• Caracas (Venezuela)

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Miguel Ángel Cardozo

Nada, pero nada bien

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Nada bien les queda a los miembros de la tiránica cúpula de este nefasto régimen hablar de respeto a las expresiones de la voluntad de la ciudadanía venezolana mientras, con el mayor caradurismo, se valen de las peores artimañas para desconocerla, creyendo asegurar con ello la perpetuación de la espantosa pesadilla a la que llaman “sueño” –este último, por cierto, concebido por ellos como una vida de fácil enriquecimiento y obscena concentración de “poder” a expensas de las penurias de la que tan solo consideran como una desechable masa de indistinguibles rostros–.

Nada bien les queda a los opresores tratar de componer, con palabras incluso de la oposición, un discurso reivindicatorio de sus supuestos derechos mientras por cualquier medio –y al costo que sea– intentan obstaculizarles a millones de venezolanos el ejercicio de los que sí revisten una legitimidad de la que aquellas espurias pretensiones no constituyen ni difusas sombras.

Nada bien les queda pontificar sobre la democracia mientras buscan resucitar superados temores a la pérdida de inexistentes beneficios, en el seno de una sociedad a la que ya mucho le han arrebatado, echando mano del absurdo recurso de la revelación de lo que desde un inicio ha sido orgullosamente público, esto es, la elocuente participación de un importante número de venezolanos en la primera de las tantas etapas establecidas por unos cuestionables “árbitros” para la activación de un pacífico mecanismo constitucional, el referéndum revocatorio, al que la propia Constitución no coloca ninguna de las trabas que aquellos quieren imponer cuan leyes escritas en piedra.

En fin, nada bien les queda a los lobos, después de más de tres lustros de incontables abusos, cubrirse con las mal desempolvadas pieles de los corderos que, tal vez por la crasitud acumulada tras tantos años de orgiásticos festines y prolongados descansos sobre mullidos almohadones, ni disimulan como antaño su verdadera naturaleza –si es que alguna vez lo hicieron– ni contribuyen a recrear aquellas puestas en escena propicias para la obnubilación que actuales histriones como Pablo Iglesias recuerdan.

No, no les queda nada, pero nada bien.