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Elías Pino Iturrieta

El beato del nido de avispas

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Cuando Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano, su amigo el obispo Montini dijo: “Este muchacho no sabe el nido de avispas que está despertando”. Conocedor de las intrigas palaciegas desde sus pasos de funcionario de la Secretaría de Estado durante el pontificado de Pío XII, consideró la reunión ecuménica como una temeridad capaz de encrespar los ánimos de una jerarquía conforme con la ausencia de sobresaltos. Tal vez no pensara entonces que quedaría en sus manos la continuación de las reformas iniciadas por el “muchacho”, a quien sucedería con el nombre de Pablo VI en un tiempo de turbulencias capaz de provocar el naufragio de cualquier intento de renovación en el seno de la Iglesia.

Sin el imán personal que lo convirtiera en ídolo de multitudes, el papa Montini no tuvo la prensa que favoreció con creces a Juan Pablo II y ahora persigue a Francisco. Ha sido pasajera noticia debido a su beatificación, ocurrida el pasado domingo, pero las reformas que en la actualidad pretende un pontífice “venido del fin del mundo” solo pueden convertirse en realidad por la acción de quien ha sido subestimado por los pescadores de atracciones. Abundan las referencias sobre su encíclica Humanae vitae, opuesta al control de la natalidad y capaz de provocar reproches ante lo que se consideró como un divorcio del espíritu secular que ya predominaba, mientras se soslaya un legado que abrió el camino para el futuro que pugna por establecerse hoy bajo la dirección de Bergoglio. No es malo salir del aldeanismo que hoy distingue a la política venezolana, de la carencia de coraje, para mirar hacia este hombre gracias a cuya voluntad se pudo iniciar un ciclo diverso de la historia universal.

¿Qué le debemos? Que se estableciera una mediación gracias a cuyo efecto se evitara que las turbulencias del siglo XX arrollaran a una institución decaída y amenazada por la indiferencia de sus criaturas. En la encíclica Populorum progressio, doctrina susceptible de llamar la atención de las potencias más engreídas, reclamó el establecimiento de un sistema económico puesto al servicio de la humanidad. Con la liquidación de la nobleza romana le quitó ínfulas a la corte pontificia. El establecimiento de la jubilación de los cardenales por motivos de vejez y la mayor inclusión de purpurados provenientes de regiones consideradas hasta entonces como periféricas, detuvo una alarmante decrepitud. Gracias a la eliminación del Índice de Libros Prohibidos, abrió senderos de democratización y de proximidad a lo laico que permanecían clausurados desde el siglo XVIII. Su contacto con el patriarca Atenágoras puso fin al cisma de las iglesias de Oriente y Occidente, que continuó con el acercamiento al clero anglicano; pero, especialmente, temeridad impensable en la víspera, a la fe y a la cultura judías, con las cuales comenzó un diálogo que no permaneció en los confines de la retórica. El cambio de la misa tridentina, después de 400 años de vigencia, hizo posible la participación popular en los pasos de la liturgia y la animación de los templos debido al auxilio de la música folklórica y pop, que le propinó un histórico puntapié al fastidio de las celebraciones gélidas e incomprensibles. Realizaciones de envergadura y sucesos aparentemente triviales, sin los cuales nadie puede pensar que un papa de la actualidad pueda resolver los problemas que reclama una sociedad cada vez más libre de ataduras.

¿Alguna otra cosa para la memoria, sin considerar las que dejó de hacer? Sus palabras ante el asesinato de Aldo Moro, jefe del gobierno italiano y su compañero desde la juventud, con las cuales se atrevió a perdonar a los asesinos, unos malhechores de las Brigadas Rojas, “por el ultraje injusto y mortal inflingido a este hombre tan querido”; pero también a reclamarle a Dios por haber permitido la desaparición de un “un hombre bueno, apacible, sapiente, inocente y amigo”. La multitud que colmaba la basílica de San Juan de Letrán o presenciaba el acto en los aledaños, guardó respetuoso silencio ante el único gran discurso que tal vez pronunciara un anciano que después se encerró en el mutismo. Hoy Bergoglio lo convierte en beato, seguramente por la calidad de sus virtudes, pero también porque necesita su recuerdo de renovador.