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Maximiliano Tomas

Una biografía oral del último gran escritor argentino

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Durante una entrevista le hicieron esa consulta que todo escritor debe escuchar alguna vez: le preguntaron por qué escribía. Y él, acostumbrado por los años a crear eslogans, dio una respuesta que lo acompañó hasta su muerte: "Escribo para no ser escrito". Para ser exactos, Rodolfo Enrique Fogwill, quien en determinado momento decidió comenzar a llamarse Fogwill a secas (la marca: otra vez el tic publicitario), escribía pero también vivía para no ser escrito. Con sus intervenciones públicas, sus artículos de prensa, sus gestos y movimientos construyó, a la par de una obra literaria hecha de poesía, cuentos y novelas, una biografía insoslayable. Pero aquel eslogan solo podía ser efectivo mientras él pudiera ejercer un control total: en el instante en que Fogwill murió, en 2010, dejó de ser el dueño exclusivo de la memoria de su vida. Ahora mismo, por ejemplo, hay al menos tres personas que se están ocupando de escribirlo. ¿Existe algún otro autor argentino que pueda lograr que se pongan en funcionamiento tres biografias suyas de forma simultánea?

El año pasado la escritora María Moreno y los periodistas Diego Erlan y Patricio Zunini se enteraron de que los tres estaban haciendo el mismo trabajo, biografiar a Fogwill. Zunini será el que muestre sus cartas primero: la semana que viene aparecerá Fogwill, una memoria coral, editado por Mansalva. Se trata de una biografía del autor de Vivir afuera y Los pichiciegos elaborada a través de decenas de testimonios, en la senda de aquella célebre historia oral del punk titulada Por favor mátame. El formato, en el caso de Fogwill, no podría haber sido más adecuado. El único riesgo era que, habiendo dejado tantas historias detrás de sí, narradas una y otra vez por sus conocidos, el libro terminara siendo una colección de anécdotas o una recopilación de registros condescendientes. Zunini, un entrevistador metódico y responsable, al que sobre todo le interesa escuchar, logró evitarlo. "Este es un texto coral que, sin la pretensión universalista de la biografía ni la ligereza del anecdotario, da cuenta de cómo la memoria colectiva recuerda (construye) a uno de los escritores argentinos más relevantes de los últimos treinta años". Eso es Fogwill, una memoria coral: la biografía de un escritor narrada por escritores, y por momentos también un libro conmovedor.

El libro comienza con el Fogwill publicista. La infancia, la familia y su juventud han sido elididas (el testimonio de sus hijos es quizá la ausencia más lamentable de todas) porque lo que importa aquí es la manera en que el protagonista se convierte en escritor. Y Fogwill lo hace con 38 años, después de obtener un premio literario convocado por Coca Cola con los cuentos de Mis muertos punk. Ese es el punto de partida, su nacimiento a la literatura. Es desde allí que el libro proyecta el itinerario a seguir hasta su muerte, tres décadas después. Avanzamos entonces por el retrato construido a través del testimonio de sus amigos (Sergio Bizzio, César Aira, Alberto Laiseca, Germán García, Oscar Steimberg, Ana María Shúa, Damián Tabarovsky, Francisco Garamona, Elvio Gandolfo, Pablo Gianera, Sergio Chejfec, Daniel Guebel, Fabián Casas y Damián Ríos), retrato que trazará un arco desde el joven publicista millonario y adicto a la cocaína al escritor consagrado que deviene, tardíamente, en un responsable padre de sus hijos, y una suerte de padrino de los mejores escritores jóvenes de la Argentina. En el medio, el viaje a la cárcel de Caseros por estafa y defraudación, la aventura como editor de autores como Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher, y la parábola del empobrecimiento material y el dudoso enriquecimiento simbólico al que suele conducir el oficio literario.

Los cazadores de mitos también tendrán sus recompensas. ¿Cómo dejar afuera algunas escenas que alimentaron el mito personal durante años? Fogwill encerrado en su departamento durante días, desnudo y escribiendo. Fogwill abriéndole la puerta a un joven estudiante de abogacía con una bayoneta en la mano. Fogwill perdiendo casas y dejando atrás mujeres, habitando una pensión minúscula a dos cuadras de Plaza Italia, comprando cocaína a los chicos de la cuadra desde un balcón. Fogwill haciendo un experimento sociológico: caminar a lo largo de la calle Florida con el brazo en alto, para ver cómo reaccionaba la gente. Fogwill entablando juicios a las editoriales que se atrevían a publicarlo. Fogwill fabricando nuevos autores, hablando sobre Mario Levrero hasta que las reediciones de Mario Levrero lo convirtieran en un clásico contemporáneo. Fogwill internándose por última vez en el Hospital Italiano, llamando por teléfono a cada uno de sus amigos, diciendo cosas como que se iba a visitar la quinta de Héctor Libertella (y Libertella había muerto cuatro años atrás).

Con el correr de las páginas, el cúmulo de definiciones va delineando a un personaje sumamente complejo, difícil de encasillar. Aun quienes lo preferían lejos, respetaban su obra y admiraban su inteligencia, a la que Daniel Link calificó de "alienígena": Fogwill producía en quienes lo rodeaban una mezcla de temor y reverencia. Y si imaginar un mundo habitado por más de un Fogwill sería insoportable, su impertinencia, su jovialidad, su voluntad de estar en todos lados e intervenir en todas las discusiones y su lógica del gasto, del derroche, nos enseña mucho acerca de lo que es la vitalidad. Alan Pauls, que trabajó como redactor para su agencia publicitaria y sufrió sus ataques años después, lo describe así: "Todo en él podía tener un doble sentido, ser verdadero y falso a la vez. Era como un personaje de Shakespeare: un ambivalente, un desconfiable. También un Rial formado por Carl Schmitt. Muy pintoresco, pero más allá de cierto umbral, agotador". Para Catón, su abogado, "era un punk que escuchaba Schumann". Marcelo Cohen lo define como "un hombre perspicaz, perentorio, un lector de una puntería alarmante, una presencia despiadada, temeraria, un desprendido de los que no hay y un manijero irritante, abierto y ególatra a la vez". El crítico Daniel Molina lo ubica entre los grandes nombres de la literatura argentina: "Tiene la impronta maldita híper genial de Sarmiento, de saber todo, mezclar todo, esa cosa performática, tanto en la escritura como en el cuerpo. Fogwill es Sarmiento". Para Sergio Chejfec "era como un sabio de gabinete enciclopédico echado a andar por las calles". Y para Guillermo Piro "Fogwill era un lector como no existe otro. Quizá haya escritores buenos. Pero un lector así se perdió".

Fogwill, que sufría de un enfisema pulmonar, viajó a un festival literario en Montevideo el 5 de agosto del 2010. Murió pocos días después de su regreso, el 21. Para muchos, ese viaje fue lo que terminó de arruinar su salud. El escritor y crítico español Antonio Jiménez Morato, que compartió parte de esa estancia con él, hace una detallada narración de cómo fueron esos últimos días. Pasó mucho frío y volvió desmejorado. Gandolfo asegura: "Tranquilamente podría haber vivido dos o tres años más de no haber ido a Uruguay". Con Fogwill, finalmente, pasa algo muy extraño: son muchos los que aseguran seguir viviendo como si existiera (el editor Francisco Garamona, el artista de Mondongo Manuel Mendanha, el propio Bizzio), dialogando imaginariamente con él. En la anteúltima página del libro, el editor Luis Chitarroni concluye su testimonio con una pregunta que no deja de tener vigencia: "¿Cuánta gente sabe quién es Fogwill hoy?". Fuera del círculo literario, seguramente muy pocos. Fogwill nunca fue un autor de grandes ventas. Pero esa es una deuda que el tiempo y los lectores deberán saldar. Quizá la aparición de este libro, que parece clausurar la construcción de su figura pública, contribuya en parte a ese movimiento.