• Caracas (Venezuela)

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Milagros Socorro

La bata encogida

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Necesitaba ayuda en casa. En los últimos años ninguna empleada doméstica dura en el puesto. Un día, la empleada de una amiga me ofrece los servicios de alguien que busca un día para completar su semana laboral. Me apunto con interés. La candidata resultó ser la madre de la trabajadora.

Así llegó Francisca hace poco más de un mes. Cuando la vi pensé que sería incapaz de levantar una alfombrilla para remover el polvo. Es una mujer pequeñita y delgada. Con una cabeza diminuta donde destellan unos ojitos impertinentes. No me dejó reaccionar. Se coló en la cocina y me preguntó a quemarropa si yo le “reconocería” su trabajo después de que ella dejara de cumplir con la prestación. No entendí. Estuvimos más de media hora en el tira y encoge hasta que le propuse que en algún momento llamáramos a su hija para me explicara cuál era su exigencia.

Me vine a mi estudio a escribir y de pronto me cayó la locha. 

–Francisca, –le dije entrando a la cocina, donde ya ella estaba removiendo escobas- ¿lo que tú quieres saber es si yo voy a cumplir con la ley, que establece el pago de unas prestaciones sociales para las trabajadoras domésticas?

¡Era eso! Ella quería saber si yo me atendría a la ley. Le dije que me parecía increíble que planteara eso como interrogante.

A los pocos días, distantes entre sí por una semana, ya teníamos un diálogo. Francisca tiene más de 70 años. Hace 48 años que llegó a Venezuela, proveniente de un pueblo en las inmediaciones de Barranquilla.

A comienzos de esta semana, en prueba de que me había aceptado (y, por tanto, dejaría en mi casa una tenida de faena), se trajo una bata. Vi cuando la sacó de la bolsa: recién lavada y con un muñeco, quizá un Mickey Mouse, pintado al frente.

–Pero, bueno –la oí exclamar al rato- de qué tamaño se ha puesto esta bata…

Efectivamente, era una especie de cota, que apenas le cubría los muslos. Me reí ruidosamente y le hice bromas acerca de los riesgos de andar por ahí enseñando las nalgas a maridos ajenos. Me amenazó con replicar cierta situación de un programa humorístico en el que una “descarada” finge limpiar el piso mientras se contorsiona para exhibirse. Francisca es de esas personas cuya dignidad resplandece en las condiciones que sean, de manera que con aquel trapito no lucía estrafalaria sino más bien como una Juan de Arco que al mudarse al trópico hubiera cambiado la armadura por el algodón.

Ya volvía a mi estudio con el enésimo vaso de agua cuando empezó a contarme algo que le había ocurrido y que le perturbaba el ánimo. Estaba muy seria. Su expresión contrastaba con la facha que le daba aquella bata absurdamente corta. Me explicó que trabaja con una familia desde hace años. Décadas, más bien. Había entrado a un cuarto donde se encontraban dos miembros de esa familia, que conoce a la perfección, en el momento en que conversaban sobre las protestas. La persona mayor la sondeó sobre el clima del barrio donde vive Francisca y de Petare, por donde debe transitar cada día. En ambos casos, ella reportó que estaban “tranquilitos”. Ante esta imagen, la interlocutora más joven le dijo a Francisca que esa “impasividad” se debía, de seguro, “a que Maduro les reparte bolsas de comida”.

La última frase la pronunció con la boca torcida, recogida como en una puntada torpe que las monjas mandarían a rehacer.

–Me cayó tan mal –me dijo con expresión muy seria-. Es una ofensa. Tuve el deseo de dejar el coleto allí mismo e irme de allí. Y si no lo hice fue por mi educación. A mí nunca me han dado una bolsa de comida. Yo siempre he trabajado por mi comida y la de mis hijos. Eso es una humillación.

Con voz baja como si estuviéramos cuchicheando acerca de la vecina, le pregunté por qué en su barrio no protestan, habiendo estudiantes como en todas partes. Me miró fijamente, con la boca apretada. Parecía una ilustración de un libro de Antropología, tan pequeña, con aquel vestidito como donado a las misiones en África y con esa cara grave de chamana, de ser la última hablante de una lengua arcana. 

–Los muchachos del barrio no protestan porque dicen que no van a salir para que los maten. Ellos saben que eso puede pasar.

No quiso extenderse más en el punto. Lo que la ocupaba era la indignación porque alguien había sugerido que a ella le “dan bolsas de comida” y que, encima, con eso se apropian de su voluntad.

Esto me pareció más importante que todas las divisiones en el seno de la oposición. Tuve la certeza de que esa sensibilidad, ese pundonor, ese orgullo, puede ser una especie de estrella polar que nos oriente en la ruta a seguir para llevar a Venezuela a puerto seguro.

Me pareció tan sencillo, tan confiable. Creo que si oyéramos más a Francisca, si nos detuviéramos a escuchar el susurro de su dolor, estaríamos más cerca de dar con una cartografía inexpugnable.