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Sergio Monsalve

La balada de un hombre común

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Los hermanos Coen no se doblegan ante las exigencias de la industria. Hacen un cine independiente poblado por almas torturadas, perdedores y antihéroes.

Irrumpen en los años ochenta con Sangre fácil, una revisión irónica de los códigos del film noir. Desde entonces, cultivan el género de la tragicomedia para develar las luces y sombras del sueño americano.

El espíritu del absurdo gobierna el trazado ético y estético de la mayoría de sus largometrajes. En tal sentido, puede explicarse el origen de títulos como Educando a Arizona, Fargo, Temple de acero y Barton Fink, caracterizados por el manejo de una violencia estilizada e inesperada.

De igual modo, los directores son proclives a exponer los dilemas morales del desmedido afán de lucro. En Sin lugar para los débiles y El amor cuesta caro, el dinero ejerce una presión negativa sobre los protagonistas de la trama.

Otra constante, en la obra de ellos, viene a ser la omnipresencia de una atmósfera melancólica y pesimista. Es el caso de El hombre que nunca estuvo, elogiada por su fotografía en blanco y negro.

Bajo el mismo clima depresivo, llega a la cartelera La balada del hombre común, la nueva cinta de los realizadores, injustamente ignorada por la Academia.

En ella, los autores le pasan factura a la escena de la música alternativa, de ayer y de hoy. La pieza transcurre en los años sesenta, pero parece traducir el clima retro del actual movimiento hipster.

El guión disecciona la accidentada vida de un solitario cantante de folk, asediado por el fantasma de la crisis. Oscar Isaac lo interpreta de forma convincente y afinada, mientras de fondo escuchamos las ejecuciones de T Bone Burnett, responsable de la soberbia banda sonora.  

Por su parte, Bruno Delbonnel asume el trabajo del montaje de los encuadres, a efecto de conseguir una atmósfera gélida de colores grises, azules y marrones.

En paralelo, varios detalles realzan el desarrollo del conflicto.

Por un lado, el libreto cumple con humanizar y dignificar la figura del artista desvalido, condenado al ostracismo por los dueños del negocio. Se establece una clara diferencia entre la originalidad compositiva y la burda copia para vender discos a un público adocenado. La película rinde  tributo a la balada de un hombre común, inspirada en las memorias de Dave van Ronk.

El argumento circula por la vía de la road movie, una carretera dominada por el temple parsimonioso de los creadores de la fábula, cuyos secundarios enriquecen una fauna de arquetipos bizarros, como el yonqui encarnado por John Goodman o la implacable mujer personificada por Carey Mulligan.

A propósito, la entrada de un gato amarrillo le proporcionará una agradecida cuota de humor al ensamble de la historia.

Como en la picaresca española, la risa se desprende de los infortunios sufridos por la víctima de la conjura del relato.

Llewyn Davis recibe golpes, desplantes y descalificaciones, al punto de mancillar su autoestima, herida por la muerte de un compañero. A pesar de todo, los hermanos Coen reivindican su pequeña gesta de serle fiel a unos principios hasta el final, abriéndole camino a las generaciones de relevo, desde la periferia. De ahí la evocación de Bob Dylan hacia el desenlace del melodrama.

Recomendable para los amantes de las curiosidades ambientadas en épocas pasadas.