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Sergio Dahbar

La bicicleta de Covey

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Siempre llamará la atención la forma en que muere un hombre. De pie, mientras duerme, o en el centro de una tragedia. Uno de los gurús de management más exitosos de todos los tiempos, Stephen Covey, falleció el 16 de julio pasado, después de caerse de su bicicleta, a los 79 años de edad. Odiaba la idea de retirarse a los cuarteles de invierno.

Quería pedalear hasta el final y lo logró. Tuvo motivaciones profundas. El libro Los siete hábitos de la gente altamente efectiva vendió más de 20 millones de ejemplares. De sus otros títulos, 3 vendieron al menos 1 millón cada uno. Cifras que refieren el alcance de su mensaje.

Y su centro de liderazgo Covey (ahora parte de una empresa llamada Franklin Covey) asegura tener entre sus clientes a 30% de las 500 empresas más grandes del mundo que escoge la revista Fortune.

Siempre sentí desconfianza por todos los gurús de la motivación religiosa y empresarial, pero especialmente por Covey. En nuestra cultura popular –que no deja títere con cabeza– su apellido era fácil de asimilar a la palabra “coba”, esa “adulación o alabanza fingida, con el fin de obtener un resultado”, como informa el diccionario. ¿No era eso lo que este americano profundo finalmente se encargaba de vender?

Alguien con buen humor diría que sí y que no. El corazón de su mensaje era antiguo. Tanto que resultó visionario cuando los siete hábitos fueron promocionados por primera vez en 1989.

Mientras otros especialistas en vender mejores prácticas del management se mostraban atraídos por fórmulas para construir la organización eficiente, Covey apareció con un discurso opuesto: carácter personal, propósito y disciplina eran los principios que importaban.

Para Covey los trabajadores no significaban un engranaje dentro de una máquina que funcionaba con castigos e incentivos, sino individuos a los que había que tomar en cuenta.

Este gurú tuvo 2 influencias que pueden resultar obvias, porque lo son, pero también llamativas. Una era Peter Drucker, otro teórico sobre asuntos empresariales, que en 1967 planteó que “la efectividad… era un hábito”.

La otra vertiente de su formación fueron nada menos que 2 siglos de literatura de éxito que leyó para escribir su tesis doctoral. Ahí descubrió que en los primeros 150 años de la República los libros de autoayuda de la época enfatizaban principalmente la construcción y el dominio del carácter. Con la Segunda Guerra Mundial aparecieron cualidades superficiales como la apariencia y el estilo.

En su cuartel general en Utah, Estados Unidos, Covey enseñaba a ser más efectivo. Los ejecutivos veían películas de la caída del Muro de Berlín. Leían a Platón y Confucio… Discutían dilemas sobre empresas que tienen alto desempeño de negocios y relaciones personales destruidas.

Recibían lecciones para administrar su tiempo y ordenar sus prioridades usando el sistema de organización patentado por Covey. Escalaban una montaña cercana. Y por encima de todas estas experiencias, estallaban y se ponían a llorar. Ahí la cosa se ponía intensa.

En sus profundidades latía una fe mormona. Covey trabajó en Inglaterra como misionario a los 20 años y hablaba en la calle con la gente. “Me enseñó cómo hablar en público y a interactuar con una audiencia”, repetía. Ese entrenamiento le sirvió para atraer multitudes. Cosa que Mitt Romney, contendiente republicano de Barack Obama, nunca aprendió en su Misión Mormona en Francia.

Pero hay que reconocer que la forma en que Covey revistió su discurso caló en muchos ejecutivos que creían en él. Aun cuando la idea de que combinar a mucha gente eficiente era garantía para lograr un negocio exitoso fue un fracaso en su propia fusión Franklin Covey.

Al final Covey advirtió un octavo hábito de la gente altamente efectiva: “Encuentra tu voz e inspira a los demás a encontrar la suya”. Quiere decir muchas cosas, que pueden ser distintas. Pero lo cierto es que este mormón creía en sus ideas. Ahí quedan 52 nietos a los que les dedicaba un día a la semana sin distracciones, lo que todo abuelo que se precie debería legarle a su descendencia.