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Rodolfo Izaguirre

El barranco

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En tiempos de Johnny Weissmuller, Tarzán, el hombre mono de sus seis primeras películas de la Metro y las otras seis de la RKO, nos acostumbramos a ver a los africanos, es decir, a los animales de carga del safari británico o de la presunta expedición colonial que solo busca el marfil oculto en la Scarpa Mutia, la montaña sagrada donde van a morir los elefantes, resbalar por el borde del desfiladero y caer al abismo con el enorme peso de la carga sobre sus espaldas. ¡Aún escucho sus gritos de pavor, pero sin sentir ninguna piedad o conmiseración porque el cine lograba que sus muertes fuesen vistas como algo normal, anónimas, inevitables, visualmente atractivas y pintorescas! La fertilidad imaginativa de Hollywood, entonces abiertamente racista y colonial en aquella África de cartón piedra, nos excluía de la obligación de sentir solidaridad por las víctimas del safari. Desde entonces, y por alguna misteriosa razón o por simple gusto por la espectacularidad, los guionistas del cine de aventuras prefieren los precipicios y acantilados antes que los barrancos. Salvo los crímenes crapulosos en los que el asesino en serie tira los cuerpos de sus víctimas a un miserable barranco, serán los precipicios, abismos y acantilados los que disfrutarán el mayor protagonismo. 

Por eso se afirma que es la profundidad de los abismos, más que la de los barrancos, la que establece una analogía con el reino de la muerte. En los sueños placenteros o en las pesadillas más escalofriantes, los abismos conjuran el vasto y poderoso universo del subconsciente visto como una invitación a precipitar la muerte del alma, y a exorcizar a los fantasmas. No ocurre así con los barrancos porque estos no tienen la altivez y profundidad de los abismos y acantilados. Lamentablemente, el barranco es apenas un despeñadero, el paso de las cabras, un talud, la penosa consecuencia de un deslave, el derrumbe en la carretera, la simple falla de borde, la torpeza política de Nicolás Maduro.

Paradójicamente, el ordinario fascista que fue Marcos Pérez Jiménez, en su derrumbe político, creyó que se salvaba de caer por el barranco y no fue así. Mientras más se elevaba la Vaca Sagrada en la que escapaba como un rufián, más inexorable se presentaba su barranco. Siguió cayendo en él porque se dio cuenta de que había dejado en tierra la maleta llena de dólares robados. Lo que revela que no hay peor barranco que la miseria de la desvergüenza.

El régimen militar bolivariano se asomó y comenzó a caer no en el precipicio del safari sino en el sucio barranco de sus despropósitos desde el preciso momento en que apareció Hugo Chávez derrotado a sí mismo en el nefasto golpe militar que urdió contra un presidente legalmente elegido. Luego, su ectoplama, o lo que quedó de él, toda una parafernalia de fotos y dudosa simbología acabó de rodar por el talud de los atajaperros con gran ruido y aparato empujado brutalmente por la paliza electoral del 6 de diciembre convertida en plebiscito y por la “limpieza icónica” que personalmente, y sin delegarlo en ninguno de los empleados del aseo, ordenó Ramos Allup en el hemiciclo. Nicolás Maduro comenzó a ver y sentir la cercanía del barranco que ya se había evidenciado desde que se iniciaron las expropiaciones, las invasiones, desalojos y abandono de las haciendas y empresas prácticamente “robadas”; los desmembramientos institucionales, las intervenciones sindicales, el oscurecimiento del conocimiento universitario hasta llevar a la miseria a la clase media pisoteando desde Miraflores a los poderes Legislativo y Judicial.

El país cayó no en el barranco por el que sigue rodando el régimen sino en el precipicio sin fondo de nuestro desamparo. En el abismo en el que muchos tratadistas sitúan la zona más profunda del  infierno, la más innoble y desaforada, la menos visitada o recorrida eventualmente y con asco por el amo de la comarca en llamas. Allí estamos cayendo mientras el régimen se desbarranca sin poder agarrarse siquiera a una rama seca. Todos sabemos, desde hace tiempo (también lo sabe el propio régimen), que el gobierno está quebrado, perdido en su propio abismo, en la oscuridad, muerto políticamente, desvinculado de la gente que alguna vez creyó en él y votó en contra expresando su rechazo a la criminal torpeza que en poco más de una década descuartizó al país en lugar de enaltecerlo. Lo más patético es que se trata de un régimen que no tiene dinero por haberlo despilfarrado; tampoco tiene tiempo porque lo malgastó sin alcanzar ninguna gloria y solo muestra a un líder muerto aunque insista en perpetuar su imagen en nefastos rituales necrofílicos con los que se pretendía resucitarlo y dos ojos suyos que estuvieron acechándonos inútilmente desde el tarjetón electoral.