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Diómedes Cordero

Montaje: A la deriva

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En la contratapa de dos mil nueve (Caracas: Fundación para la Cultura y las Artes, 2011), del poeta y psicólogo Carlos Colmenares, se señala: “El minimalismo extremo de dos mil nueve, ganador del II Premio Stefania Mosca 2011, Mención Poesía, parece ir construyendo, por acumulación, un retrato de época, en que se expresa una comunicación dislocada, donde la sintaxis misma como proyecto y destino ha perdido sentido, en un colapso gramatical donde sólo quedan los vocablos como fragmentos o como prótesis, para significar también la fuga constante del contenido o la indiferencia de una inacabable despedida”.

Los epígrafes principales del libro: “La poesía se ha portado bien / yo me he portado mal”, Nicanor Parra, y, “Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada”, Wislawa Szymborska. “4:00 a.m.”; el primer poema, sin nombre, como todos los del libro, y que funcionaría a manera de poética de dos mil nueve, separado de las otras tres partes numeradas del texto: “4:00 a.m. / el televisor encendido / pasan un programa sobre catedrales / me veo llorando sobre un libro de carver / creo que lo apago / 5:00 a. m. / el televisor encendido / residuo de sueños donde mato mujeres que amo / … / la pantalla negra / 6:00 a.m. / noticias de un terremoto / en Italia / la erección semidiaria / empieza a ceder / ya es hora –me digo / ya es hora”; y el primer poema (sin nombre) de la parte “uno”: “nunca estuve seguro / de cómo escribir / 2009 / eran tres palabras / o dos / cincomil / cinco mil / eso se aprende en la primaria / va todo separado / y yo me avergonzaba / pero tú siempre tardaste en reaccionar / al cruzar  a la izquierda / confundida / casi siempre reías / la mayoría de las veces / reías / el alcohol nos ha matado esas neuronas, carlos / pronto se me olvidará escribir los números también / detallistas de lo mínimo / fuimos perdiendo el resto / miopes / mantuvimos lo que estuvo en nuestras narices / y quedamos aferrados a la vida por una pequeña asa / a la deriva”; podrían prefigurar, tal vez, el carácter del sujeto y de la voz poética que nombra el mundo en dos mil nueve, que parece no parecerse a la palabra muda, para decirlo con inexacta elegancia, con la que con exacta elegancia, Rancière se refiere a las contradicciones de la literatura, y que equívoca y apocalípticamente señala la contratapa de dos mil nueve: un sujeto poético que  parece atrapado entre la fugacidad y vaciedad del tiempo existencial y la fugacidad del deseo sexual y el sentimiento amoroso, al que sólo le quedaría la cópula del deseo y el lenguaje como posibilidad de recuperación, que no restauración, de la experiencia de lo real.

Entre el cultismo de “2”, uno de los “dos poemas subterráneos” que encabezan la parte “dos” de dos mil nueve: “ meryl streep / se veía hermosísima en manhattan / un viernes antes de semana santa / el metro ya no es agresivo / y facilita / la introspección / o soy yo / el túnel / donde transita lo que no puede nombrarse / o eres tú / con las piernas llenas de letras / recogidas sobre la butaca / la que mira la hierba de whitman / que nace entre los rieles” y el coloquialismo del tercer poema  de esa misma parte “dos”: “-los españoles tienen palabras hermosas / para referirse a lo sexual / me gusta tu coño, tía –dije / reíste / hablabas / de cómo correrse era mucho más bello que acabar / por supuesto tenías razón /  luego / te volteaste hacía mí / fue la única vez que nos corrimos juntos”, Carlos Colmenares, en dos mil nueve, su primer libro, ensayaría con promisoria posibilidades la potencia poética de la lengua en relación con el trabajo de la introspección de la existencia y del deseo: a veces, lo psicológico deriva en habla poética: “me dedico a crear fuegos / que condensan todos los símbolos en ti / aunque no lo recuerde / sueño / y cuando sueño sueño con amputaciones / pedazos y prótesis / y sinécdoques / y mierda / despierte entre cenizas / abrasado / mi existencia es casi una existencia”.