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Juan Esteban Constaín

El baño público

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Parece ser que hace una semana la noticia del día, el trending topic, fue la esposa de James Rodríguez. Yo estoy de viaje y casi sin internet, así que no pude ver bien qué fue lo que pasó. Pero según entiendo algunos tuiteros, o cientos de ellos en España –la siempre prudente y lúcida España–, le dijeron a bocajarro no sé qué sandeces: que era fea, que parece un hombre, que no es una modelo. Todo esto después de la presentación del crack como nuevo jugador del Real Madrid.

No conozco a la esposa de James, claro que no, pero estoy en total desacuerdo con los tuiteros que salieron a burlarse de ella. La veo en sus fotos y me parece una mujer muy atractiva y amable, feliz, tranquila. No lo sé ni me importa. Además ella misma se encargó de cerrar toda discusión con un mensaje de su propia mano: “Disculpa si no cumplo tus expectativas. Mis prioridades es cumplir las mías”. Guante de seda recién afilado; una dama.

Porque además la discusión no es esa. Es más: la discusión es que no debería haber ni siquiera una discusión, ninguna. Si la esposa de James es fea o bonita, gorda o flaca, negra o blanca, hombre o mujer, alta o bajita, es un asunto solo suyo, y nadie tendría por qué ocuparse de él con tanto interés y tanto detalle y tanta saña. Nadie tendría por qué ocuparse de él, y punto. La vida de los otros se nos vuelve un tema recurrente cuando la nuestra no merece serlo ni siquiera para nosotros mismos.

Claro: es una tontería y un problema sin importancia que se resuelve con desdén o con humor. Despreciando a quienes parecen tan orgullosos de exhibir en público su idiotez, o ahuyentándolos con sarcasmo y con benevolencia, sin tomarse nada demasiado en serio. Como hizo la esposa de James, o como hizo el riquísimo Pepe Sierra en la trillada anécdota del que le corregía la ortografía de la palabra ‘hacienda’, hasta que él le dijo: “Mire: yo tengo miles de haciendas sin ‘h’. ¿Cuántas tiene usted con ella?”.

Sí: podríamos dejar la cosa así y ya, no pasa nada. Pero en el fondo sí pasa. Porque uno de los peores rasgos de nuestra época, el más agresivo y diciente, está quizás en esa idea atroz de que todo el mundo puede ir por el mundo diciéndolo todo, y cuanto más duro y más alto y con más infamia, mejor. Sin consideraciones de ningún tipo, sin respeto ni compasión. Como si opinar fuera obligatorio, en especial cuando las opiniones están emponzoñadas por la mala leche y la envidia y la necedad.

Y la verdad es que todos hemos pisado alguna vez la trampa: todos, en mayor o menor grado, hemos dejado que de nuestra boca o nuestros dedos vuelen las moscas, arrastrados por el espíritu de turba que en ocasiones caracteriza a las llamadas ‘redes sociales’. Las cuales son sin duda un gran invento, sin duda, pero en las que también se ve mejor que nunca el lado oscuro de la opinión pública, su doble filo: sus odios y sus resentimientos, su propensión al fanatismo y al linchamiento.

¿Que es inevitable e incontrolable? Sí, lo es. Pero no siempre, por fortuna. Hace unos meses, la estupenda Mary Beard, una de las mujeres más inteligentes y hermosas del mundo, fue víctima del matoneo virtual de unos cafres que se reían de su apariencia en un programa de televisión. Ella les respondió con tanto encanto y tanta gracia que los pobres tuvieron que pedirle perdón en el acto, y luego salieron corriendo con el rabo entre las piernas.

Internet es el sueño cumplido de la Ilustración, pero puede ser también su peor pesadilla: un mundo enciclopédico en el que todos los saberes están al alcance de la mano, mientras todas las manos están al acecho de las piedras.

Nadie pide la abdicación del ingenio. No. Solo que el mundo no se vuelva un baño público.

catuloelperro@hotmail.com

Juan Esteban Constaín