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Gabriel Antillano

La era de las biopics o el conocimiento en resumen

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Hace unas semanas veía en televisión la intervención de la siempre tan mordaz y acertada como implacable y jamás arrepentida escritora Fran Lebowitz en el programa Real Time with Bill Maher. Unos minutos antes de insistir en que si las nuevas generaciones (en específico, los llamados Millennials) están tan preocupados por el ambiente y molestos con la generación de sus padres deberían empezar a hacer algo al respecto en vez de montar fotos de comida en las redes sociales mientras se quejan, Lebowitz habló sobre algunas consideraciones modernas de la belleza. Según la escritora, la gente suele asumir que si se es atractivo, también se es bruto; al igual que si se es feo, debe ser inteligente, sobre lo cual Lebowitz aclaraba: “No, eso no es cierto. Todos son igual de brutos”. Luego agregaba que le parecía curioso cómo actualmente los actores deben volverse feos para que su actuación sea tomada en serio: deben rebajar varios kilos hasta quedar como esqueletos, engordar hasta ser irreconocibles, adoptar un look claramente desarreglado y maltrecho u optar por un maquillaje que los haga ver diferentes. Algo sobre lo cual también escribió Eloy Fernández Porta en su libro Eros (“€®O$”). Según Lebowitz esto se trata a una cierta clase de envidia.

En mi opinión, se trata de ignorancia.

En la pasada entrega del Oscar, se le otorgó el premio de Mejor Actor Principal a Eddie Redmayne por su interpretación de Stephen Hawking en la película biográfica The Theory of Everything (2014). En mi opinión personal, ese galardón debió llevárselo Michael Keaton por su brillante actuación en la película Birdman (2014). Más allá del robo, ese triunfo en particular me hizo pensar mucho en los grandes problemas de las llamadas Biopics (Biographical Pictureor Film) o películas biográficas, solo para encontrar unos días después haciendo zapping a Fran Lebowitz hablando de algo similar.

Para empezar habría que aclarar qué se entiende sobre las dificultades actorales de estas películas. Al interpretar a un personaje real se imita, se copia con atención un personaje existente. El actor estudia a la persona y algunas de sus características (por ejemplo: cuando se interpreta a un escritor, muchos actores dicen haber leído su obra en preparación para el papel). Si el personaje en el cual se basa el personaje está vivo y dispuesto, muchos actores buscan contacto directo. En el caso de Eddie Redmayne fue así. Se reunió con Hawking, estudió la enfermedad que sufre (un tipo de esclerosis lateral amiotrófica), etcétera.

Por otro lado, quien interpreta a un personaje ficticio, solo tiene a su disposición la existencia en el papel. El actor se convierte en una suerte de cocreador del personaje, le da forma, imagen, todo a partir del papel. Eso fue lo que hizo Michael Keaton con Riggan Thomson, el protagonista de Birdman.

No significa que una actuación sea necesariamente mejor que otra, pero ciertamente se deben considerar las dificultades de quien interpreta a un personaje real y quien interpreta a un personaje ficticio.

La actuación de Eddie Redmayne como Hawking es extremadamente buena. ¿Mejor que Michael Keaton en Birdman? Pues, no. Lo interesante, sin embargo, es la cantidad descomunal de gente que asegura que la interpretación de Hawking que hizo Redmaye fue “perfecta”, por lo cual habría que preguntarse: ¿cuánta gente conoce realmente a Stepehn Hawkin? Y no, algunas fotos, su charla TED, sus cameos en The Big Bang Theory y su aparición en Los Simpsons no cuentan. Seamos sinceros, poca gente conoce realmente a Hawking, no han leído sus libros.

Y ese es el primero de los tres problemas principales de las películas biográficas. Son películas sobre personas cuya fama le ha otorgado un espacio privilegiado en la cultura pop, haciéndolos figuras obligatorias en el imaginario colectivo. Mucha gente cree, a la hora de referirse a una persona famosa, que su conocimiento superficial sobre la vida de estos les permite opinar con propiedad. Por ello, hasta el más desconectado tiene un conocimiento básico sobre Stephen Hawking: un científico (científico, no físico, ya que sería mucha especificación) en una silla de ruedas muy avanzada que habla con voz electrónica y se encuentra paralizado por una enfermedad. Y eso es todo. A la mayoría le basta con eso. Nadie investiga por qué es importante, qué contribuciones realizó a la física para que se le considere el genio que es, ni siquiera ven las numerosas charlas que Hawking dicta regularmente. Ni pensar molestarse en leer sus libros de física popular para todo público Black Holes and Baby Universes and Other Essays (1993) o The Universe in a Nutshell (2001), ni siquiera los más accesibles The Grand Design (2010) y A Brief History of Time (1988), al igual que la serie de libros infantiles que escribió junto a su hija Lucy. En el último de los casos, la gran mayoría no sabe demasiado sobre su vida, nadie se molesta en indagar un poco. Pero cuando aparece una película sobre Hawking, afirmamos: “¡Qué actuación! Increíble, igualito a Hawking”.

Incluso, el caso de Hawking es particular. La gente suele refugiarse en las historias de superación todo el tiempo. Una rama muy exitosa de la autoayuda es el uso de historias reales de gente que supera condiciones difíciles, y no hay nada mejor para este propósito que el impedimento físico. Por eso triunfan las campañas motivacionales basadas en seres humanos con impedimentos físicos que han logrado superar estas dificultades y llevar una vida normal. Por eso surgen las autobiografías con títulos completamente intencionados como Logra tus sueños, Si lo sueñas, haz que pase o Nada es imposible si lo quieres. La superación suele ser física. Es aquí donde el caso de Stephen Hawking rompe el molde y tal vez sea la explicación de por qué nunca se le convirtió en historia de superación (hasta ahora). Hawking no corrió el maratón de Nueva York, ni escaló una montaña, la “superación” de sus dificultades fue meramente desde el conocimiento. Los logros de inteligencia son los que menos impresionan a las masas. Hawking superó las barreras impuestas por la enfermedad que padeció al seguir utilizando su cerebro, lo único que permaneció intacto, y lograr grandes avances en su campo: la física teórica. Incluso, al llegar el punto de no poder escribir ecuaciones, Hawking desarrolló su propio sistema de pensamiento a través de modelos geométricos que pudiese visualizar mentalmente.

Y con esto entramos al segundo problema de las películas biográficas: las historias como droga para hacer la vida más llevadera. La biografía es un género interesante. Muchas personas han llevado vidas llenas de acontecimientos interesantes y algunos escritores han emprendido caminos arduos para contar sus historias de forma excepcional. Nos gusta ver, saber, espiar. Somos curiosos y siempre vamos a los detalles más sórdidos de las vidas ejemplares que encontramos. Todos sabemos que ver una película es más fácil que leer un libro y por eso las biopics triunfan, nos dan la historia procesada, justo lo necesario para no tener que indagar más y pretender que sabemos. La biopic entonces jamás es juzgada en calidad de película, como obra artística, solo se consume como resumen necesario de una vida que nos llama la atención. Por esto es que todos parecen obviar que The Theory of Everything, más allá de la actuación de Eddie Redmayne y el score de Jóhann Jóhannsson, es en realidad una película bastante normal, no muy destacable.

El tercer problema con las películas biográficas es la priorización de la vida sobre la obra. Los personajes de los cuales resultan estas representaciones cinematográficas suelen haber hecho algo de cierta importancia. Ocurre que la mayoría de la gente se conforma con la vida y no llegan a la obra. Stephen Hawking es un ejemplo, pero dado que la física tal vez no es precisamente un interés de las masas, sería pertinente hablar de otra película. Pienso, por ejemplo, en Hitchcock (2012), la biopic sobre el director de cine Alfred Hitchcock interpretado por Anthony Hopkins. La película tampoco es “muy destacable”. Muchos de quienes se autodenominan “cinéfilos” se apresuraron a consumir ese último resumen sobre la vida del director, olvidando que lo que realmente importa de Hitchcock son sus películas. Y no, no hablo solo de Psycho (1960), The Birds (1963) y la imprescindible Vertigo (1958), hablo también de Rope (1948), The 39 Steps (1935), Dial M for Murder (1954), Rear Window (1954) y North by Northwest (1959), al igual que los episodios que dirigió de la serie de televisión Alfred Hitchcock Presents, por nombrar algunos de sus mejores trabajos.

Nada de esto significa que las biopics sean malas películas, muchas son extraordinarias (un modesto ejemplo: Raging Bull (1980), The Aviator (2004) y la reciente The Wolf of Wall Street (2013), todas de Martin Scorsese). Aunque sorprende que muchas de las mejores biopics no lo sean en lo absoluto, es decir, muchas de las mejores biopics son de personajes ficticios, lo que las hace no biográficas.

Cada día parece más marcada la búsqueda por el conocimiento resumido, recortado, en 140 caracteres o menos. Es realmente trágica la resistencia a profundizar en el conocimiento y el entusiasmo por la información superficial. Por esto la generación de nuestros padres celebra nuestra comprensión automática de las herramientas electrónicas y apoyan cómo parecemos “saber un poco de todo”, pero olvidan el peso de la palabra “poco” en esa oración.