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Roger Santodomingo

La biología del pensamiento político

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Continuando al artículo sobre “Los mitos del cerebro”, en esta entrega exploramos el trabajo del neurocientífico Nicholas Wright en el estudio de las decisiones políticas.

Nuestra biología influye en todos los aspectos de las decisiones que tomamos. Esta es la tesis central que sostiene Wright, del Carnegie Endowment for Peace, en Washington, donde es un pionero en el estudio nada menos que de la relación entre las neuronas y las armas nucleares.

Wright cree que la determinante influencia de la biología es especialmente crítica para nuestras perspectivas y decisiones económicas y políticas; por tanto, deben tomarse en cuenta a la hora de jugar a la disuasión nuclear.

Al conversar con Wright, es fácil concluir que el origen de su pensamiento innovador proviene de que es un verdadero geek de la neurociencia. Él no esconde su fascinación por los determinantes biológicos de nuestras actitudes políticas que otros analistas en el campo político verían con escrúpulos y desconfianza por dar demasiado peso a “nuestra naturaleza” en la toma de decisiones racionales.

Pero él es, en sus propias palabras, “un neurocientífico interesado en las predecibles irracionalidades que afectan el comportamiento político”.

Para Wright, “biología” se refiere a los sistemas de toma de decisiones en el cerebro, lo que incluye también ciertos sistemas regulatorios del cuerpo, como las hormonas (cualquiera que haya sido adolescente sabe el efecto que pueden llegar a tener en nuestras decisiones).

En fin, la biología afectaría por igual a reyes y mendigos, a empresarios inclinados a tomar riesgos, a trabajadores y servidores públicos, a los políticos y a la opinión pública.

Por ejemplo, véase la forma como Wright analiza el problema de la capacidad nuclear iraní.

Los iraníes creen que es su derecho tener una producción nuclear con fines pacíficos. Su gobierno está convencido de que es lo justo que se les permita enriquecer uranio para generar energía. Pero ¿por qué no un uso militar? ¿Por qué Israel sí, pero Irán no?

Para Wright, eso queda claramente ilustrado en las palabras del ministro de Asuntos Exteriores iraní Javad Zarif: “Imagina que te dicen que no puedes hacer lo que todo el mundo está haciendo. ¿Desistirías? ¿Cederías? ¿O te mantendrías en tu posición?”.

Para los iraníes no tiene lógica alguna arriesgar tanto por una capacidad de generación energética que apenas cubriría 2% de sus necesidades. Hay vías más económicas, menos traumáticas y peligrosas para conseguir lo mismo y más. Sin embargo, el régimen de los ayatolás opta por la actitud desafiante.

Está en su naturaleza, diría Wright: Los seres humanos están programados para pagar un precio muy alto para rechazar algo que consideran injusto con ellos, “es parte de su biología”. 

Imagine que, por escribir este artículo, alguien me da 10 dólares, pero para recibirlo debo repartirlo de algún modo con mi lector, entre usted y yo, como quiera. Puedo ofrecerle 2 dólares y quedarme con 8, a fin de cuentas suele ser más difícil escribir que leer. Pero usted dirá que, si nadie me leyera, nadie me ofrecería nada. En fin, si acepta el trato, ambos recibimos la cantidad de dinero que yo propuse. Pero si lo rechaza, ninguno de los dos recibe nada.

Si usted, lector o lectora, pensara lógicamente, claramente vería que se trata de escoger entre recibir dos dólares y no recibir nada, así que debería aceptar.

Pero usted sería la excepción. Según Wright, la gente no reacciona lógicamente. Cuando en este tipo de experimentos de comportamiento se le ofrece menos de 25%, la gente prefiere perderlo todo y rechaza el trato más de la mitad de las veces.

Este sentido de injusticia está cableado en el cerebro. Incluso, en experimentos con monos capuchinos, los simios han reaccionado de modo similar cuando se recompensa a un mono mejor que a otro por hacer la misma tarea.

La neurociencia sin duda es una de las áreas donde se demuestra la mayor sofisticación de la inteligencia humana: la capacidad para analizar el propio órgano que nos permite analizar las cosas. Su conclusión parece ser decepcionante: “Todos somos humanos –dice Wright–, por tanto somos animales y nuestros instintos afectan nuestras decisiones”.

Probablemente la neurociencia encontrará por este camino que el pensamiento y las creencias de los cristianos y judíos en Europa y Estados Unidos tienen más en común con los musulmanes en el Medio Oriente y los budistas en Asia de lo que normalmente se reconoce.

Pero una vez más, como una innovación con potencial desmitificador, la neurociencia corre el riesgo de crear su propio mito.

A fin de cuentas, los iraníes se están sentando a la mesa de negociaciones. Es útil tomar en cuenta los instintos animales de los líderes políticos, pero, probablemente, el tamaño y las capacidades de nuestro cerebro, esa gran diferencia que nos separa de otras especies, puede jugar un papel muy determinante. A veces nuestro cerebro también escucha razones.

 

@CodigoRoger