el riesgo de aplastamientos accidentales que, lo garantizo, pueden ser muy dolorosos con apenas dos, así que con cuatro deben ser terribles? Para no hablar de su cobijo diario, aún usando boxers…

Por su importancia antroposociológica, considero imperativo sustituir las mujeres barbudas y niños con tres brazos de los museos de cera por muestras didácticas de estos ejemplares ejemplos, así como declarar artículo de fe el cuatribolismo o bolicuadrismo de nuestros próceres. Y que, entre ellos, todo supremo tiene, nadie ose dudarlo, su par duplicado y cuadrado (lo que hace aún más admirable aquella campaña a caballo). De estas rarezas anatómicas parecen exoneradas las mujeres, pues no se dice que las haya cuatriovariadas o ovaricuadradas, aunque sí unas cuya audacia les impide usar falda o “se le verían las bolas”; partido único del temple, queda declarado.

Como la dotación viene de fábrica, sorprende la ausencia de testimonios sobre el glorioso aunque capcioso momento de recibir un niño con tan inusual equipo o niñas sospechosamente hermafroditas, preguntándose si serían monstruos o adalides (categorías comprobadamente cercanas) y a cuántos futuros héroes le habrán negado curitas intransigentes nombres como del “Eterno Cuaternario”, solo por no estar en el santoral, y encasquetado un “de la Santísima Trinidad”, aún arriesgando emascular a fuerza de agua bendita un cuarto de su misión. Misterios, pues, de la “bolalogía” como ciencia; oculta, por elemental recato…

Infinitos, indispensables estudios requieren asuntos que algunos con “modelo básico” aún no entendemos: el coraje que añaden uniformes acorazados que quizá las traen tipo quita-y-pon; el encanto afrodisíaco del olor a caucho quemado; la relación entre pluribolismo arrebatado y miopía funcional; la correspondencia entre cuadratura hormonal y deslenguamientos de teclado (preferiblemente a distancia, claro) o insultadera delante de un micrófono (pero detrás de un podio blindado; cuatriboleao pero no huevón…); el uso de seudónimos para disimular virtudes antes de arremeter contra todo el que diga o me parece que dice algo que a mí no me parece; el embelesamiento mántrico de remachar consignas; las armas largas como sublimación fálica; el erótico perifoneo desde YouTube; el temple de entregar el alma disparando contra desarmados; o la demolición de retrovisores por motos vertiginosas (entendida la presión de asientos sin previsión para acomodar tan infrecuente instrumental) como evidencias de cuatri/cuadribolismo.

Como soy de los que apenas carga un piche parcito, temo confesar el temor de confesarlo, no vaya a venir un cuatriboleao arrecho, valga la redundancia, a cortármelo; recordaba Cheo Feliciano que “de cualquier malla, sale un matón, ¡vaya!…”

Y sí, temo. Temo los rastrojos de arranques torpes; que, “creyendo avanzar”, cada lado arrase con lo que ha logrado; la canallada de azuzar batallas; la jerga confrontacional apoderándose del habla cotidiana; y, principalmente, que a fuerza de cuatribolismo y bolicuadrismo olvidemos que el país lo hacen ciudadanos más que héroes; buenos para efemérides, pero lastre engorroso para la compleja sencillez de la ciudadanía de a pie.

Intuyo paralelismos entre el voluntarismo (¿se escribirá con “B”?) del cuatriboleaísmo y el de las proféticas bolas de cristal; pues mágicas como son ambas peculiaridades, sus designios suelen ser equívocos y pueden, en un trance de mala suerte del que no se libra ni el titán más poderoso, romperse en fragmentos que no retoñan.
Pero ¡cómo cortan y acatarran!