• Caracas (Venezuela)

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Itxu Díaz

A un bigote pegado

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Claudia tenía los ojos empapados. Aquella noche no pudimos dormir. Madrid estaba espeso y húmedo y era lunes. Los bares cerraban antes que los amigos. Las copas estaban más caras que la hora de trabajo de cualquier periodista honrado. Llegamos a pedirnos algo en un café que no existía y me lo contó todo. Venezuela era su vida, su amor y su patria, y este trabajo torcido en la Gran Vía, su agonía. Quería volver a volver. Papá, mamá, su hermana, y Lorenzo, un adolescente moreno –me lo mostró en Facebook- con aspecto de haber nacido para ligarse a Claudia y llevarla en brazos hasta el altar. Allí estaban todos en la foto, esperándola. Con la sonrisa del que se esfuerza por salir con cara de que todo va bien, cuando es obvio que todo va mal. Lo último que te esperas cuando logras sobrevivir a Chávez es que aparezca un bigote tan ridículo precediendo a un rostro tan obtuso como el de Maduro, con la absurda pretensión de querer gobernarte. Para poder gobernar Venezuela, Nicolás antes debería saber adiestrar su bigote, que hace mucho tiempo que reina la anarquía sobre su hocico, que no hay manera de consolidar la pelambrera totalitaria que adorna su presunta cabeza.

Hace unos días detuvieron al jefe de Lorenzo, el amor de Claudia. Todos los primos de mamá Claudia se han vuelto enemigos. Y a papá se le ha empobrecido el futuro, y sólo contempla la melancolía que se esconde entre los hielos de su copa de ron. Qué danza tan trivial mientras el país se hunde otra vez. Qué rojo se ha vuelto el cielo azul. Qué poco les ha costado cubanizar lo que tanto costó venezualizar.

La revolución está bien hasta que te arrebata lo que eres. Entonces, dejas de ser, y tu futuro se funde entre la niebla de la ciudad. Y todo pierde importancia. Todo, menos la libertad. 

Lo he contado. Era lunes. Claudia consultaba su correo con media sonrisa. Muchos testimonios. Muchas fotografías. Muchos amigos dejándose los días fáciles atrás y planeando tiempos peores, que es lo que hacen los valientes cuando algo que ya no se puede torcer se empieza a torcer. Suena el gong, nos cierran bares y se nos acaban las copas. Pero Claudia tiene que escupir su resignación, no puede seguir alimentando ese horror en su interior. Somos tres o cuatro amigos los testigos. Le dije entonces que hablara con libertad, que no lo escribiría. Y aquí estoy, ganándome su amistad.

La primera luz de la mañana vuelve rosa la ciudad y sus rascacielos hacen sombras gigantes en nuestro camino, titubeante en la línea de la estética tonta, sólido en los principios. Estamos con la libertad. Con los buenos. Con los que dejan pensar. Con los que brindan por lo que nos une, dando por supuesto que en condiciones normales, todo nos separa.

Esta ciudad tiene estas pequeñeces que hacen que valga la pena asquearse la existencia sobre sus sucias aceras. Claudia paladea cada confesión en esta noche inolvidable. Escuchamos sin entender nada, pero queriendo saberlo todo. Caracas debió ser otra cosa antes de todo esto. Cuba debió ser un lugar estupendo para vivir, antes de que para vivir hubiera que volverse estupendo en Cuba. 

Corren las copas y las cuentas y a nadie importa si alguno de esos euros perdidos en ron financia la revolución. Para revolución la que está provocando el alcohol en nuestras cabezas, ahora que Maduro amenaza con la ley seca. Sólo un tipo sin principios puede decretar algo así en Semana Santa y presumir de católico. Da igual que la iniciativa no sea suya. Un católico jamás se empeñaría en encumbrar al abstemio. Si algo ha enseñado el catolicismo al mundo es a sentir un respeto reverencial por el vino. Incluso el gobernante más sieso del universo se desmelenó en una ocasión y lo gritó: ¡Viva el vino! 
Claudia se pide otro mojito y la camarera reconoce su acento. Charlan en clave y no entiendo nada. Por lo que oigo, ambas eran amigas de una de esas chicas preciosas a las que el comunismo oficial arrancó la vida de un tiro en la cara. Venezuela es lugar de ron delicioso, y de mujeres guapas y libres. No de tiranos totalitarios. Y eso no hay bigote que lo mueva. Por mucha sangre que corra. 
Así, brindamos por Claudia y por la niñez de sus mayores. Nos echan de los bares porque es lunes. Ella, los ojos brillantes y eternos, me vuelve a pedir que no lo escriba. Pero tengo que decirlo. Tengo que contarlo. Perdóname esta vez, Claudia.