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Eduardo Semtei

La bicha: una constitución de goma

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S i algo debemos admitir, aun a regañadientes y no exentos de vergüenza, es que Chávez ha hecho en Venezuela lo que le ha venido en gana. Sus caprichos son leyes. Sus antojos y manifestaciones de megalómano se tornan decretos oficiales. Sus desvaríos, edictos.

Todo comenzó con el juramento sobre la Constitución moribunda. Logró convencer y enamorar a los llamados "notables", esos feroces antipolíticos que acorralaron a Carlos Andrés Pérez, convertidos en un santiamén en mansos corderitos, callando y comiendo obedientemente el pasto del desprecio de la mano del recién estrenado presidente.

Ay de ellos. Asistieron como embobados a las primeras reuniones en Miraflores, donde le reían a mandíbula batiente las ocurrencias del sabanetés.

Tomando sus cafecitos. Poco a poco los fueron borrando del listado de invitados. Cada vez eran menos los notables seleccionados. No notaron la soga sino cuando les apretaba salvajemente el cuello y los testículos.

Entonces empezó la cambiadera. Primero el nombre de la nación. República Bolivariana, y por ese despeñadero se fueron todos. Estado Bolivariano de Miranda. Municipio Bolivariano Libertador. Tornillo sin fin. Papá, dijo la niña, no me gusta el caballito en el escudo.

Santa petición. El caballo fue cambiado y la niña complacida. Ahora que lo veo, con la sabiduría del tiempo, reconozco que fue una burla monumental. Un feo lunar en el rostro de la democracia.

Vestidos de blanco y con gestos teatrales abrieron el sarcófago, más bien profanaron, la tumba del Libertador para satisfacer no sólo una especie de curiosidad morbosa, sino para dar rienda suelta al paroxismo según el cual Bolívar fue envenenado por Santander y Páez.

La Fiscalía abrió una investigación. Qué locura. Le guindó la octava estrella a la Bandera Nacional para encarnar, en sus pasiones oníricas, el papel de Simón Bolívar.

Una oposición enloquecida, gerenciada por muchos de aquellos que, precisamente, habían preparado un reconstituyente caldo de cultivo donde más tarde engordaría el rojo-rojismo, arremetió contra Chávez de forma alocada; preparando y ejecutando un tragicómico golpe de Estado, en el que nunca se supo quién era quién. Una huelga petrolera disparatada, cuyas consecuencias inmediatas fueron una peregrinación y un calvario para la inmensa mayoría de los venezolanos. Terminaron los disparates de los capitanes opositores en un llamado a la abstención parlamentaria que más caro no puede haber salido.

Pero volviendo al meollo. Se levantó el hombre un día y ordenó salirse de la Comunidad Andina de Naciones por el puro gusto de polemizar con Uribe y con Alan García. En ese mismo acto decretó nuestro ingreso al Mercosur. Salió mal parado en el referéndum constitucional, pero igual fue deslizando cada uno de los artículos, negados en libres comicios, dentro de la vida cotidiana, con leyes espurias, en la práctica innoble de estirar la Constitución hasta convertirla en un norma de goma, elástica, maleable, acomodaticia.

Con la chequera petrolera a su disposición, miles de millones de dólares, compró conciencias, voluntades, artistas, escritores, presidentes, cineastas. Mintió descaradamente cuando dijo que estaba sano, curado. Mintió nuevamente cuando dijo que iba a disfrutar de unas sesiones de cámara hiperbárica en Cuba. Ante la realidad de su dolencia, pidió claramente que si no regresaba al poder se realizaran elecciones con Maduro como su candidato y heredero. Su último deseo no está siendo cumplido.

Maduro será ciertamente el presidente en ejercicio, pero no por la vía electoral, sino por los malabarismos de la Asamblea Nacional y las prestidigitaciones del Tribunal Supremo de Justicia. Una mascarada. Finalmente lograron su cometido. Una Constitución laxa. Ya nada puede asombrarnos. Y al final un permiso indefinido que, por cierto, nadie pidió, adornado con una sentencia predecible y complaciente.